Autor: Por José Pedro Hernández Historiador y académico, Universidad de Las Américas
Columnas de Opinión: CUANDO SANTIAGO TUVO CARNAVAL
Columnas de Opinión: CUANDO SANTIAGO TUVO CARNAVAL ebrero en Santiago suele ser un mes extraño. Vacaciones, calor persistente, calles vacías y una ciudad en pausa, pero sin demasiada alegría. Nada de música en las calles ni risas desbordadas.
Mientras en otros lugares de América Latina e incluso en ciuF dades chilenas el carnaval sigue siendo encuentro y celebración, la capital parece optar por el silencio. ¿Carnaval? Sí, lo curioso es que Santiago también tuvo su carnaval. Y no fue discreto. A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el carnaval paralizaba la ciudad. Cerraban bancos, comercios, tribunales y oficinas públicas. Las crónicas hablaban de calles tan vacías como un domingo eterno. Incluso, ministros pedían días libres para sumarse a la fiesta. El país podía esperar, había carnaval. No todos celebraban. Para la élite y el alto clero, la "chaya", ese juego de agua, harina y barro, era vulgar e inmoral. Lo inquietante no era solo el desorden, sino la risa popular, libre y sin permiso, capaz de desnudar hipocresías. Las crónicas de la época son elocuentes. Hubo coches volcados, personas heridas, borracheras memorables y bailes que duraban hasta el amanecer a orillas del Mapocho. Un payaso conocido como "Chorizo" escandalizó a la alta sociedad con su humor irreverente, al punto de ser calificado como una amenaza para la moral pública. Reírse, al parecer, era un acto sospechoso y de rotos. Terminada la fiesta, llegaba la penitencia. La Cuaresma, procesiones solemnes y sermones que recordaban que somos polvo. Tres días de desenfreno seguidos de 40 de penitencia. Con el tiempo, el carnaval fue domesticado. La chaya dio paso a serpentinas elegantes. Menos barro, más compostura. Santiago aprendió a celebrar sin incomodar. Hoy, cuando febrero transcurre en calma, conviene recordar que esta ciudad también supo desordenarse y tomarse la calle. Tal vez no era solo fiesta. Tal vez era una forma ruidosa y alegre de sentirse comunidad. Y quizá algo de eso se nos quedó en el camino. Autor: Por José Pedro Hernández Historiador y académico, Universidad de Las Américas. POSTEOS