Columnas de Opinión: Imploremos la gracia de la fe
Columnas de Opinión: Imploremos la gracia de la fe C on el Domingo de Ramos se inicia la Semana Santa, un momento propicio para reflexionar sobre la fe. Muchos ateos y agnósticos -que confluyen en vivir de espaldas a Dioserróneamente asocian la fe con una cierta vida plácida, pues todo se descargaría en Dios. En cambio ellos, al negar el don de la fe, llevarían una vida más dura pero racional. Intentaré desvirtuar esa mirada que so es parcialmente válida. La fe es nuestra respuesta a la palabra con que Dios nos interpela desde las Sagradas Escrituras. Los seres humanos tenemos una apertura natural a la trascendencia, así como análogamente el botón clama por un ojal. Sin embargo, esta apertura usualmente está bloqueada por nuestras pasiones y la tendencia a la gratificación inmediata que demanda nuestro cuerpo. Por eso, difícilmente podríamos alcanzar la fe sin la gracia de Dios. Ante esta exigencia, muchos supuestos ateos y agnósticos argumentan que desearían tener fe, pero, pese a que lo han intentado, Dios no los ha favorecido con ese don. Digo "supuestos", porque en muchos casos, más que una posición filosófica se trata simplemente de pereza intelectual. Pareciera que esperan que la fe les caiga como un rayo al estilo de San Pablo camino a Damasco; muy pocos tienen ese privilegio. Lo usual es que el preMiguel Á. Vergara Villalobos Bachiller canónico en Teología (PUCV), doctor en Filosofia (U. de Navarra) mio de la fe sea un camino arduo que exige mucha perseverancia y paciencia.
Si bien la fe es un don, podemos predisponernos a recibirla a través de la oración, ejercitando las humanas virtudes morales, agradeciendo los muchos bienes que Dios gratuitamente nos regala diariamente; y, sobre todo, conociendo e imitando a Cristo que se revela en los evangelios. Mal podríamos clamar por fe si no amamos a Dios, cuya imagen es Cristo; y para amar lo primero es conocer, pues nadie ama lo que no conoce. La fe no se opone a la razón, sino que -como dirá san Juan Pablo IIse trata de dos alas para alcanzar la verdad. Asimismo, es falsa la idea de que quienes tienen fe viven en una suerte de nirvana, en permanente felicidad. La fe no es ajena a la cruz de Cristo, como lo muestra la azarosa vida de San Pablo, que relatan los Hechos de los Apóstoles. Tener fe en ningún caso evita el sufrimiento, pero sí nos permite darle un sentido ofreciéndolo a Dios por amor. Cristo ha abierto a todo ser humano su sufrimiento redentor en la Cruz.
En fin, en esta Semana Santa, junto con hacer un esfuerzo por conocer más íntimamente a Cristo a través de la lectura de los evangelios, imploremos la gracia de la fe, intensificando nuestra oración, con humildad, sin imponer exigencias a Dios.. C Columna