Editorial: El 27F: Dieciséis años de una huella imborrable en nuestra memoria
Editorial: El 27F: Dieciséis años de una huella imborrable en nuestra memoria Han pasado dieciséis años desde aquella madrugada que de profunda tristeza en localidades como Bucalemu, donde cambió para siempre la fisonomía de nuestro país y la tranel tsunami dejó una huella de destrucción y pérdida de vidas que aún duele recordar.
A esto se sumó la incertidumbre de los días posteriores, marcados por réplicas constantes, algunas tan potentes como las del 11 de marzo que sacudieron la zona costera durante el cambio de mando presidencial. quilidad de sus habitantes.
El tiempo transcurre con rapidez, pero la memoria colectiva se niega a borrar lo vivido a las 03:34 horas del 27 de febrero de 2010, un momento que marcó un antes y un después en la historia de Chile.
Aquel megasismo de magnitud 8.8 no solo fue el segundo más grande de nuestra historia, sino que tuvo un impacto de tal magnitud que incluso inclino el eje de la Tierra, retrasando el día en 1.26 microsegundos. Recordar el 27F es evocar dos minutos y cuarenta y cinco segundos de una violencia telúrica que afectó al 80 por ciento de la población nacional. En nuestra región de O'Higgins, las cifras de la tragedia aún estremecen: 48 personas perdieron la vida y más de 130 mil resultaron damnificadas.
No podemos olvidar el dolor de aquellas familias que vieron sus hogares convertidos en escombros, desde las torres de departamentos sociales en Rancagua y Paniahue, hasta las centenarias casas de adobe que, tras resistir décadas de sismos, finalmente sucumbieron ante la intensidad de grado 9 en la escala de Mercalli. La catástrofe también tuvo un rostro marítimo devastador. La furia del mar arraso con el borde costero, escribiendo páginas Sin embargo, a dieciséis años de distancia, el recuerdo también debe servir para valorar la resiliencia y el aprendizaje. El terremoto movió los cimientos de una nación y obligó a elevar los estándares de construcción de viviendas, mejorando la calidad de las obras para enfrentar futuros desafíos. En ciudades como Rancagua, el desastre permitió un reordenamiento y mejoramiento urbano, mientras que hitos patrimoniales como el Santuario de La Compañía lograron ponerse en pie nuevamente tras años de esfuerzo. A pesar de los avances, la memoria nos recuerda que la tarea no está terminada.
Recordar el 27 de febrero no es solo volver a vivir el miedo de esa noche; es reconocer nuestra fragilidad, honrar a quienes ya no están y reafirmar el compromiso de seguir construyendo un país más seguro y preparado. La tierra se movió con fuerza, pero la voluntad de un pueblo por levantarse demostró ser aún más poderosa. RICARDO OBANDO JEFE DE INFORMACIONES.. Editorial