Autor: Soledad Arellano Vicerrectora académica y de Investigación UAI
Columnas de Opinión: Menos años, más universidad
Columnas de Opinión: Menos años, más universidad C hile tiene un problema conocido, pero pocas veces abordado con decisión: sus carreras universitarias son largas. En muchos países de Europa, el primer grado se obtiene en tres o cuatro años; en EE.UU., la licenciatura suele ser una formación inicial antes de la especialización profesional. En Chile, en cambio, el pregrado la incluye sin que tenga sentido para la mayoría de los programas universitarios. Además, su duración efectiva supera en casi 3 semestres la formal. No es solo un asunto de calendario: es un problema de costo, oportunidad y diseño educativo. Mientras el mercado laboral siga exigiendo títulos profesionales para contratar, las universidades tendrán poco margen para acortar las carreras y ofrecer licenciaturas, más breves, como punto de salida suficiente. Se puede pedir que las carreras duren menos, pero si los empleadores no reconocen la licenciatura como credencial válida, el acortamiento quedará solo en el papel. Esto no significa que no haya nada que se pueda hacer. Tal vez el desafío no sea comprimir los mismos contenidos en menos años, sino revisar qué entendemos por formación universitaria. Durante mucho tiempo asumimos que una buena carrera era aquella que enseñaba la mayor cantidad posible de conocimientos profesionales. Pero en un mundo que cambia aceleradamente, esa lógica pierde fuerza. Muchos contenidos se actualizan o quedan obsoletos en pocos años. Pretender enseñarlo todo en el pregrado puede ser ineficiente e imposible. Por otro lado, la formación no termina en el pregrado. Una proporción relevante de los graduados en Europa o EE.UU., vuelven a la universidad o se certifican en una especialidad. Pero después de contar con una experiencia laboral que los ayuda a discernir sobre el camino que más les acomoda. Una posible reforma debiera avanzar en dos direcciones. La primera es dar mayor visibilidad y valor a la licenciatura. Ello exige cambios en las universidades, pero también en el sector público y privado, que muchas veces usan el título profesional como filtro automático. La segunda dirección es repensar el modelo de formación.
El pregrado no puede ni debe contenerlo todo, sino que debe concentrarse en aquello que permanece: pensar con rigor, leer y escribir bien, argumentar, discernir éticamente, comprender evidencia, integrar saberes y aprender durante toda la vida. La formación profesional seguirá siendo necesaria, pero debe ocupar un espacio más acotado en el pregrado para articularse luego con especializaciones, certificaciones o aprendizajes en el trabajo. Acortar las carreras, entonces, no debiera entenderse como bajar estándares. Bien hecho, puede ser lo contrario: una oportunidad para elevar la calidad de la formación, distinguiendo mejor entre lo esencial y lo accesorio. Chile necesita carreras más eficientes, pero sobre todo una educación universitaria más lúcida respecto de su propósito. La pregunta no es solo cuántos años deben durar los estudios, sino qué debe haber aprendido y permanecer en el estudiante cuando cambie todo lo demás. Autor: Soledad Arellano Vicerrectora académica y de Investigación UAI. ESPACIO ABIERTO