Autor: Alexis Serrano Carmona Mongabay Latam
Comunidades del Choco Andino se unen para salvar al mono capuchino y a la pava del Choco, especies en riesgo de extinción
Comunidades del Choco Andino se unen para salvar al mono capuchino y a la pava del Choco, especies en riesgo de extinción MONGABAY Ecuador: Este mono es curioso, se mueve mucho y muy rápido: dicen que es dificil de encontrar. Le encantan las uvas de monte y, por eso, en la época seca llega hasta este bosque, justo cuando los frutos comienzan a brotar. La pava es todo lo contrario: su estrategia es pasar desapercibida. Es silenciosa y, si detecta a alguien cerca, se queda quieta, a ras de suelo, para evitar que la vean. Son animales completamente diferentes, pero comparten una historia: han sido cazados, su hábitat ha sido deforestado y ahora ambos están en peligro de extinción.
El mono capuchino ecuatoriano (Cebus aequatorialis) y la pava del Chocó (Penelope ortoni) se encuentran bajo amenaza en Ecuador y en Peligro Crítico y En Peligro, según la Lista Roja de especies de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Tienen otra cosa en común: habitan -pese a todoen los bosques del Chocó Andino, una zona megadiversa de la provincia de Pichincha, en el centronorte de Ecuador, que fue establecida por la Unesco como Reserva de la Biósfera, en 2018.
Aunque el mono ha sido visto incluso hasta en el norte de Perú y la pava llega hasta el Chocó colombiano, estas dos especies se han convertido en un emblema para las comunidades del Chocó Andino. Son hoy un símbolo de su trabajo por la conservación.
En conjunto con organizaciones ecologistas, gobiernos locales y asociaciones de jóvenes y mujeres, se comenzó a formar en 2012 el corredor ecológico Mindo-PachijalMashpi, que ahora protege el hábitat de estos dos animales y busca evitar su desaparición.
En los últimos 10 años, ese corredor creció 10 400 hectáreas, llegando actualmente a 33 100, lo que representa más del 11.5 % del área de la Reserva de la Biósfera, que tiene 287 000 hectáreas.
A pesar de que el corredor no ha sido reconocido oficialmente por el Ministerio de Ambiente, incluye dos grandes zonas de protección reconocidas a nivel municipal: el área de conservación y uso sustentable (ACUS) Pachijal y el ACUS Mindo-Pachijal. ¿El objetivo? Conservar y restaurar los ecosistemas de esta zona para que el mono y la pava puedan seguir viviendo en ella y sus poblaciones aumenten. Existen resultados tangibles: en este tiempo se han reforestado 8000 hectáreas de bosque con especies nativas, 1500 sólo en los últimos dos años, para favorecer la alimentación de ambos animales. Además, uno de los componentes del programa es la intervención en fincas privadas de la zona, mejorando las prácticas agroecológicas para garantizar la regeneración del ecosistema. Hasta el momento se han intervenido cerca de 500 fincas. Esto, según un reporte presentado por las fundaciones participantes, representa para ambas especies un incremento significativo en su hábitat, con mayores espacios de reproducción y nichos de alimentación. Además, mejora la provisión de agua, tanto para las comunidades como para la fauna. Hasta antes de este corredor, por ejemplo, el mono capuchino había desaparecido de la zona y a la pava se la veía en grupos pequeños y en zonas muy específicas.
Y, quizá, la mejor señal de regeneración es que desde hace dos años, los monos han regresado y ya se los ve comiendo sus uvas de monte y moviéndose rápido por los bosques, especialmente en la temporada seca, entre junio y septiembre, cuando en las partes altas del Chocó comienza a escasear el agua. "Hay gente que ha hecho turismo comunitario hacia las cascadas y se ha encontrado tropas de monos -dice el ecólogo Alejandro Solano -. Grupos pequeños, no son megatropas, pero son los grupos que tenemos y con los que se está, poco a poco, recuperando la población.
Entre tres y seis monos por cada avistamiento". Él conoce bien a estas dos especies porque lleva mucho tiempo estudiándolas. "El mono es café claro y la cara es un poco más oscura hacia las cejas.
Es pequeño -diceLa pava tiene una dificultad y es que hay dos especies que conviven en el mismo lugar y se parecen mucho; entonces, si no tienes una buena familiarización con la una o con la otra, las puedes confundir fácilmente". Solano tiene 44 años y vive desde hace 16 en Mashpi, una de las comunidades dentro del corredor. Junto a su familia construyó Mashpi Shungo, una reserva en la que hacen conservación y restauración ecológica con fines productivos. Shungo en kichwa significa corazón. EL TRABAJO EN LAS COMUNIDADES En la zona del corredor ecológico Mindo-Pachijal-Mashpi se encuentra el ecosistema Chocó-Magdalena, que viene desde Colombia, con el ecosistema de los Andes Tropicales. Esta confluencia se expande a través del distrito metropolitano de Quito y los cantones de San Miguel de los Bancos y Pedro Vicente Maldonado.
Las comunidades, como una búsqueda de identidad, comenzaron a llamar a la zona "el Chocó Andino". La región contiene seis tipos diferentes de bosques, distribuidos entre los 200 y los 4200 metros sobre el nivel del mar.
La casa de Inty Arcos, biólogo, morador del barrio Miraflores -en Quitoe impulsor del corredor tiene vista profunda hacia la cara posterior del volcán Pichincha; y del otro lado está la 'Loma de los osos', una montaña nombrada así porque estaba llena de osos de anteojos antes de que se construyera una carretera. "Ahora los osos sólo llegan hasta el otro lado [de la vía]", dice Arcos, de 47 años y quien ha vivido aquí, junto a su familia, desde 1983.
La Reserva de la Biosfera del Chocó Andino (dentro de la que se encuentra el corredor ecológico) tiene ocho áreas núcleo, pero las principales son las de Mindo-Nambillo (con 60 000 hectáreas) y Mashpi (con 6000). Arcos asegura que en la zona existen entre 600 y 700 especies de aves, 100 de mamíferos, 140 de anfibios y 40 de reptiles. "Se trabaja para conectar las dos zonas y lograr que los osos de anteojos, los pumas, y ojalá algún día el jaguar, vuelvan a caminar y a usar este gran corredor", agrega Arcos, vestido con botas de caucho, chaqueta y pantalón de trabajo. Arcos es líder de proyectos de conservación en las fundaciones Imaymana y Condesan.
Una de sus principales labores ha sido la intervención en fincas, tanto ganaderas como agrícolas: lograr que conserven bosque y que adquieran prácticas agroecológicas. "Con la comunidad trabajamos el tema de turismo, la regeneración, planes de vida.
Y con los finqueros entramos para hacer el 'plan de finca". Hacer el plan de finca significa preguntarle al propietario qué tiene y qué quisiera mejorar, luego hacer un mapeo de la propiedad y después llegar a una negociación. Arcos lo explica con un ejemplo: "Una señora me dice: 'Tengo 20 vacas y cinco gallinas'. Se le pregunta: 'Pero, ¿de qué vive usted?'. Le pones a pensar. Y, cuando sacamos cuentas, resulta que su negocio son los huevos y no las vacas. A la señora le vamos a ayudar con un gallinero, pero ¿ qué nos da a nosotros? Un bosque al lado del río para que lo podamos reforestar. Entonces, firmamos un acuerdo". En la zona del corredor, las fincas son principalmente ganaderas, avícolas y agricolas.
Dependiendo de su tipo de negocio, las personas reciben arreglos en sus establos, alambrado y cercado eléctrico, viveros y programas de reducción de potreros (para que se haga mejor uso de la pastuAutor: Alexis Serrano Carmona Mongabay Latam. Conservación.
El mono capuchino ecuatoriano y la pava del Chocó enfrentan fuertes amenazas: en el Chocó Andino existe un corredor de 33 100 hectáreas que pretende preservar su hábitat y restaurar el ecosistema Pava del Chocó en Mashpi Lodge. / JONATHAN SLIFKIN, E-BIRD Mono capuchino en la reserva La Hesperia, en el sur de Mashpi. / OLIVIA CROWE, CORTESÍA STELLA DE LA TORRE LAS CLAVES Desde hace dos años, los monos han regresado a la zona, especialmente a la parte baja del bosque, donde no se los veía desde hacía mucho tiempo.
En 10 años, el corredor creció en más de 10 000 hectáreas, se han reforestado 8000 hectáreas de bosque con especies nativas y se han intervenido más de 500 fincas para que mejoren sus prácticas agroecológicas. Al proteger al mono y a la pava se está cuidando también a muchas otras especies, como el pájaro yumbo, el tucán andino, las ranas de cristal y el oso andino.
Inty Arcos (gorra azul) es el encargado de los acercamientos con los hacendados y propietarios de las fincas de la zona para hacer el 'plan de finca'. / ALEXIS SERRANO CARMONA Mono capuchino en la reserva La Hesperia, en el sur de Mashpi. / OLIVIA CROWE, CORTESÍA STELLA DE LA TORRE Oliver Torres muestra una mantis religiosa que halló en su terreno unos instantes antes de la entrevista con Mongabay Latam. / ALEXIS SERRANO CARMONA Río Mashpi, parte del corredor construido por la comunidad. / ALEXIS SERRANO CARMONA Comunidades del Choco Andino se unen para salvar al mono capuchino y a la pava del Choco, especies en riesgo de extinción ra). A cambio, van entregando espacios que se destinan a la restauración ecológica. Hacen dos tipos de restauración: pasiva y activa. La pasiva consiste en proteger un bosque para evitar que sea talado, dejando que la naturaleza haga lo suyo.
Activa significa tomar acciones y "ayudarle" a la naturaleza con la reforestación. ¿Por qué escogieron al mono capuchino y a la pava del Chocó para enfocar este esfuerzo? "Son especies en la punta de las cadenas tróficas -responde Arcos-, pueden ser tomadas como sombrillas. Si es que ellas pueden coexistir, todo lo demás puede habitar esos ecosistemas.
El mono y la pava se vuelven especies simbólicas, aunque hay otras especies que también están en riesgo, como las ranas de cristal, el pájaro yumbo o el tucán andino". UN PARAGUAS DE CONSERVACIÓN Son casi las cinco de la tarde y en Mashpi el sol se va disipando. Está a punto de llover.
Óliver Torres tuesta hojas de coca en una paila y en la cocina de la escuela bosque Pambiliño, que está al aire libre, junto a su casa, se esparce un aroma muy parecido al del maíz tostado. Las escuelas bosque son aulas construidas para que alumnos de las comunidades aprendan la relación del bosque con los ríos, las aves y las comunidades. Torres tiene 41 años y vive en Mashpi desde 2009. Antes vivia en la ciudad y estudió su carrera universitaria en filosofia en Francia y Estados Unidos.
Hizo su maestría en estudios socioambientales en Quito y luego decidió vivir en este bosque. "Ya conociendo el mundo, me nació un interés por vivir en el campo dice-, aprender cosas básicas de la vida, sembrar alimentos, construir.
Me atrajo ese conocimiento práctico en la naturaleza". Él es uno de los impulsores de un microcorredor ecológico de 150 hectáreas, construido para conectar la parte baja de Mashpi -que da hacia el río del mismo nombre-, con el ACUS Mindo-Pachijal, es decir, con el gran corredor y, en últimas, con la Reserva de la Biosfera del Chocó Andino. Su casa está rodeada de árboles frutales, panales de avispas en formación, mantis religiosas y hormigas acarreando hojas.
A ella se llega tras recorrer el centro poblado de Mashpi: unas calles llenas de turistas, sitios de comida y hospedaje, una escuela recién remodelada y un centro de interpretación en etapa de construcción para que la gente que llega conozca sobre el mono y la pava. "En 2013, cuando comenzamos, esto era puro potrero -dice Torres-, había una tendencia a la degradación del ecosistema con los naranjilleros, cazadores, los que sacaban la madera para hacer panela. Ahora es interesante ver a las comunidades volcarse hacia la conservación. Hemos ido restaurando áreas, dejando que regrese el bosque". Torres usa una gorra desteñida, camiseta celeste, pantalón de campo y se emociona al contar esta historia. Gran parte de los fondos para este microcorredor vino del Critical Ecosystem Partnership Fund (CEPF), que trabaja en la protección de especies en peligro.
Ese aporte y otros de las fundaciones Imaymana y Condesan sirvieron para mapear y diseñar el microcorredor; para la restauración del río Mashpi; intervenir en fincas aledañas; colocar letreros con mensajes de cuidado por el mono y la pava; así como reforestación con árboles nativos de la zona, como chíparos, guabas y bauhinias. "Es locazo cómo se ve la recuperación con los años comenta Torres -. Por aquí, pensar en que bajaran los monos era imposible, pero hace dos años vemos cómo han comenzado a llegar.
Eso nos pone muy contentos porque es un signo de regeneración". Estos esfuerzos, comenta, permiten mejorar y garantizar el hábitat para el mono y la pava, pero al final funciona como un paraguas de conservación: "Desde mi perspectiva, en la restauración de ecosistemas el trabajo es integral: cuando recuperas suelos, cobertura vegetal, bosque nativo, un montón de cosas se regeneran. Todos ellos empiezan a beneficiarse. Intentamos que la gente pueda venir a hacer un turismo basado en la naturaleza, a ver aves, reconocer insectos, caminar alrededor de las cascadas, nadar en el río.
A ver un ambiente sano". UNA SORPRESA ARQUEOLÓGICA En San Francisco de Pachijal, otro barrio de la zona, se han encontrado más de 400 geoformas arqueológicas en unas 700 hectáreas: casi 250 montículos artificiales y 120 terrazas, cuya ocupación se dio probablemente entre los años 400 y 1300. Pero el que más ha llamado la atención es un pequeño templo ceremonial, que se cree que fue dedicado al agua. Se trata de una estructura cavada y con muros de piedra.
Para llegar al lugar hace falta una caminata de unos 45 minutos dentro del bosque, cruzando el río Pachijal, en un sendero en el que el sonido intenso y poderoso de las chicharras lo abarca casi todo. "Un bosque con sonido es un bosque vivo", dirá después Inty Arcos.
Y explicará que ese es el ruido de las chicharras para buscar apareamiento y que esa es su etapa final, porque luego de aparearse mueren". El arqueólogo Juan Andres Jijón es consultor del Instituto de Patrimonio del Municipio de Quito.
Con su chaleco verde, su gorra tipo explorador que le cubre hasta la nuca y sus botas de caucho retira parte del plástico negro que cubre este sitio ceremonial. "Es una medida de emergencia temporal -dice-, es una excavación de rescate porque es muy frágil". Jijón explica que hasta 2022 tenían registradas unas 45 geoformas arqueológicas, pero desde julio de 2025 hacen un monitoreo con tecnología Lidar (Light Detection and Ranging) láser aerotransportada por drones que permite ver debajo del bosque. "Y cada elemento que vimos fue corroborado, con georreferenciación o nuestra presencia en campo", agrega. Este sitio ceremonial está en la finca de Ángel Rivera, un comunero que conoce tanto el bosque que podría recorrerlo con los ojos cerrados.
Él es uno de los vecinos más activos en el trabajo con las organizaciones que promueven el corredor de conservación. "Para nosotros es muy importante conservar, esto es la vida", asegura, de pie junto al machete que ha usado para limpiar de malezas el camino. Con parte de las compensaciones que recibe por conservar su bosque, y con lo que obtiene de la ganaderia sostenible, está construyendo un restaurante y algunas habitaciones para hacerlas funcionar como hotel.
Tiene la esperanza de que este hallazgo arqueológico convoque a mucha gente y le permita dedicarse al turismo comunitario para seguir cuidando el ecosistema. "Dentro de la conservación -aclara-también se requiere economía para vivir y, si se puede, desarrollar un proyecto turístico que a la vez genere consciencia". Su finca tiene 50 hectáreas y ante la pregunta de cómo protege el bosque, responde: "Nada de tala. Aparte de mi proyecto turístico tengo una hectárea sembrada con frutas exóticas, todo lo demás es bosque. Yo mismo hago control porque soy consciente de lo que no debo hacer.
Quiero seguir viendo las aves, las ranas y los monos". LOS DESAFÍOS DE UNA ZONA MEGADIVERSA En agosto de 2023, más del 60% de la población de la provincia de Pichincha votó Si en consulta popular y prohibió la minería metálica en cualquier escala en el Chocó Andino. Eso quiere decir que no se podrán extender nuevas concesiones mineras en la zona ni ampliar el estatus para aquellas que sólo obtuvieron permisos de exploración, previo a la consulta. Sin embargo, en el sector se mantienen vigentes 12 concesiones, algunas de las cuales si alcanzaron el estatus de explotación.
Aunque los moradores del Chocó Andino sienten cierto blindaje por esta consulta, el 28 de febrero de 2026 fue enviada al Registro Oficial una nueva ley minera, promovida por el gobierno de Daniel Noboa, que para muchos sectores es laxa y favorecerá a la actividad extractiva en el pais. En una de las calles del camino a San Francisco de Pachijal, Inty Arcos se encuentra con una vecina y comentan el tema.
Él le dice que, por ahora, están tranquilos, pero cree que el Gobierno va a disponer a las Fuerzas Armadas para que resguarden las actividades mineras. "Acá que no vengan porque nos hacemos matar", le responde ella, visiblemente molesta. "Impulsamos un modelo que busca alejarse del extractivista. Eso se acaba [los minerales], pero en cambio la vida se regenera, se mantiene en el tiempo. No es solamente coger plata ahorita, es dejar un mundo mejor para hijos y nietos", dirá Arcos tiempo después. LAS CLAVES Desde hace dos años, los monos han regresado a la zona, especialmente a la parte baja del bosque, donde no se los veía desde hacía mucho tiempo.
En 10 años, el corredor creció en más de 10 000 hectáreas, se han reforestado 8000 hectáreas de bosque con especies nativas y se han intervenido más de 500 fincas para que mejoren sus prácticas agroecológicas. Al proteger al mono y a la pava se está cuidando también a muchas otras especies, como el pájaro yumbo, el tucán andino, las ranas de cristal y el oso andino. Autor: Alexis Serrano Carmona Mongabay Latam.