Cruzar el río
Cruzar el río Las élites y el pueblo, en las ciudades de América Latina, se acostumbraron a vivir separados. Un río, o una quebrada en Santiago fue el Mapocho, dividieron sus artes, sus culturas, sus vidas. Es una herida que todavía no cierra. Por_ Miguel Laborde La La Chimba de Santiago hoy Santiago Norte era una propiedad de la ciudad colonial, una que ella administraba de acuerdo a sus necesidades. Era un gran espacio disponible, disponible, un lienzo, una página en blanco. El río Mapocho gran basural en la Colonia marcaba las diferencias. diferencias. En Santiago (la ciudad) reinaban el orden y la geometría, el aseo y los guardias; ella era blanca gracias a la cal y en ella habitaban los blancos. El otro lado, casi a la intemperie los primeros primeros tiempos, era el lugar de “la indiada” y de los mestizos, de las prostitutas y de algunos españoles derrotados por la vida. Sin querer queriendo, eran el cielo y el infierno, porque en el primero también hay orden y jerarquía, en tanto en el segundo impera el caos. Quienes nacían al norte del río no eran santiaguinos. Su mscripción mscripción los definía, eran chimberos. Detalle importante en esa época, cuando nacer en una ciudad permitía ser ciudadano y con ello, el derecho a tener derechos en cambio ver la primera luz en una villa te fichaba como villano.
El término chimba es de origen quechua, significa “el otro lado del río”, y se mantuvo en la Colonia porque era útil; indicaba que había un adentro y un afuera de la ciudad, un centro y una periferia. Sin puentes sólidos en los primeros siglos, cuando había desbordes desbordes del Mapocho la Chimba quedaba aislada, sus habitantes no podían cruzar, abandonados a su suerte.
Sirvió como una gran Zona de Sacrificio de la Colonia, un uso y abuso que se prolongó al llegar la República; todo lo que no tenía lugar en la ciudad, iba a dar “al otro lado”: las Recoletas, los Cementerios, la Fábrica de dinamita, la Casa de Orates, la Morgue, la Vega Central... Fuera, todo lo que escapaba del orden homogéneo, lo que contenía o podía contener alguna semilla de desorden.
Lo que no ha sido bien valorado es que allá, en chinganas y quintas de recreo, sobrevivieron la cultura campesina, el folclor, la sabiduría ancestral, ese mundo mestizo que se forjó en la América América Hispana de los siglos XVII y XVIII. En el siglo XIX, cuando la ciudad se afrancesó renunciando a ser mestiza para europeizarse europeizarse en la Chimba se mantuvo viva la sabiduría tradicional.
En esa Zona de Sacrificio, despreciada, y que vivía a las espaldas de la ciudad europeizante y libresca siempre atenta a las novedades y volcada a la modernidad del momento fue ella la que mantuvo viva la cultura tradicional.
No es una realidad particular de Chile Bogotá, Arequipa, Lima y Mendoza son otros ejemplos de ciudades de América Latina que también crecieron con dos caras, una en torno a la Plaza Mayor con su elevada Catedral en un contexto de manzanas cuadradas y calles rectas y otra, separada por un río o quebrada; la de los indios y mestizos, de los afrodescendientes, afrodescendientes, de trama irregular y desordenada. Algo muy propio de una América Latina que llegará a ser una de las dos regiones más desiguales del Planeta, junto con el Africa subsahariana. Las urbes oficiales han recibido el homenaje de ser declaradas Casco Histórico, Monumento Urbano, Patrimonio Nacional, ellas concentran las rutas del turismo, en tanto las otras quedaron al margen de la Historia. Extramuros, como se decía en la Colonia, Colonia, lo que está fuera de las murallas. La oficial es la blanca, la criolla, la que no quiso ser lo que realmente era mestiza la que quiso borrar su identidad con tal de parecerse a París. La literatura, la antropología, la filosofía, la historia del arte, comienzan comienzan ahora a reconocer que, para acercarse al Chile profundo, a su cultura tradicional de origen oral, hay que cruzar el río.
Allá se han conservado, de generación en generación, cancioneros, refraneros, refraneros, danzas, gastronomías, que permanecieron a través de los siglos y que transmiten valores que, finalmente, son universales: lealtad, fidelidad, coraje, generosidad... Se ha tomado conciencia ya lo insinuaba Eugenio Pereira Salas en su clásica «Historia del Arte en el Reino de Chile», de 1965 que era en esos lugares donde habitaban los artesanos, los carpinteros, los albañiles que habían construido y reconstruido luego de los terremotos la ciudad. Pero ellos, los de los oficios, una vez terminada su faena se retiraban al otro lado del río, al que era suyo. El filósofo Roberto Escobar Budge, en su «Teoría del chileno» (1981), se refiere a una condición “subsoleana” de nuestra cultura.
Porque fue a ese lado del río donde creció el Chile profundo, en ese espacio que quedó fuera de la Historia y de los mapas, que creció en la sombra, no bajo la luz del sol. En condiciones precarias, precarias, subsole.
Escobar también describe una sociedad fragmentada, con miedo al Otro, con desconfianzas frente al Otro ese desconocido, que habita al otro lado lo que habría generado resentimientos y tensiones en una identidad chilena que no logró resolver las diferencias entre indígenas y españoles, quedando cerca unos. Cruzar el río de otros, apenas separados por el río, pero sin con-vivir. Juntos, pero nunca revueltos. Algo que la Independencia, la llegada de la República, no resolvió.
Al contrario, había chinganas al norte del río con cantoras, músicos que servían de enlace, pero el siglo XIX las eliminó, junto con muchas fondas e incluso días de carnaval; el pretexto, siempre, aludía al orden público y reflejaba un atávico temor al caos. Con la misma energía se persiguió el comercio callejero que, tradición indígena, permaneció en varios países cercanos. Carlos Franz, en su ensayo «La muralla enterrada» (2001), lamenta lamenta que se hayan desterrado de la ciudad la locura y la muerte la Casa de Orates y los Cementerios materiales indispensables para un novelista. Culpa a ese error de la escasa literatura de Santiago.
La cultura popular, sin embargo, se fortaleció al otro lado del río, por ese comercio de frutas y frutos del país que fue dando lugar a la Vega Central, con lugares de recreación asociados a su entorno; entorno; chinganas, quintas de recreo, cantinas de diversión popular.
Cantoras y payadores, sabios populares y cuequeros, entraban cada día con sus frutas, sus hortalizas, sus frutos secos, desde pueblos cercanos como Alhué, Tiltil, El Monte o San Bernardo, y luego se iban a divertir, antes de regresar al campo. Disfrazada de foiclor, de tradiciones campesinas, la sabiduría popular sobrevivió con esa Chimba como epicentro. Ella fue fiel a la cultura mestiza, la preservó, sin necesidad de inventar un Día del Patrimonio; era cosa de todos los días. En canciones, en mitos y leyendas, en cuentos populares, y hasta en refranes y adivinanzas, se mantuvo mantuvo viva esa cultura que había madurado hasta transformarse en sabiduría popular. Una donde el asombro, ante los misterios cósmicos, seguía iluminando sus existencias.
En la ciudad formal, mientras la ciencia positiva le daba la espalda a lo misterioso y lo mítico, para entronizar a una tecno-industria que comenzaba a invadir los territorios con sus maquinarias y luego con sus torres infinitas, que ocultaron la Cordillera al otro lado siguió creciendo esa cultura que, en la voz de Violeta Parra un siglo después todavía sería capaz de asombrarse y agradecer la belleza del mundo.
Debe recordarse a la primera vanguardia artística chilena, la del Grupo de los X, a comienzos del siglo XX, cuyo líder, Pedro Prado, luego de conocer Lima y en ella lo indígena, lo español español y lo mestizo comenzó a visitar aquí a los artesanos de las ferias y mercados.
Quería conocer su dominio de la piedra, del cuero, de los metales, de las maderas, de las fibras vegetales; con cuáles trabajaban y sus razones, en la idea de que ahí estaban los fundamentos para una fritura arquitectura de interior propia, vinculada a los entornos y sus elementos, cuyo desarrollo permitiría, permitiría, más adelante, una verdadera Arquitectura Chilena. 1 Miguel Laborde es Director del Centro de Estudios Geopoéticos de Chile, director de la Revista Universitaria de la UC, colaborador estable «Diario El Mostrador», socio honorario Sociedad Chilena de Historia y Geografía, miembro honorario del Colegio de Arquitectos, además de autor de varios libros sobre historia, arte y cultura en Chile. E o ca Santiago en 1600 [material cartográficol croquis Tomás Thayer Ojeda (Mapoteca), Biblioteca Nacional Digital de Chile. 1 5_.