Columnas de Opinión: Derechos sin deberes: la sociedad que se desarma
Columnas de Opinión: Derechos sin deberes: la sociedad que se desarma Basta caminar un par de cuadras por el centro de nuestras ciudades o encender el televisor en horario informativo para advertir que algo estructural se nos está soltando de las manos: Basura tirada a metros de un basurero. Rayados recién hechos en muros públicos. Evasión del transporte asumida con total naturalidad. Agresiones a profesores grabadas y celebradas en redes sociales. Bullying escolar normalizado. Comerciantes ambulantes que se creen, literalmente, dueños de las calles. Nada de esto es anecdótico. Es estructural. Estamos frente a una cultura que dejó de formar ciudadanos y comenzó a producir meros consumidores. Creamos una cultura del "vivo" en términos chilenos: el que evade, el que burla la norma, el que saca ventaja, el que exige todo y no asume nada. Y esa cultura no nació sola. Tiene un origen institucional claro. En 1998, Chile eliminó la Educación Cívica como asignatura obligatoria e independiente en los colegios. Se optó por diluir sus contenidos en supuestos "objetivos transversales" que, en la práctica, terminaron siendo letra muerta. En 2016, la Ley Nº 20.911 intentó corregir el rumbo mediante la exigencia de Planes de Formación Ciudadana, y en 2020 se integró la asignatura de Educación Ciudadana en tercero y cuarto medio. Pero el daño cultural ya estaba hecho.
Porque seamos honestos: ¿ puede un ramo en los dos últimos años escolares compensar toda una formación básica sin énfasis en virtudes y deberes cívicos? ¿ Puede una hora semanal crear realmente una ciudadanía consciente, pujante y virtuosa? La educación cívica no es memorizar cómo funciona el Congreso o qué hace la Corte Suprema. Es formar carácter: autocontrol, respeto por la norma común, amor por la comunidad y la naturaleza, comprensión del límite. Es formar el espíritu público. Y eso exige coherencia familiar, escolar e institucional. No la tenemos. Mientras países escandinavos integran desde la educación primaria deberes cívicos explícitos -fomentando respeto por el otro, por el entorno y por lo comúnnuestro sistema prioriza conocimiento técnico por sobre formación ética. Enseñamos habilidades, pero claudicamos en explicar que vivir en sociedad implica renuncias, autocontrol y respeto irrestricto por el bienestar del otro y del entorno que se habita. Fallamos en lo esencial: enseñar que vivir en sociedad es, entre otras cosas, preocuparse por ella. Cuando durante años se enseñan derechos sin enseñar responsabilidad, el mensaje implícito es peligroso: el mundo me debe. Así se instala la cultura del "vivo". El que evade no se siente infractor, se siente astuto. El que incumple la palabra no se siente irresponsable, se siente práctico. El que destruye lo público no se siente culpable, se siente reivindicado. La ausencia sistemática de educación cívica no produjo neutralidad; produjo desidia. Una ética blanda donde el límite es visto como opresión y la exigencia como violencia. Y esto ha generado una sociedad profundamente frágil. Creímos que al liberar a las nuevas generaciones del peso del deber y la responsabilidad las haríamos más libres y felices. El resultado ha sido exactamente el contrario: estamos criando una generación profundamente infeliz. Los datos son claros. El Termómetro de la Salud Mental (ACHS-UC) y las encuestas del INJUV muestran niveles históricos de depresión y ansiedad en jóvenes. El suicidio se ha consolidado como la segunda causa de muerte entre los 15 y 24 años. Los jóvenes más "libres" y más conscientes de sus derechos de toda nuestra historia, ahogados en una ansiedad desoladora. Y esto no es contradictorio si revisamos los hechos. Una sociedad sin deberes compartidos no es un paraíso de libertad; es la ley de la selva. Es el individualismo nihilista, el roce constante y falta de toda certeza-donde nadie cuida lo común ni se hace cargo del impacto de sus actos-generando un entorno hostil que termina enfermando. Autores contemporáneos como el canadiense Jordan Peterson han resultado incómodos porque recuerdan una verdad que nuestra época prefiere eludir: asumir responsabilidad no oprime, estructura.
En medio del caos cotidiano y de la vida vertiginosa, la responsabilidad funciona como eje ordenador. "Hacerse cargo" -de la propia vida, del entorno, de la palabra empeñadano es una consigna moralista, es un acto fundacional de equilibrio interior. Organiza la psique, da dirección y otorga propósito. La responsabilidad no es un castigo ni una carga impuesta desde afuera; es la condición mínima de estabilidad personal y, por extensión, de cohesión social.
Ese principio elemental, que todas las sociedades admirables cultivaron con celo, se ha ido diluyendo en el ruido de la inmediatez, el individualismo y la evasión permanente del deber. ¿Qué podemos hacer para corregir esta deriva? La respuesta no puede ser testimonial ni decorativa. Chile necesita con urgencia un sistema de educación cívica integral que sea columna vertebral de la formación, desde la primera infancia hasta la universidad. No basta con una clase aislada sobre cómo se vota.
Se requiere un currículum robusto, inspirado en modelos que integran la formación del ciudadano en todas sus dimensiones: conciencia ambiental entendida como deber ético con las generaciones futuras; enseñanza real del uso de herramientas institucionales para resolver conflictos dentro del Estado de Derecho; integración de autorregulación emocional y empatía como condiciones de convivencia democrática; rescate de virtudes cívicas básicas como la puntualidad, el cumplimiento de la palabra empeñada y el respeto por lo público. Pero ningún currículum funcionará sin ejemplo. Necesitamos adultos en las casas y en las escuelas que no teman ejercer autoridad con justicia. Padres y profesores que comprendan que poner un límite no es violencia, sino cuidado. El deber no es una imposición; es el privilegio de pertenecer a algo más grande que uno mismo. Por eso, parte del cambio es reconocer también que no podemos delegar la civilidad exclusivamente al Estado. La verdadera rebeldía hoy no es liderar una revolución ni exigir más privilegios. La verdadera rebeldía es hacerse responsable. Es hacernos cargo.
Es informarse con rigor, trabajar con empeño, cumplir la palabra, cuidar la ciudad y enseñar a los hijos que el deber y la responsabilidad son el precio ineludible de la libertad y el camino hacia la felicidad individual y colectiva. Si queremos una sociedad más justa y sana, dejemos de preguntar únicamente qué nos deben y empecemos a preguntarnos qué estamos dispuestos a dar.. Pablo Ignacio Meriño Venegas, abogado