Autor: DANIEL SWINBURN
Fernando Silva: “Mientras más crece el dominio digital, más fundamental es contar con historias generales”
Fernando Silva: “Mientras más crece el dominio digital, más fundamental es contar con historias generales” U n grupo de destacados historiadores se ha convocado para escribir una nueva historia general de Chile republicano. Se trata de un proyecto que se inició en 2013 con la publicación del primer volumen, que abarca el período del fin de la monarquía hasta 1826. Pero la idea es más antigua y surgió en 2005, teniendo en vista el Bicentenario. El proyecto comenzó vinculado a la Academia Chilena de la Historia, pero luego dejó de estarlo. Desde su segunda entrega en 2020, aparece bajo el sello editorial de la Universidad Católica.
Ese año se publicó el volumen titulado “Historia de la República de Chile: la búsqueda de un orden republicano, 18261881”, y tuvo como editores generales, al igual que el primer tomo, a Fernando Silva y Juan Eduardo Vargas.
Los movió desde el nacimiento de este proyecto el afán de volver sobre hechos conocidos por el público ilustrado, pero que en los últimos años han sido objeto de una excesiva ideologización por algunos trabajos históricos que no los satisfacen. Han querido volver a poner el énfasis en los individuos, luego de una moda historiográfica que ha durado ya largos años y que pone el acento en las estructuras.
Aparece en estos días el tercer volumen de esta “Historia de la República de Chile 1881-1931”, titulado en su primera parte: “Del triunfo al fracaso del liberalismo autoritario”, y en el segundo tomo, “Tras la ilusión del Chile nuevo”, cuyos editores ahora son Silva, Vargas más René Millar.
“Liberalismo autoritario” es un concepto que arroja interés de entrada para el repaso de los gobiernos de Santa María y Balmaceda, varias veces abordado, pero no con las fuentes y el método más adecuados, según los editores.
Este trabajo colectivo, cuenta con la colaboración especializada de otros historiadores, que abordan diversos capítulos de su especialidad, como Carlos Aldunate, Javier Barrientos, Enrique Brahm, Ricardo Cubas, Francisco Javier González, Waldo Pacheco, Carlos Salinas, Carlos Tromben Corbalán y los editores. El proyecto de esta “Historia de la República de Chile” ofrece novedades metodológicas que es bueno recordar.
Los editores plantean que es necesario volver a poner en un lugar prominente a la política en la narración de la historia, que había quedado relegada a un lugar secundario por las modas de segunda mitad del siglo pasado. ¿Qué atributos tiene la historia política que la hacen ser prominente en el estudio del pasado? Fernando Silva Vargas, con estudios de doctorado en la Universidad de Sevilla, docente por varias décadas, destacado investigador, autor de varios libros, ahora como uno de los editores, responde por escrito a Artes y Letras diversas preguntas sobre esta nueva entrega: “Si la política está en la base del gobierno de la sociedad, con todo lo que esto significa en la vida de sus integrantes, parece evidente que es fundamental en la investigación histórica. Son decisiones políticas las que afectan a los hombres en los más variados campos de su actividad, comenzando por su libertad.
Y agreguemos la educación, la salud, la economía, la cultura, la seguridad En los 50 años que cubre el tomo III de nuestra obra se aprecia la forma en que decisiones políticas afectaron a la vida religiosa a partir del gobierno de Santa María hasta 1925 con consecuencias posteriores, al ejercicio del sufragio durante todo el período, a la libertad de prensa en los finales de los gobiernos de Balmaceda y de Ibáñez, a la libertad de las personas durante esos mismos gobiernos.
Decisiones políticas llevaron a una sangrienta guerra civil en 1891y a una intervención militar entre 1924 y 1931”. Un problema principalmente político “Tal vez lo más llamativo del período es el problema de los partidos”, se explaya Silva Vargas. “Salvo el Conservador, el Radical, el Nacional y el Democrático, en las décadas finales del siglo XIX no hay un Partido Liberal, aunque se hablara de él como si en realidad existiera. Los liberales, mayoritarios en el país, fueron incapaces de formar una única agrupación.
Esa corriente política se expresaba, pues, en varias y mal limitadas colectividades. ¿Cómo podía un presidente liberal manejarse con esa singular cohorte? Santa María la ignoró, pero ella lo apoyó durante su administración al asegurarle los asientos en el Congreso. Balmaceda pretendió unir a los partidos, error que lo llevó al desastre. Y tras la revolución el cuadro se complicó con el surgimiento del balmacedismo y la formación de inestables combinaciones.
Todo esto influyó en la incapacidad de los gobiernos para enfrentar la llamada cuestión social y para resolver un problema eminentemente político: cuál era el régimen institucional, presidencial o parlamentario, que en realidad necesitaba Chile”. Ustedes quieren devolverle a la historia el género estilístico de la narración, del relato, “única vía de hacer inteligible el comportamiento humano, individual y colectivo en el pasado”. ¿Qué se perdió con el abandono de aquella antigua tradición? ¿ Intentan recuperar la metodología propia de la historia? “El resultado del trabajo del historiador debe ser expuesto a los terceros. Pero esa exposición debe estar bien estructurada y ordenada, de manera que no haya contradicciones entre sus partes; en otras palabras, ha de ser coherente. Y esa coherencia solo la puede dar la narración. Existen muchas formas de presentar los resultados de la labor del historiador, todas ellas con defensores e impugnadores.
No temen ser calificados de positivistas o, más bien, de conservadores en su proyecto. ¿Los acerca ello al mundo de la historiografía chilena del siglo XIX? “Con todo el respeto que nos merecen los historiadores del siglo XIX, en especial Barros Arana, creo que en el siglo XXI sería bastante extraño tomarlos como modelos.
Baste pensar no solo en las fuentes que esos historiadores no pudieron conocer, sino en los profundos cambios metodológicos producidos desde ese siglo”. Ni tampoco de ser tildados de “revisionistas”. ¿Este es un término mal utilizado para acusar a cierto sector de historiadores? “A nadie que se dedique a la historia le puede inquietar que se le califique de revisionista. La historia es, por esencia, conjetural. Por eso siempre estamos revisando lo escrito por nosotros o por otros, porque lo elaborado sobre cierta materia nunca es definitivo. Respecto de la última pregunta, ignoro si es descalificatorio el calificativo de revisionista.
Como no soy un historiador profesional, sino un simple aficionado, estoy al margen de las querellas que puedan existir entre aquellos”. Desconfían de los marcos históricos a la hora de ordenar los hechos del pasado. ¿Es posible hacer una historia sin marcos teóricos? “Sospecho que el marco histórico, que en nuestra disciplina apareció no hace mucho, deriva de la tendencia de algunos historiadores a darle un tono científico a la disciplina sirviéndose de métodos propios de las ciencias duras. Yo, como físico, como biólogo, como astrónomo, inicio mi investigación sobre un marco teórico. Este, a través de varios pasos, me lleva a elaborar una hipótesis. Su pertinencia será confirmada con los resultados de la etapa experimental.
Pero cuando comienzo una investigación histórica, mi primer paso es determinar el estado de la cuestión, es decir, revisar todo el material publicado sobre el problema que me interesa. ¿Cómo puedo, en esa etapa, proponer un marco teórico? Y me pregunto sobre el sentido que tiene fijar un marco que es poner límites si no sé hacia dónde me llevará mi investigación.
Pero cuando estoy trabajando en las fuentes, ahí sí que surgen las preguntas: ¿ dónde?, ¿cuándo?, ¿cómo?, ¿por qué? Y responderé a ellas con la elaboración de hipótesis, que me conducirán a conclusiones válidas en la medida en que las fuentes lo permitan”. Ustedes afirman que para el período ahora estudiado de la historia de Chile, 1881a 1931, no encontraron trabajos secundarios, tesis o libros de valor, y que estos son más bien escasos. Ello los llevó a la investigación de las fuentes primarias. ¿Esa necesidad hace de este trabajo algo que va más allá de una historia general del período abarcado? “Creemos conocer mucho del siglo XIX. Sabemos, en realidad, poquísimo de él. Ese fue el problema con el que nos encontramos al iniciar este proyecto. Este era muy modesto en sus propósitos: tratar de poner al día lo ya conocido utilizando la producción reciente de los historiadores. Pero descubrimos que la mayoría de esos trabajos se centraba en un breve período del siglo XX y de que eran escasos los avances en la historia del XIX. Esto vale también para la primera mitad del siglo pasado. Debimos, por tanto, hacer pequeñas investigaciones para llenar los vacíos, pero esto de ninguna manera hace perder el carácter de historia general que tiene la obra.
En todo caso su lectura deja en claro la cantidad de lagunas que tenemos en nuestra historia, y que ojalá sean llenadas por las nuevas generaciones de historiadores”. Silva ve una omisión en el trabajo de fuentes ostensible: “Llama la atención que los investigadores utilicen abundantemente los boletines de sesiones de la Cámara y del Senado, las memorias de los ministerios y los mensajes presidenciales en la apertura anual de la actividad parlamentaria. Se trata, sin duda, de fuentes muy importantes. Pero tanto o más son los archivos de los ministerios, riquísimos en informaciones, pero que solo muy recientemente se están explorando.
Con todo ese material se podrían llenar vacíos increíbles: poco sabemos de los gobiernos de Manuel Montt, de Errázuriz Zañartu, de Pedro Montt, de Ramón Barros Luco o de Juan Luis Sanfuentes”. Entre los aspectos novedosos que esta nueva entrega contiene para el periodo estudiado, Silva sugiere como editor y a título personal, varios temas: “el capítulo relativo a la evolución jurídica me pareció muy novedoso y está presentado desde una perspectiva originalísima. El estudio de la evolución social, apoyado en abundantes fuentes no siempre aprovechadas, está asimismo muy bien logrado. Creo que la sección sobre la evolución económica, completa y de fácil lectura, será una utilísima herramienta para el lector. Importantes son, a mi juicio, los capítulos referidos a las artes, en particular el que trata de la música. El capítulo sobre la salubridad es también muy novedoso, pues explica con detención la lucha sorda y continua entre administradores y médicos sobre la mejor forma de asegurar los servicios de salud a la población. Y en lo político, la figura del presidente Santa María adquiere una dimensión que va más allá del intervencionismo electoral y de su querella con la Iglesia.
Hay algunas cosas nuevas sobre Balmaceda y su gobierno, y la elevación al poder de Carlos Ibáñez y su gestión gubernativa son tratadas con especial profundidad”. La moda de los ensayos históricos ¿ Qué valor tienen hoy a su juicio las historias generales, en un mundo en que la información es transmitida mediante las plataformas digitales cada vez más ubicuas? “Mientras más crece el dominio digital, que apunta a la fragmentación del conocimiento, más fundamental es contar con historias generales, que persiguen exactamente lo contrario. Pero hay algo que me preocupa y que va más allá del auge digital: la preferencia que se advierte, y desde hace tiempo, por los ensayos antes que por las historias generales.
Es cierto que los ensayos, con pocas notas, si es que las llevan, son de lectura rápida y fácil. ¿Pero es así como se hace la historia? Me parece que los dos ensayos que más han influido no solo en los sectores ilustrados, sino también en los mismos historiadores, han sido La fronda aristocrática, de Alberto Edwards, y el Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, de Mario Góngora. El primero, adversario, y con razón, del seudoparlamentarismo desarrollado en Chile, veía en el ejercicio autoritario del poder la salvación del país. Su célebre obra surgió de intuiciones, algunas muy agudas, pero muchas que no fueron sino eso, meras intuiciones. En el quehacer histórico las intuiciones son valiosas, pues permiten elaborar hipótesis. Pero ocurre que estas deben ser probadas, y no con un solo hecho, sino que con varios. Solo entonces puede aceptarse la adecuada fundamentación de la hipótesis. Nada de eso se encuentra en el libro de Edwards. Mario Góngora, el mayor historiador chileno del siglo XX, fue autor de obras absolutamente esenciales para el conocimiento del mundo colonial. Tarde incursionó en la historia del Chile republicano y, más concretamente, en la del siglo XX. Ese ensayo, valioso por los antecedentes que ofrece sobre la década de 1930, se dirigió a alertar sobre el papel de las concepciones neoliberales en la crisis del Estado. Fue, en esencia, un ensayo histórico con un objetivo político, como político había sido el objetivo de Edwards al defender el predominio casi absoluto de un Ejecutivo muy fuerte.
Creo que, en rigor, estas dos importantes obras no son libros de historia”. ¿Dónde ven mayor peligro para el desarrollo de la historia como una disciplina sana: en la polarización ideológica que se vive actualmente, en el dominio de las redes sociales en la esfera pública o en las modas historiográficas? “No me inquieta ninguna de esas cuestiones, todas ellas nada de estimulantes.
Lo que me inquieta es que las personas no leen. ¿Cuánto y qué leen los estudiantes de historia, nuestros futuros historiadores? No me sorprendí demasiado cuando un amigo, escandalizado, contó que un alumno de un conocido centro de formación histórica admitió que jamás había oído hablar de Mario Góngora”. Hay algo que me preocupa y que va más allá del auge digital: la preferencia que se advierte, y desde hace tiempo, por los ensayos antes que por las historias generales”. La lectura de este libro general deja en claro la cantidad de lagunas que tenemos en nuestra historia, y que ojalá sean llenadas por las nuevas generaciones de historiadores”... .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . HISTORIA DE LA REPÚBLICA DE CHILE 1881-1931: DEL TRIUNFO AL FRACASO DEL LIBERALISMO AUTORITARIO/ TRAS LA ILUSIÓN DEL CHILE NUEVO. VOLUMEN 3.1ª y 2ª partes. Editores Fernando Silva, Juan Eduardo Vargas y René Millar. Varios autores. Ediciones UC, 2026,1.900 pp. $38.160 “Lo que me inquieta es que las personas no leen. ¿Cuánto y qué leen los estudiantes de historia, nuestros futuros historiadores?”. Autor: DANIEL SWINBURN. Aparece el tercer volumen de “Historia de la República de Chile”, que abarca el período de 1881 a 1931.
Una revisión general de los hechos que convoca a un grupo de destacados historiadores que pone el acento en la narración cronológica y en la actividad política de los individuos en su relación con la sociedad, dos aspectos dejados de lado por las modas historiográficas de las últimas décadas y que urge recuperar, según afirman sus editores.
HISTORIA DE CHILE ‘‘Hay algo que me preocupa y que va más allá del auge digital: la preferencia que se advierte, y desde hace tiempo, por los ensayos antes que por las historias generales”. ‘‘La lectura de este libro general deja en claro la cantidad de lagunas que tenemos en nuestra historia, y que ojalá sean llenadas por las nuevas generaciones de historiadores”... .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. .. . HISTORIA DE LA REPÚBLICA DE CHILE 1881-1931: DEL TRIUNFO AL FRACASO DEL LIBERALISMO AUTORITARIO/ TRAS LA ILUSIÓN DEL CHILE NUEVO. VOLUMEN 3.1ª y 2ª partes. Editores Fernando Silva, Juan Eduardo Vargas y René Millar. Varios autores. Ediciones UC, 2026,1.900 pp. $38.160 ‘‘“Lo que me inquieta es que las personas no leen. ¿Cuánto y qué leen los estudiantes de historia, nuestros futuros historiadores?”.