El viaje definitivo de Eliana Albala
El viaje definitivo de Eliana Albala “¿ Dónde están hoy, / después de tantos años, / los olvidados que se fueron?”, se preguntaba Eliana Albala en “Volver” (2023), último texto de su Poesía total. Publicado por Cuarto Propio en 2024, el libro fue el gesto más contundente para reinstalarla en la escena literaria chilena y reconocer su aporte al género que cultivó desde niña. No era una tarea sencilla. La memoria del país es frágil, y ya habían transcurrido 45 años desde que dejó todo atrás para acompañar a su marido, Bernardo Baytelman, al exilio. Tras la muerte de “Beco”, en 1982, decidió permanecer afuera, pero empezó a hacer viajes breves para visitar a su familia. Todo lo demás era irreconocible.
En 2019, finalmente acató la voluntad de sus hijos y volvió a radicarse en Chile, aunque a través de la pantalla se mantuvo conectada con la tierra que la acogió y donde pudo desarrollar una prolífica carrera como ensayista y docente.
Hace un par de años decía en estas páginas: “En México soy conocida como poeta, pero sobre todo como la mejor maestra del mundo”. Y así lo reflejaron esta semana las sentidas palabras publicadas en redes sociales y periódicos de esa nación con motivo de su muerte, ocurrida el sábado 11. Fue su hija Shlomit quien comunicó la lamentable noticia. Pese a sus problemas de salud, hasta hace poco se mantenía activa en la Academia Chilena de la Lengua, donde fue incorporada en 2014 como miembro correspondiente en México.
Será notoria y muy sentida su ausencia mañana, cuando esta corporación conmemore en una sesión pública y solemne el Día del Idioma (instaurado por las Naciones Unidas en 2010 y que se celebra, tal como el Día del Libro y la Lectura, el 23 de abril). Nacida en Temuco en 1929, Eliana Albala fue hija de la educación pública. Agradecía su formación en el Liceo 1 de niñas y particularmente a su profesora de Castellano, por haber descubierto en ella la vocación poética. Antes de terminar las Humanidades ya había sido reconocida por sus creaciones. “En sexto tuve un premio tan grande que me lo dieron en la Casa Central de la Universidad de Chile”, recordaba.
Para agregar, sin el más mínimo asomo de falsa modestia: “Yo sé que era buena, y no solamente buena, sino la mejor”. Pese a la oposición de su madre, estudió Filología y Letras Hispanoamericanas en el Pedagógico, donde más tarde fue profesora de Teoría de la narrativa infantil. Pero su destino cambió en 1974. “Para poder vivir en México, lo que me servía no era la poesía”, recordaba. Entonces hizo un Doctorado en Literatura para dar clases de posgrado.
Impartió durante 25 años la cátedra de Literatura y Sociedad en la UNAM, y hasta su retorno daba clases de Estilo y Literatura en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos; seminarios de Teoría Literaria y de Filología en el posgrado de Literatura del Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos y talleres en la Escuela de Escritores Ricardo Garibay, de la Secretaría de Cultura, en Cuernavaca. “Yo habría sido una escritora famosa si hubiera tenido un trabajo único”, se lamentaba, aunque con más orgullo que tristeza.
Su bibliografía ensayística es abundante y decisiva, y a ella se suman tres novelas, cuentos para niños y los cuatro libros de poemas reunidos en el volumen de 2024: Los ríos, por ejemplo (1959), El otro lado de las cosas vivas (1986), Los que nos fuimos sin las cosas (2014) y De temas tan triviales como el tiempo y la muerte (2018). Los títulos son elocuentes y reflejan el cambio de sus fuentes de inspiración. El Mapocho y el Petrohué tienen poemas propios en su primer libro, que abunda en imágenes de la naturaleza. A partir del segundo título, el tema del exilio es una constante, pero observado desde distintos ángulos.
En el tercero, por ejemplo, toca un tema poco señalado: la pérdida, más allá del derecho a vivir en su propia tierra, de las cosas que los exiliados no pudieron llevar con ellos y de las que otros se apropiaron en su ausencia.
“Si regresas/ y pides/ lo que creías que era tuyo/ las cosas traicionan, se marchan, retroceden/ se adhieren a los otros/ ya vacías/ y extrañas/ Los que se han ido sin sus cosas / simplemente se han muerto/ privados de memoria/ locos fantasmas/ olvidados”, escribe en el largo poema que le da título al libro.
Y más adelante: “Si te vas lejos, si te vas/ guardas tus cosas/ bajo siete llaves. / Cuando retornas/ ya han cambiado las puertas”. Hay ironía y rabia en algunos de sus poemas, así como reflexión y melancolía en otros. En ellos también aparece de manera recurrente la presencia ausente de su marido, la vida y la muerte compartidas. La veta existencial se agudiza e impregna su último libro, en el que el tiempo y muerte no tienen nada de trivial, por cierto. Quizás, como creía ella, si no hubiera tenido que dividirse en varios trabajos podría haber conseguido más fama como escritora que como maestra. Imposible saberlo, así como es imposible asegurar cuál habría sido el destino de los miles de compatriotas que también estuvieron obligados a dejar el país para salvar sus vidas. “Dónde están hoy, / después de tantos años, / los olvidados que se fueron”. Una tarea pendiente es averiguarlo, recordarlos y devolverles su lugar, incluso después de muertos. Eliana Albala está en sus libros y en la memoria de quienes la quisieron. Y esta vez sí que no necesitó llevar nada consigo.
En sus poemas sobre el exilio aborda un tema poco señalado: la pérdida de las cosas que los desterrados no pudieron llevar con ellos y de las que otros se apropiaron en su ausencia.. Miembro de la Academia Chilena de la Lengua, la poeta, narradora, ensayista y docente murió hace una semana, a los 96 años. Será notoria y muy sentida su ausencia este lunes, cuando la corporación conmemore en una sesión pública y solemne el Día del Idioma.
En sus poemas sobre el exilio aborda un tema poco señalado: la pérdida de las cosas que los desterrados no pudieron llevar con ellos y de las que otros se apropiaron en su ausencia. la columna de María Teresa Cárdenas M.