Editorial: 27 De febrero: la fecha que no debemos olvidar
Editorial: 27 De febrero: la fecha que no debemos olvidar Cada 27 de febrero, Chile recuerda. Y tiene razones para hacerlo.
A las 3:34 de la madrugada de 2010, un megaterremoto de 8,8 grados sacudió el país desde el Maule hasta la Araucanía, dejando una cicatriz profunda en la geografía física y humana del sur de Chile. Para la provincia de Biobío y su capital, Los Ángeles, esta conmemoración tiene además una dimensión histórica que va mucho más allá de aquel trágico amanecer. Porque Los Ángeles es, en su propia historia, una ciudad construida sobre la adversidad sísmica.
Cuatro grandes terremotos han marcado su devenir desde el siglo XIX hasta el presente, y en cada uno de ellos la ciudad ha debido reinventarse, replantear su fisonomía urbana y encontrar en la solidaridad comunitaria la energía para continuar. El primero ocurrió el 20 de febrero de 1835. Fue bautizado como el terremoto de La Ruina, denominación que habla por sí sola de su magnitud.
Estimado en 8,8 grados Richter, redujo la villa a escombros y puso sobre la mesa una decisión que habría alterado para siempre la historia de la región: el traslado de la población hacia el sector de Diuto o Duqueco. La propuesta no prosperó y la ciudad permaneció donde estaba. Sus habitantes comenzaron a reconstruir sobre las mismas cenizas. Un siglo más tarde, en la noche del 24 de enero de 1939, un nuevo megasismo interrumpió la vida del sur de Chile. Para Los Ángeles, el golpe fue doble: además de los daños materiales y las pérdidas humanas, la ciudad debió postergar las celebraciones de su bicentenario. La reconstrucción era una prioridad que no admitía demoras.
De ese proceso surgieron transformaciones urbanas que aún son parte del paisaje cotidiano de la ciudad, entre ellas el traslado del regimiento, -actualmente Destacamentoy la construcción de los actuales edificios públicos en torno a la plaza de armas. En mayo de 1960, el terremoto más poderoso registrado en la historia de la humanidad volvió a sacudir la zona. La respuesta contempló en un principio la reconstrucción de 34 manzanas completas del centro de Los Ángeles. La ambición del plan no se concretó en su totalidad, pero la ciudad respondió con planes habitacionales que absorbieron la demanda de una población golpeada y dispuesta a levantarse. Y en la madrugada del 27 de febrero de 2010, el suelo tembló una vez más.
Los daños en Los Ángeles se concentraron en las añosas construcciones de adobe que aún sobrevivían, en algunos bloques habitacionales del sector Santiago Bueras que debieron ser demolidos, y en edificios públicos, sumando a ello otros daños registrados en sectores urbanos de la ciudad, donde muchas familias optaron por armar sus carpas en áreas verdes donde permanecieron varias semanas.
Cabe recordar que el terremoto de 2010 dejó un saldo de 16 víctimas fatales en la provincia de Biobío, según datos del Servicio Médico Legal (SML). De este total, 13 de los fallecidos residían en la comuna de Los Ángeles, mientras que las otras víctimas pertenecían a Yumbel, Mulchén y Laja. La mayoría de las muertes en la zona fueron causadas por derrumbes e infartos. Esta conmemoración, por tanto, no debiera reducirse a un ejercicio de memoria colectiva, aunque esa memoria sea indispensable. Debe ser también una invitación a educar a las nuevas generaciones en cultura de prevención. A recordar que Chile es uno de los países más sísmicos del planeta y que esa condición exige una preparación permanente, no episódica.
Los Ángeles ha demostrado en cuatro oportunida des que sabe levantarse y la mejor forma de recordar a quienes lo perdieron todo en cada uno de estos episodios es garantizar que, cuando la tierra vuelva a moverse, la ciudad esté mejor preparada que las experiencias anteriores..