¿La calle más BONITA DE ROMA?
¿ La calle más BONITA DE ROMA? Parece difícil, arriesgado, hablar de lugares más lindos que otros en una ciudad como Roma, pero luego de algunos días aquí habíamos escuchado a varios locales recomendar una calle donde la atmósfera renacentista impregna los breves 500 metros por los que se extiende.
Curiosa ante los comentarios, decido dejar el circuito típico y camino unos metros más allá de la Piazza Navona, dejando atrás a Neptuno y su fuente, inmortalizada, entre otros, por varios japoneses y una pareja de alemanes (y yo misma, unos minutos antes). Busco el nombre escrito en lo alto de una de las paredes y ahí está, la calle que se abrió durante la Edad Media bajo el nombre de “Via Recta”, porque era una de las pocas con esa forma en la ciudad y, también, una de las maneras más rápidas de quedar al alcance del Ponte SantAngelo que cruza el río Tíber.
La vieja Via Recta cambió de nombre al actual Via dei Coronari debido a los numerosos coronari, vendedores de rosarios y otros objetos religiosos, que abastecían a los peregrinos que buscaban la Basílica de San Pedro. Varios siglos más tarde, ahora mismo es posible asomarse al pasado, sin prisas, sin autos y prácticamente sin el gentío apurado que busca la instantánea típica en el resto de la ciudad.
Las paredes amarillo ocre, desgastadas, de edificios y palacios que se remontan a los siglos XV y XVI, permanecen como si nada, adornados con arreglos de flores que sus ocupantes colocan en ventanas y junto a las entradas de las tiendas. A medida que avanzo, veo las piedras que cubren las esquinas de algunos de los edificios y me detengo frente a una vieja enredadera que ha cubierto casi toda la fachada. En el último piso, el quinto, por el balcón se asoma una señora, el pelo cano brilla con el sol. Sin mirar, sacude el polvo de una escoba. Hace una pausa, observa al horizonte, vuelve a entrar. Sigo por los gastados adoquines que se abren a rincones llenos de detalles donde vale la pena detenerse un rato. Es otro tipo de Roma. Tiendas y tentaciones Las luces que llegan junto al atardecer proyectan sombras a lo largo del trayecto, que parece corto al principio, pero que lleva un buen rato recorrer. Hay varias tiendas que en sí mismas merecen detenerse. Pero sobre todo se trata del placer de manejar el tiempo a gusto propio. La calle ayuda. Via dei Coronari es uno de esos sitios que confirman la capacidad romana de preservar y celebrar el pasado. Se nota en los balcones de hierro forjado, los portales de piedra y lo estrecho de algunos pasajes, que, lejos de incomodar, solo tiñen el entorno con una atmósfera cercana, más íntima. Claro, hay cosas muy diferentes. Está, por ejemplo, el mercado de objetos religiosos que dio su nombre a esta calle, que ahora atrae a un público distinto. Además de los ajustes urbanos más amplios, en Via dei Coronari se puede ver por qué convoca tanta gente.
Caminan a mi lado, además de unos cuantos turistas, coleccionistas, amantes de las piezas hechas a mano, que entran y salen de las tiendas que marcan la calle, locales dedicados a las antigüedades, los cueros, la artesanía en general. Como el plan es darse el tiempo, entro a casi todas. Ese ir y venir me recuerda al zigzagueante camino que significaba ir de tapas por Madrid, cruzando de local en local para no perderse nada. Pero, en lugar de cañas y tapas, aquí hay objetos que rompen las expectativas, porque uno puede toparse hasta con réplicas de las esculturas de los legendarios Rómulo y Remo, míticos fundadores de la ciudad. Difícil resistirse a la tentación de comprar. Pero había que concentrarse en la ruta.
Quizá, imaginando a los mercaderes y a los poderosos locales y visitantes que negociaban precio por los objetos ofrecidos, en pleno siglo XVI, en el primer tramo de la vía, al que llamaban “Scorticlaria” y que era donde se concentraban numerosos vendedores de cuero. La otra parte de la calle era conocida como “Immagine di Ponte”, por una imagen de la Virgen que la identificaba. Podría decirse que esta era la sección más espiritual de la vía, pero aún faltaba para llegar ahí. Estaba en la zona más terrenal. Un vendedor captó mi mirada, perdida en unos estantes llenos de carteras, de múltiples colores. Grandes, chicas, medianas. Preciosas todas. Y ahí, justo ahí, en diagonal, continuaban las chaquetas. Pregunté precios. Él, hábil, experimentado, no respondió, sino que me alentó a probar las que quisiera. Y luego me indicó un espejo enorme, de pared a pared, sostenido por un marco dorado con rosas y ángeles. VIA DEI CORONARI: El reflejo me devolvió un calce perfecto, un match inequívoco, cualquiera podría entenderlo. Dudé. Cedí. Total, de una u otra forma, era un suvenir. El más práctico que pudiese llevar.
El sonido Al salir, la noche comenzaba a ser iluminada sobre todo por las vitrinas, por las guirnaldas de unas diminutas luces desplegadas en los árboles ubicados en maceteros de terracota y por las ventanas alargadas que daban a habitaciones que se encenderían como en una coreografía, en poco menos de media hora.
Los restaurantes tentaban con sus carteles, variados menús y algún café atrae con mesas románticas, discretas, y sillas cómodas, y con un señuelo para convencernos de lo importante de detenerse, de darse el tiempo: una bicicleta adornada con un canasto lleno de flores. Excusa perfecta para instalarse y ver la escena, conversar o dejar que el pensamiento vaya donde quiera.
La atmósfera, tranquila, de repente es rota por un Citroën descapotable tan pequeño que pareciera tener espacio solo para el chofer que, como residente, tiene permiso para meterse por esta vía exclusiva para peatones (los vehículos unipersonales son la solución para sortear la estrechas calles no solo de Roma, sino de muchas ciudades italianas). El auto se detiene frente a un portón de madera de casi 5 metros de alto. Al bajar, el conductor lleva un traje negro de corte perfecto, zapatos lustrados, podría perfectamente ser un actor filmando una escena. Faltan las cámaras. Abre el cerrojo y la pesada puerta descubre un estacionamiento que da a un jardín interior, desde donde se accede a los departamentos. Estiro discretamente el cuello para no perder detalle. Soy la señora entrometida que todos odiamos, pero inevitablemente nos transformamos en ella cuando viajamos y queremos ver a los locales en su vida cotidiana. El portón se cierra, y ahora lo que llama mi atención es una papelería muy original. De su dintel cuelgan hermosos separadores de libros hechos a mano. Algunos, con delicadas borlas de varios colores. Dentro del local lucen hermosas encuadernaciones, calendarios, mapas, llaveros. Cada pieza merece una mirada detenida.
En Via dei Coronari no existen las tiendas chinas ni las réplicas baratas, así que cada objeto, sobre todo en sus joyerías, locales de antigüedades, boutiques, pero también en sitios más sencillos como este, parece un regalo inolvidable. Cortesanas y madonellas De vuelta a la caminata, rodeada de inmuebles tan bien conservados. A esta calle, ubicada en el barrio de Ponte, no solo los nobles y pudientes vinieron a construir sus casas, sino que también se levantaron edificios suntuosos que testimoniaban la grandeza de la Iglesia. Pero no es todo. Entre estos vecinos de gran abolengo, también se hicieron notar, e instalar, famosas cortesanas, entre ellas, algunas con nombres que trascendieron, como Imperia y Fiammetta. Dejaron su huella. Se sabe, por ejemplo, que Imperia “Imperia La Divina”, como la llamaron aceptaba pocos clientes, aunque era cortejada por numerosos hombres de familias nobles y hasta de la corte vaticana.
Entre sus amantes figuraban banqueros, bibliotecarios papales y personalidades como el célebre pintor Rafael, quien la habría usado de inspiración para la figura central en El triunfo de Galatea, obra que pintó para la Villa Farnesina. Los contemporáneos de Imperia elogiaban su inteligencia e ingenio.
Da cuenta de eso la inscripción que existe sobre el portal de su palacio, que invitaba a entrar solo a quienes llegaran de buen humor y trayendo vino, y se fueran dejando dinero o regalos de buen valor. Para ver la casa de la otra cortesana, hay que desviarse unos metros del recorrido. La propiedad de Fiammetta Michaelis, un palacete del siglo XV de dos pisos, con arcos y balcón, perteneció antes a otra cortesana codiciada de la Roma renacentista. Instruida y adinerada, Fiammetta se relacionaba solo con gente de la alta sociedad.
Entre sus pretendientes estaba el terrible César Borgia, hijo ilegítimo del papa Alejandro VI, quien según relatos de la época llegaba de noche al pórtico, vestido con púrpura cardenalicia y armado para defenderse de posibles intrusos. También la buscaba el cardenal Iacopo Ammannati Piccolomini, quien, a su muerte, en 1479, le legó todas sus posesiones.
Desde luego, esto provocó un escándalo que fue acallado luego que una comisión eclesiástica de alto nivel fallara a favor de “la dama de gran belleza”. De esta forma, Fiammetta compró cuatro propiedades, entre las que se encuentra el edificio que se alza en la calle que lleva su nombre. Regreso a Via dei Coronari, unos pasos y veo en una esquina un hermoso retrato envejecido. Es una de las madonellas, santuarios callejeros. Estas imágenes tradicionales de la Virgen María están colocadas en lo alto, para que ella pueda mirar hacia abajo y, desde esa posición, proteger y bendecir a los que pasaban (pasamos) por aquí.
Es en este punto donde llegamos a la división de la vía, donde parte el tramo conocido como “Immagine di Ponte” y entramos a la parte más “espiritual”. En esta particular calle aún conservan el santuario callejero más antiguo, que data de 1523. Tiene un pesado marco de piedra que contiene una pintura oscurecida por los años. También se ve un farol.
Esto obedece a la doble función de protección que cumplían las madonellas: además de lo que hacía la Virgen por los paseantes, usualmente estos sitios eran la única fuente de luz que había en las generalmente oscuras calles de Roma, mucho antes de que se inventara el alumbrado público. Los romanos mantenían encendidas aquí pequeñas lámparas de aceite, como muestra de fe y para iluminar el tramo. Las “pequeñas madonas” comenzaron a instalarse en la ciudad tras la Contrarreforma católica, cuando se promovió especialmente la devoción en torno a la Virgen María. De las más de tres mil imágenes que se instalaron, se conserva menos de la mitad. Pero siguen atrayendo miradas por su hermosa composición y porque la tradición asocia a algunos de estos sitios con milagros, como imágenes que lloran o mueven los ojos. Peregrinaje Quedan pocos metros. Los faroles iluminan los adoquines y a lo lejos veo el Ponte Sant Angelo, que conduce al castillo del mismo nombre. Claro, hoy la Via dei Coronari no es la calle por donde pasaban miles de devotos en el pasado, pero es el centro para otro tipo de peregrinación. Gracias al pasado Jubileo, Roma luce cara nueva, con monumentos restaurados, calles limpias de grafitis, y Via dei Coronari no es la excepción. Unos días más tarde, luego de recorrer otras ciudades de Italia, vuelvo para saldar una deuda pendiente. Quería captar con otras luces y colores, los del día, esta calle. Parto desde la fuente de la Plaza San Simeone, del siglo XVI, que fue donada por un comerciante que hizo su fortuna vendiendo coronas y rosarios a los peregrinos. A sus pies, un joven ofrece su arte (pinturas del Coliseo hechas con spray), mientras tira fuego. El público lo rodea. Aplauden, dejan monedas, compran sus creaciones. Al fondo, reconozco las fachadas que esperan y que volveré a recorrer. Porque, me vuelven a decir, esta es la calle más bonita de Roma. Y no es difícil empezar a estar de acuerdo. D. Cerca de algunos de los puntos más llamativos de la ciudad, esta calle es un hito que muchos viajeros pasan apurados, centrados en las rutas turísticas usuales. Una pausa necesaria, para descubrir su mezcla de pasado y presente, sin prisa ni guías, salvo la recomendación de los locales que dicen que, sí, esta es la calle más bonita de Roma. TEXTO Y FOTOS: Laura Valdés Pineda, DESDE ITALIA. EJE. Via dei Coronari es una joya escondida que merece la pena ser encontrada. DETALLES. A cada paso pareciera que la calle es una prolongación de sus vitrinas. ATARDECER. Momento perfecto para instalarse en cómodas mesas al aire libre. SAN SALVATORE IN LAURO. Muestra de la belleza que hay tras cada esquina