Obsolescencia como motor de la economía
Obsolescencia como motor de la economía n un matinal de televisión vemos cómo un cargador frontal, podeE rosa máquina, remueve un microbasural y unos "rucos" ubicados en los espacios que se generan bajo las autopistas. También hay túneles en que se acumulan desperdicios.
Lo de micro es un modo de hablar, pues se trata de vertederos gigantes en los cuales, a través de los años, se han acumulado toda clase de desechos que vecinos y también empresas eliminan cómodamente. Evidentes incivilidades, para usar una palabra de moda.
Una falta de respeto a la ciudad y una falta respeto a los vecinos y a las empresas de parte de la autoridad que no asume su rol de promotora del bien común, importante bien del cual desde hace años vienen hablando los textos de sociología. La verdad es que la autoridad no tiene los medios para ocuparse del problema. A lo mejor tampoco tiene la voluntad. Como sea, tenemos ahí un problema estético, sanitario y social que se debe abordar, tarea para muchas autoridades. El hecho comentado ocurre en la comuna capitalina de San Ramón y por eso constituye noticia para una canal de TV, pero la realidad es que se presenta a lo largo de todo el país. Ahora, si entramos a analizar esos desperdicios, no se trata sólo de materia orgánica como era tradicionalmente. La eliminación de esas materias fue una de las primeras inquietudes de las municipalidades. En algún momento esos residuos se vaciaban en acequias que alimentaban las necesidades de las viviendas. Posteriormente se adoptó la recolección de esas materias.
En el caso de Valparaíso, un carro recorría las calles y desde esas viviendas vaciaban en depósitos de esos vehículos unos extraños recipientes llamados popularmente "pavas", donde estaban desde los residuos de humanas necesidades hasta los restos de la cocina. El sistema, bastante antihigiénico y ambientalmente insoportable, era entregado por las municipalidades en concesión. El operador era objeto de toda clase de burlas. Se hablaba en Valparaíso, siglo antepasado, del "Pavero Vera", ello vinculado a ciertas diferencias políticas y aspiracioPOR SEGISMUNDO nes electorales del señor Vera.
El progreso dejo sin ocupación al señor Vera cuando apareció una empresa de desagües británica con sede en Londres. .. Bueno, eso es historia antigua y volvamos a los actuales vertederos clandestinos con sus residentes, los habitantes de los "rucos". Claro está, se trata de un problema social de falta de vivienda y también de resistencia a sistemas formales de ayuda.
El "ruco" resulta más "cómodo", adaptado a las necesidades y gustos de su residente en "situación de calle". Mirando los escombros removidos por la maquinaria municipal encontramos junto a los tradicionales residuos orgánicos, muebles y hasta electrodomésticos de diversas dimensiones, desde una juguera hasta una lavadora de ropa o un calefón. .. "Junto a un sable sin remaches ves llorar la Biblia junto a un calefón", proclama el inolvidable "Cambalache". Algunos de los residentes en esos "rucos", con destreza y sin pudor conectan los aparatos desechados a las redes elécC tricas. .. y funcionan. Pero la interrogante de fondo es ¿ hasta qué punto ese electrodoméstico se merece terminar en un basural callejero? ¿ Acaso alguno tenía reparación e incluso funcionaba? Hay varias respuestas. Algunos, con pericia y paciencia podrían arreglar el artefacto. Para eso subsisten talleres que reparan muchas cosas. Pero, el pero de siempre, resulta más cómodo y económico comprar un artefacto nuevo, tal vez con novedades incorporadas. Claro está que hay aparatos simplemente irreparables pese a su buen aspecto exterior, cuyo destino es el basural aquel. Y ese basural, olvido el elegante término "vertedero", muchas veces está a la puerta de nuestra casa. Como vecinos cercanos tenemos dos contenedores, cuyo entorno se convierte a veces en el destino final de muebles y aparatos diversos.
FECHA DE MUERTE Pero quedémonos en aquellos aparatos irreparables y entramos en un tema que abordó hace más de medio siglo el periodista y sociólogo norteamericano Vance Packard, la "obsolescencia planificada". Es decir, el fabricante dispuso la fecha de muerte, de duración, del artilugio aquel con el fin de mantener en funciones su empresa productora. Esto dicho de manera muy burda. Este procedimiento productivo es sin aviso. No es el caso de alimentos o medicamentos que indican en algún recoveco del envase fecha de vencimiento. La "obsolescencia planificada" puede no referirse al funcionamiento del artefacto, sino que también a su aspecto, al modelo, por usar un término conocido. Muchas veces se desecha, por ejemplo, un refrigerador, pues han aparecido otros de aspecto renovado. Sirven para lo mismo, pero como que "modernizan" la cocina de la casa.
Escribe Packard una ruta más compleja para hacer presente la obsolescencia: "El enfoque más seguro, más ampliamente aplicado, según pronto llegaron a la conclusión (los fabricantes), consistía en desgastar los productos en el pensamiento del dueño. Despojarlos de su atractivo, incluso aunque continuasen funcionando debidamente. Tornarlos anticuados, notoriamente no "modernos". Lo anterior es tan viejo como la historia de la humanidad y lo encontramos con un ritmo agobiante en la moda femenina. El cambio es parte del estilo. La obsolescencia del atuendo femenino alimenta a grandes firmas y también a creadoras individuales. Usted, sin duda, conoce a varias víctimas de los mencionados cambios que también, seamos justos, presionan a los varones a veces más resistentes a dar de baja ciertas tenidas. Viejas chaquetas de gamuza y antiguas casacas son parte de la personalidad del usuario. CALIDAD TRADICIONAL Hay artículos marcados por la tradición y la calidad. En 1942 mi padre compró en la Compañía de Gas de Valparaíso una cocina Magic Chef, norteamericana. $3.000, $2.700 por pago al contado. Resistió décadas a varias operadoras y cambios generacionales. Su originalidad residía en que la puerta del horno se abría como un ropero, lateralmente. Fue base de gustos gastronómicos por décadas y también ayuda a la economía familiar en la preparación de esos hermosos y veganos budines de verduras que poco nos entusiasmaban. Pero el noble artefacto no hacía juego con el renovado equipamiento de la cocina y, finalmente, tras una falla mínima en un quemador fue dado de baja. Un pretexto, una falta de respeto a su longevidad y a una decisión patrimonial de compra. Pero la moda manda y el respeto queda en segundo plano. Otro caso personal: en la familia había un paraguas. Europeo, sin duda. Pasaba de generación en generación. Superó fallas en esos desaparecidos talleres donde se reparaban paraguas. Un día de lluvia breve un pariente lo olvidó quizás dónde. ¿Qué pasó con el paraguas? Pregunta de otro día lluvioso. Recriminaciones varias y evocaciones de usuarios que ya habían hecho el viaje final. Un irreverente resolvió el problema aconsejando comprar en cualquier mall chino un paraguas nuevo. Plegables, bajo precio y también perdible o desechable.
Entremos en el mundo del automóvil y Packard cita una afirmación de "Busines Week": "Uno de los secretos más extraños y a la vez más conocidos de Detroit es la obsolescencia planificada: un nuevo modelo todos los años". Bueno, el secreto dejó de ser tal y vemos, décadas después de la afirmación de la revista norteamericana, que se ha convertido en práctica de la ahora próspera e imbatible industria automotriz oriental. REGLA DE ORO La obsolescencia domina en muchos campos de bienes y también de costumbres. Dominante en la economía norteamericana como lo relata Vance Packard en su obra "Los artífices del derroche", 1961, es casi regla de oro en la producción oriental de envidiable crecimiento. Y sin confesarlo, ya nos hemos acostumbrado a esa "crónica de una muerte anunciada", motor de muchas economías que han olvidado aquello de "hecho para durar". 03. AGENCIA UNO/ARCHIVO