Editorial: Menos hectáreas agrícolas
Editorial: Menos hectáreas agrícolas La contracción de la superficie cultivable en la provincia del Limarí dejó de ser una alerta teórica para transformarse en una señal estructural de deterioro productivo.
Las cifras entregadas por la Junta de Vigilancia del Río Limarí, Río Grande y sus afluentes son elocuentes: en cinco años se habrían perdido 10 mil hectáreas bajo riego, concentrando la mitad de la merma acumulada en dos décadas. Pasar de 60 mil a 40 mil hectáreas efectivas no es solo una estadísti ca; es una redefinición forzada del territorio. La sequía hidrológica prolongada explica buena parte del fenómeno. El drástico descenso en la disponibilidad del embalse Embalse La Paloma -de 240 millones de metros cúbicos anuales en condiciones normales a apenas 28 millones este añografica la magnitud de la restricción. Sin agua suficiente en los meses críticos, la agricultura se vuelve inviable o deficitaria. Sin embargo, el problema no es exclusivamente hídrico. Desde El Palqui y Tulahuén surgen testimonios que hablan de abandono productivo y falta de recambio generacional. Cuando una cooperativa pasa de producir dos millones de kilos de uva a 40 mil, el impacto no solo es económico, sino social: menos empleo, temporadas más cortas y comunidades más frágiles. A nivel regional, los datos de Centro de Información de Recursos Naturales y Oficina de Estudios y Políticas Agrarias confirman una caída del 17% en la superficie frutícola entre 2021 y 2024. Si bien la tecnificación -que alcanza un 98% en fruticulturaha permitido sostener rendimientos, la eficiencia no reemplaza la falta de recurso. El desafío es integral: inversión en infraestruc tura, gestión hídrica estratégica y políticas que incentiven permanencia y relevo generacional. De lo contrario, el Limarí no solo perderá hectáreas bajo riego, sino también su vocación agrícola como eje de desarrollo. EDITORIAL. Cuando una cooperativa pasa de producir dos millones de kilos de uva a 40 mil, el impacto no solo es económico, sino social: menos empleo, temporadas más cortas y comunidades más frágiles. EDITORIAL