Autor: Daniel Brieba Académico de la Escuela de Gobierno Universidad Adolfo Ibáñez
Columnas de Opinión: Boric, el demócrata
Columnas de Opinión: Boric, el demócrata e nos tiende a olvidar, pero Gabriel Boric empezó su camino a la presidencia juntando firmas contra el reS loj para habilitar una primaria contra Daniel Jadue, que era el favorito en las encuestas. En esa primaria los programas eran parecidos; la diferencia estaba en el estilo. En el fondo, se enfrentaron menos dos ideologías que dos formas de ejercer el poder y de convivir con la crítica y el disenso. Parecía una disputa interna de la izquierda, pero terminó decidiendo quién llegaría a La Moneda. Hoy el juicio sobre Boric suele concentrarse en gestión y políticas públicas. Es comprensible, y muchas críticas son atendibles.
Pero vale la pena levantar la mirada: cuando pase la hojarasca (Lagos dixit) y se mire su período con distancia, quizá pesen menos los déficits de gestión y más el modo en que él ejerció el poder; es decir, su talante democrático, ese bien que solo se aprecia cuando empieza a faltar.
Esto importa porque en un régimen presidencial el Presidente puede erosionar con su estilo los límites institucionales más que nadie, como hemos visto incluso en democracias consolidadas. ¿Cómo se reconoce esa erosión? Levitsky y Ziblatt proponen cuatro señales: un compromiso débil con las reglas del juego (incluida la aceptación de derrotas); la deslegitimación del adversario, convertido en "enemigo interno"; la tolerancia o fomento de la violencia política para intimidar a los adversarios; y la disposición a restringir libertades civiles, en especial contra opositores y prensa. Si miramos el comportamiento de Boric como Presidente, esas señales no se le aplican ni de cerca. Cuando perdió el plebiscito de 2022, reconoció el veredicto y reorientó el rumbo, abandonando el impulso refundacional. Cuando estallaron escándalos e investigaciones en su entorno, su gobierno no hizo de la deslegitimación de fiscales o medios una estrategia, ni vio en ellas un complot permanente. Y también mostró un universalismo democrático poco común al romper un tabú de su sector: no reservó la palabra "dictadura" para el adversario ideológico, usándola enfáticamente también para Cuba y Nicaragua. No era inevitable. Otro presidente quizás habría optado por deslegitimar las instituciones, agudizar la polarización y hablarle solo a la tribu. Nada de esto borra puntos negros. El indulto a condenados por delitos asociados al estallido fue el más delicado, pues envió un mensaje dañino sobre Estado de derecho y el uso de la violencia con fines políticos. También es cierto que desde 1990 Chile ha tenido mandatarios democráticos. Lo que cambia es el contexto: en un mundo donde la erosión institucional se ha vuelto una epidemia, esa continuidad ya no puede darse por sentada. Quizás no es mucho, pero no es poco.
Será deber del próximo Presidente preservarla. "Cuando pase la hojarasca (Lagos dixit), quizá pesen menos los déficits de gestión y más el modo en que él ejerció el poder". Autor: Daniel Brieba Académico de la Escuela de Gobierno Universidad Adolfo Ibáñez. "Cuando pase la hojarasca (Lagos dixit), quizá pesen menos los déficits de gestión y más el modo en que él ejerció el poder".