Autor: POR ANTONIA DOMEYKO ILUSTRACIÓN FRANCISCO JAVIER OLEA
UN VENEZOLANO EN TRES TIEMPOS
UN VENEZOLANO EN TRES TIEMPOS “Mi suegra y mi cuñada querían irse, pero yo actué con sangre fría. Les dije ¿ Pa dónde vamos a ir? Si acá cae una bomba, se acaba con todo”. 3 de enero 2026. Higuerote, Venezuela Eran las dos de la mañana cuando Javier, mecánico de autos de 40 años, se despertó por un ruido intenso, que describe como una explosión. A solo 150 metros del departamento en Higuerote el balneario donde se encontraba con su señora, su hija, su cuñada y su suegra había un aeropuerto. Luego de escuchar el estruendo, Javier se levantó y se asomó al balcón pensando que había explotado alguna avioneta o un estanque de bencina. Al mirar, lo que vi no era el fuego negro que se ve cuando hay cosas que se están quemando, sino como unas luces cayendo. Después supe que eran bombas que caían en el aeropuerto. Desde ahí, sin entender lo que estaba ocurriendo, pudo ver cuatro explosiones más, mientras su teléfono y los de su familia empezaron a sonar. Nos llamaron nuestros familiares de Caracas para contarnos que allá las explosiones eran aún más fuertes.
Mi suegro que estaba en mi casa en Caracas me decía “están bombardeando Venezuela, hay helicópteros volando muy bajito y cayó una bomba en las Antenas El Volcán”, lugar que está muy cerca de mi casa, lo que cortó la luz y el internet del sector. Esa noche en Caracas nadie durmió relata Javier. Piensas tantas cosas en ese momento, pero lo que se decía era que era un ataque de Estados Unidos. A Javier no se le pasó por la mente que estuvieran capturando a Maduro. Cuenta que la gente del balneario empezó a salir a la calles, a subir a sus autos, y la carretera que se veía desde su balcón se llenó de un tráfico. Poco rato después se escuchó una nueva explosión. Ahí yo ya estaba súper alerta y escuché claro cómo la bomba venía y caía. Me asusté porque dije si están lanzando un segundo ataque es por algo. Mi suegra y mi cuñada querían irse, pero yo actué con sangre fría. Les dije “¿ Pa dónde vamos a ir? Si aquí va a caer una bomba, si te metes debajo de una mesa, no va a servir de nada. Si acá cae una bomba, se acaba con todo”. Javier no durmió en toda la noche. Recién pasadas las seis de la mañana, cuando ya había amanecido y hacía varias horas que no ocurría una explosión, pudo descansar un momento.
Cuando despertó, dos horas después, él, sus cercanos y muchos venezolanos se enteraron por una foto que publicó el Presidente Trump en redes sociales de que lo que había ocurrido había sido un operativo de Estados Unidos en el que habían detenido a Nicolás Maduro. Se enteró también de que probablemente el bombardeo en ese aeropuerto cercano era para cortar las salidas del lugar y evitar que el líder venezolano lograra escapar. Javier se subió a su auto para observar qué estaba pasando en la calle. Había uno que otro local abierto y mucha gente haciendo filas para comprar. Me puse a hacer la fila, estuve como una hora esperando y compré más que todo para la niña, compotas, jugos y huevos, cosas así como preventivas, porque uno no sabe qué va a ocurrir. Obviamente ya sabíamos que habían agarrado a Maduro, pero la incertidumbre la tenemos todavía porque tú no sabes qué va a pasar en el país. Luego de regresar al departamento, ese día no volvió a salir. Estuvo todo el día viendo televisión. Llamó a algunos amigos que habían decidido volver a Caracas para preguntarles cómo estaba el camino y le respondieron que no había problema. El lunes 5 de enero, Javier y su familia decidieron viajar de vuelta a la capital. Al entrar a Caracas, notó que había muy poca gente en la calle. Mientras manejaba se realizó la primera audiencia de Maduro ante el tribunal estadounidense. Lo vio en su teléfono, pero explica que es algo de lo que no conversa con mucha gente. Javier no es su verdadero nombre. Pidió resguardar su identidad por seguridad. Me da miedo también esta llamada porque aquí hay tanta información de que están interviniendo los teléfonos que uno se asusta. De hecho, yo en mis redes sociales no comparto nada. Que estoy en la playa sí lo puedo poner, pero que estoy celebrando por lo de Maduro, no. Uno siempre tiene que cuidarse de todo eso dice Javier ya de regreso en su casa en Caracas. Febrero de 2023. Caracas Hace dos años, cuando regresó a su país luego de migrar y probar suerte en Perú y Chile, Javier habló por primera vez con “Sábado”. La conexión a internet acá no es muy buena. Me vine donde mi suegra porque aquí agarra el wifi, en mi casa no conecta decía Javier al teléfono en esa oportunidad. Desde que llegué aún hay varios servicios que no funcionan bien acá.
Javier fue parte de la ola de venezolanos que migró de su país en 2016 para buscar nuevas oportunidades, luego de que le tocara vivir la crisis de abastecimiento, la inflación extrema, los problemas de seguridad y las protestas en contra del gobierno venezolano, de las que dice haber participado. En ese entonces, tenía su casa en Caracas, que él mismo había construido, y dos autos. Trabajaba como taxista, pero la mala situación de su país hizo que le fuera cada vez más difícil conseguir bencina y también repuestos para sus vehículos, complicando su fuente laboral. Mientras, veía que muchos de sus compatriotas se iban y escuchaba comentarios de amigos que le decían que en el extranjero había mejores opciones. Hasta que finalmente decidió dejar Venezuela. Partió a Perú. Pensaba que afuera podía lograr algo más. Pero cuando llegué a Perú, a la semana ya me quería venir para Venezuela. No me regresé porque ya había pagado la habitación dijo Javier. Para conseguir dinero estuvo vendiendo café y chocolate caliente en la calle durante cuatro meses. Luego, un amigo le consiguió un trabajo lavando platos en un restorán, donde logró llegar a estar a cargo del local. Su señora seguía en Venezuela y la situación allá continuaba empeorando, por lo que ella decidió irse también a Perú donde Javier. En ese momento, los contactó una amiga de su señora que estaba en Chile y les ofreció recibirlos. A mediados de 2017 se vinieron en bus a Chile. Llegaron a Coquimbo, donde estaba viviendo su amiga. Me gustó mucho la costa. Una semana alojaron donde su amiga, luego arrendaron una cabaña mientras él consiguió un trabajo en un restorán. Era súper mal pagado, trabajaba desde las diez de la mañana hasta las cinco de la tarde, descansaba dos horas y volvía hasta las doce de la noche, todo por diez mil pesos. Pero teníamos que pagar el arriendo y mi señora no encontraba empleo. Después trabajó regando plazas y jardines en un camión cisterna, donde lo contrataron y logró sacar la visa transitoria. Su señora consiguió también un trabajo cuidando niños en una casa particular. Luego él entró a la construcción, comenzó como jornal sacando escombros y llegó a ser maestro de terminaciones. Y en los veranos se sumó a un sindicato que cuidaba autos en la playa. Pero llegó la pandemia. Sin trabajo empezó a hacer muebles en su casa y un tiempo después logró que le dieran un espacio en una carpintería que había a pocas cuadras. Le pedí espacio al señor para hacer ahí mis muebles y empecé a vender por Facebook. Yo tenía ya todas mis herramientas, me estaba yendo bien hasta que una noche por un cortocircuito se quemó la carpintería y perdí todo relató Javier. Ahí ya me quedé muy desilusionado y me quería volver a Venezuela. Estar ahí tantos años luchando por algo y se te quema de la noche a la mañana, uno dice: otra vez tengo que empezar de cero. Comienzas a extrañar a tu gente, te pega la nostalgia, estás con altos y bajos emocionales fuertes. Mis suegros y mis padres estaban en Venezuela y mi papá murió en plena pandemia. Yo no pude despedirme, fue de cáncer, y no pude viajar porque la frontera estaba cerrada. Además, a mediados de 2021muchos conocidos le comentaron que Venezuela estaba cambiando, que había más alimentos y que la seguridad estaba mejorando. Unos meses después, en mayo de 2022, vendieron todas sus pertenencias, compraron pasajes en avión y regresaron a Venezuela. Javier aún recuerda el día que aterrizó en Caracas después de haber estado cinco años fuera. Al llegar me quedé sorprendido. Antes cuando trabajaba como taxista en Caracas, me tocaba ir al aeropuerto, que era muy transcurrido, pero cuando llegué parecía un desierto. Había solo dos aviones, muchos estacionamientos vacíos y no había autos. Me puse a hablar con la gente que te ayuda con las maletas y me decían que estaban llegando solo siete vuelos semanales. Al recorrer la ciudad por primera vez en 2022, notó que la mayoría de las construcciones estaban descascaradas y que habían muchas áreas verdes y plazas abandonadas. Para mí, Venezuela es inexplicable, tú ves dos realidades al mismo tiempo. Te paras en un semáforo y puedes ver una persona con muchísimo dinero y al lado otra que lleva dos días sin comer. Delante tuyo puede haber una camioneta que cuesta 100 mil dólares y, al lado, un carro viejo que cuesta 200 dólares y se está cayendo todo malo. Todo lo ves en el mismo espacio relató. Sin embargo, las impresiones fueron muy distintas cuando llegó a su casa, donde lo esperaba su familia. Fue muy emocionante, lloré como un día. Había dejado todos mis muebles y estaba todo intacto. Empecé a acomodar y disfrutar mi casa, porque la había construido y al poco tiempo me tuve que ir. Y cuando vi a mi perro y me reconoció, fue increíble. Había logrado juntar algunos ahorros en su paso por Chile, los que a su regreso a Venezuela le permitieron tener unos meses cubiertos para buscar trabajo y costear el nacimiento de su primera hija. Pero de todos modos, dice, tuvo que pedir un préstamo a su madre para pagar el parto. Para ellos atenderse en el servicio público no era una opción. Me costó unos 4 mil dólares el parto. En ese momento, el sistema de salud público no estaba funcionando bien. Hoy, Javier, agrega que el sistema de salud no ha mejorado.
Aún no hay insumos en los hospitales; si te van a operar, tienes que llevar el desinfectante, los guantes, los lentes, el tapaboca; todo lo que va a usar el doctor se lo tienes que llevar en la mayoría de los casos. Para mi hija, cualquier consulta médica, siempre es privada. Nueve meses estuvo sin trabajo, hasta que decidió comenzar a ofrecer servicios a talleres mecánicos, lo que hace hasta hoy. Mis amigos muchos trabajan, pero no en trabajos fijos. La mayoría se mantiene haciendo cosas. De repente, te limpian un jardín y te cobran un poquito más y hacen una cosita por aquí, una cosita por allá. Y así se mantienen. Estar contratado en algún lugar no conviene porque el sueldo mínimo es muy, muy bajo. Actualmente el salario mínimo en Venezuela es de 130 bolívares al mes, lo que a fines del año pasado equivalía a medio dólar, es decir 500 pesos chilenos. 6 de enero 2026. Caracas Javier hace una pausa y respira hondo. Está en Caracas, en su casa, en la rara normalidad que siguió al bombardeo.
Estima que el primer indicio de que algo podría ocurrir en Venezuela fue en octubre de 2025, cuando el gobierno de Estados Unidos anunció que instalaría en el mar Caribe, el portaaviones USS “Gerald Ford”, el más grande de su flota, como parte de su campaña contra las narcolanchas y redes criminales. Al principio, cuando los Estados Unidos decretaron que iban a poner los barcos aquí en el Caribe, esas primeras semanas fueron de tensión. Obviamente estaban los militares por ahí entrenando y aparecían en las noticias.
Tú dices: “Están los barcos aquí mismo en el Caribe y en cualquier momento pasa algo”. Pero como pasó bastante tiempo, pasaron meses, ya la tensión fue bajando y yo creo que esto que pasó nos pilló desprevenidos. Al menos para mí y mis cercanos fue así. De hecho, relata que en los últimos meses se había pintado edificios y recuperado áreas verdes. También que en la reciente Navidad, el gobierno decoró con muchas luces y adornos los espacios públicos. A Javier, además, le llamó mucho la atención cómo la gente salía a las calles a comprar. Había demasiada gente en la calle comprando regalos, muchas personas adquiriendo electrodomésticos en diciembre. La gente salía con televisores.
Me imagino que los hijos que están afuera ayudaron a los que están aquí en Venezuela, porque si no cómo es que la gente está comprando esa cantidad de cosas con un salario mínimo tan bajo. No coincide. Esas son las cosas incomprensibles de la Venezuela que estamos viviendo. Hoy Javier, días después del bombardeo y la detención de Maduro, prefiere no salir de su casa. Aquí la gente no celebra. Todo lo que pase con ese tipo de situaciones, la gente no celebra nada. Lo celebrarás tú, internamente. Y en las calles menos. Por eso, cuando dicen que Maduro ha metido 18 mil presos políticos, es verdad, porque cuando hay una marcha se llevan presos a la gente que está marchando. O de repente llegas a tu casa con una camisa con un emblema político y te agarran y te meten preso. Para que comentes, tiene que ser con alguien muy cercano, que tú sepas que él está en el mismo ámbito tuyo. De hecho, el lunes luego del ataque, como indicaron varios medios internacionales, el gobierno venezolano publicó un decreto de Conmoción Exterior que ordena arrestar a quien apoye el ataque de Estados Unidos. Ese día Javier vio también por televisión el momento en el que Delcy Rodríguez, antes vicepresidenta de Maduro, asumió la presidencia interina del país. Yo creo que es una etapa de transición, obviamente no pueden quitar a uno del poder para poner otro, tiene que ser alguien de ellos. Ya habrán diálogos de cómo van a manejar Venezuela. Pero aún está Diosdado, está Padrino López, están los hermanos Rodríguez, lo que significa que todavía estamos bajo el mando de ellos dice Javier. Yo creo que los cambios ahorita no van a suceder, creo que se va a normalizar la situación.
De hecho, ya las aerolíneas internacionales están funcionando, abrieron el espacio aéreo, ya mañana se activan muchas cosas, comienzan algunos colegios, las ligas de béisbol, y ya lo que nos queda sería esperar qué cosas vendrán de parte y parte Obviamente uno tiene esperanza porque por lo menos Delcy Rodríguez dijo que van a estar en colaboración con Estados Unidos. Ya eso es un alivio. “Aquí la gente no celebra. Todo lo que pase con ese tipo de situaciones, la gente no celebra nada. Lo celebrarás tú, internamente”. Autor: POR ANTONIA DOMEYKO ILUSTRACIÓN FRANCISCO JAVIER OLEA. Javier, de 40 años, ha hecho el recorrido de muchos de sus compatriotas. Tras padecer la crisis económica y de seguridad que afectó a Venezuela, migró en 2016.
Vivió un año en Perú y cuatro en Chile, y en 2022 decidió regresar a su país, momento en que habló por primera vez con “Sábado”. Hace una semana fue testigo de los bombardeos y el arresto de Maduro por parte del gobierno estadounidense. “La incertidumbre la tenemos todavía porque no sabes qué va a pasar”, dice ahora desde Caracas. “Aquí la gente no celebra. Todo lo que pase con ese tipo de situaciones, la gente no celebra nada. Lo celebrarás tú, internamente”.