Gonzalo Prieto: "Tarapacá es una región pequeña, estratégica, con enorme potencial, pero todavía mirada desde lejos"
Gonzalo Prieto: "Tarapacá es una región pequeña, estratégica, con enorme potencial, pero todavía mirada desde lejos" En medio de un nuevo cambio de mando presidencial y de un escenario político marcado por el avance de discursos de orden, la presión por resultados inmediatos y una ciudadanía cada vez más exigente, Gonzalo Prieto Navarrete observa el momento chileno con una mezcla de preocupación, autocrítica y perspectiva histórica.
Militante del PPD desde los 18 años, con una larga trayectoria en la política regional y nacional, sostiene que la democracia atraviesa una crisis profunda de legitimidad, que los partidos perdieron capacidad de conexión con la vida cotidiana de las personas y que regiones como Tarapacá siguen siendo miradas desde el centro más como territorios extractivos que como espacios con derecho a construir su propio desarrollo.
En esta conversación con Diario Longino, Prieto aborda el fin del gobierno de Gabriel Boric, la llegada de José Antonio Kast a La Moneda, la inseguridad, la migración, las deudas en salud, educación y vivienda, el rol de la academia, la falta de acuerdos políticos en Tarapacá y su propia decisión de dar un paso al costado, al menos temporalmente, de la contingencia electoral para volver a conectar con el mundo social, profesional y familiar. -Gonzalo, gracias por esta conversación. Quisiera partir por este momento de transición.
Chile acaba de vivir un cambio de gobierno y usted lo ha definido como un cambio de ciclo político. ¿ Cómo lee este momento desde la política nacional y también desde una región como Tarapacá? -Gracias por la invitación. Efectivamente creo que estamos frente a un cambio de ciclo, no solo en la política nacional, sino también en la regional. Y ese cambio de ciclo no nace de la nada.
Viene incubándose hace muchos años, yo diría que desde fines de la primera década de los 2000, cuando empieza a profundizarse una crisis de la democracia como sistema capaz de responder a las necesidades de las personas. La democracia sigue siendo el mejor marco posible, pero la ciudadanía comenzó a sentir que ya no le resolvía con oportunidad y eficacia sus problemas más concretos.
Eso generó una frustración acumulada que hoy se expresa en nuevas respuestas políticas, más duras, más conservadoras, más polarizadas. ¿Entonces el triunfo de José Antonio Kast no es un hecho aislado, sino la consecuencia de un proceso más largo? -Exactamente. Yo creo que es la cristalización de un proceso largo. Chile vivió años de crecimiento, de modernización, de acceso a más bienes y más consumo, pero al mismo tiempo se mantuvieron desigualdades muy profundas y una enorme sensación de inseguridad social. Y hablo de inseguridad en un sentido amplio: inseguridad económica, inseguridad en salud, inseguridad previsional, inseguridad en la calle. Entonces, cuando la política no logra responder a eso, aparecen liderazgos que prometen orden inmediato, certezas rápidas, soluciones tajantes. Eso ha pasado en muchas partes del mundo y Chile no está aislado de esa tendencia. Usted habla de una crisis global de la democracia occidental. ¿ Qué tan decisivo ha sido ese contexto internacional en lo que ocurre en Chile? -Muchísimo. Chile no vive en una burbuja.
Hay una reconfiguración global muy fuerte, con la disputa entre China y Estados Unidos, con el debilitamiento de ciertos consensos democráticos liberales, con la aparición o consolidación de gobiernos más autoritarios o con rasgos autocráticos en distintos lugares. Eso genera un efecto cascada en países medianos o pequeños como el nuestro. Y en Chile, donde ya existía un malestar acumulado, ese contexto internacional encuentra un terreno fértil. Entonces, lo que vemos hoy también es parte de una ola mayor. -En ese escenario, ¿la política chilena se desconectó de la ciudadanía? -Totalmente. Hay una desconexión muy fuerte. Los partidos siguieron haciendo una política del siglo XX en una sociedad que ya no es la del siglo XX. Se siguió pensando en términos binarios, muy rígidos, cuando la vida real de las personas cambió profundamente. Hoy una persona puede ser emprendedora, trabajar por cuenta propia, endeudarse para sostener su hogar, pagar educación, salud, transporte, créditos. Esa persona no se siente interpretada por consignas antiguas, por categorías demasiado cerradas.
Y cuando la política no entiende eso, deja de representar. -¿ En qué momento se produjo esa fractura? ¿ Hay un punto de quiebre claro desde el retorno a la democracia? -No creo que sea un solo momento, sino un proceso. El estallido social fue la consecuencia, no el origen. Lo que pasó es que el país se modernizó, mejoró su poder adquisitivo, pero no construyó bases sociales suficientemente sólidas para sostener ese desarrollo. Educación, salud, seguridad social, vivienda. Entonces mucha gente avanzó en consumo, pero no en tranquilidad. Y esa combinación es muy peligrosa, porque crea una clase media muy vulnerable, que siente que cualquier caída la puede dejar fuera del sistema. Esa fragilidad fue creciendo y la política no supo leerla a tiempo. -¿ La política perdió capacidad de acuerdo? -Sí, aunque también hay que mirar por qué. Antes había más acuerdos, pero también porque el sistema político era mucho más pequeño, más cerrado. La élite política chilena era reducida, homogénea, muy conectada entre sí. Cuando se amplía la representación, cuando aparecen más actores, más partidos, más sensibilidades, los acuerdos se vuelven más complejos. Eso no es necesariamente malo, pero exige más madurez, más tiempo, más conversación. Y ahí es donde hemos fallado. -Usted ha sido crítico del centralismo. ¿ Cuánto de esa crisis de representación tiene que ver con que regiones como Tarapacá siguen dependiendo de decisiones tomadas en Santiago? -Muchísimo. Tarapacá es una región pequeña, estratégica, con enorme potencial, pero todavía mirada desde lejos. Y no solo por el gobierno de turno, sino por las élites centrales en general. Se nos mira como un territorio donde está la minería, donde puede estar el litio, donde hay recursos, pero no necesariamente como una región sobre la que haya una preocupación real por su desarrollo integral.
Y eso es muy grave, porque finalmente seguimos dependiendo de decisiones tomadas por personas que muchas veces no viven ni conocen la realidad cotidiana de la región. -Llevémoslo a Tarapacá. ¿ Qué balance hace del desarrollo regional de los últimos años? -Yo creo que Tarapacá todavía no ha cristalizado un verdadero proyecto de desarrollo regional. Hay ideas, hay visiones, hay diagnósticos, hay incluso ciertos consensos emergentes, pero no hay todavía un proyecto regional articulado, compartido y sostenido en el tiempo. La región ha vivido crisis políticas, disputas de poder, rencillas pequeñas, y eso ha significado retrasos muy concretos. Tenemos proyectos que se demoraron demasiado, discusiones eternas, falta de articulación entre actores. -¿ Cuáles son, a su juicio, los principales ejemplos de esas demoras? -Podríamos mencionar varios. El teleférico, el centro oncológico, los corredores bioceánicos, la respuesta al déficit habitacional. Y ni siquiera he entrado todavía en salud, seguridad y migración, que son temas todavía más urgentes. En todos esos ámbitos, por mucho tiempo no hubo una mirada común.
Hoy veo más consenso en algunos temas, por ejemplo, entender que Tarapacá es un punto estratégico para los corredores bioceánicos ¿ Esa falta de proyecto regional se explica por falta de liderazgo? En parte por eso, pero también por la lógica de disputa en una región pequeña. Aquí el poder no se reparte entre demasiados. Entonces muchas veces los liderazgos chocan y proyectos que deberían mirarse desde una perspectiva estratégica se terminan observando desde la rencilla política de corto plazo. Eso ha pasado. Y cuando eso ocurre, la región pierde tiempo. Usted menciona los corredores bioceánicos. ¿Cree que ahí hubo una visión que tardó demasiado en ser reconocida? Sí, claramente. Más allá de diferencias o matices, es evidente que Jorge Soria tuvo hace décadas una visión que hoy ya no pertenece solo a él, sino que se convirtió en una verdad regional y transfronteriza. Hoy el corredor bioceánico es un consenso.
La pregunta ahora no es si esa visión era correcta, porque a estas alturas se ha demostrado que sí, sino cómo se inserta dentro de un proyecto más amplio de desarrollo regional. -¿ Qué falta para pasar de la idea al proyecto? -Conversar mucho más. La política ha ido abandonando la conversación. la política necesita tiempo, paciencia, cocción lenta. Requiere sentar a distintos actores y construir algo en común. No basta con declaraciones ni con buenas intenciones. Hay que conversar de verdad. -Si tuviera que establecer una prioridad urgente para Tarapacá, ¿cuál sería? -Salud. Sin duda. La salud es hoy el gran problema transversal en Tarapacá. Si usted le pregunta a cualquier persona, esté en Fonasa, Isapre o Capredena, si se siente tranquila frente a una situación grave de salud, la respuesta probablemente será que no. Ahí hay una tremenda inseguridad.
Y eso debería movilizar una conversación amplia entre todos los actores, no un debate parcelado. -¿ Por qué esa conversación no ocurre? -Porque tenemos un Estado centralista que empuja a hablar de lo inmediato, divide atribuciones y debilita la capacidad regional para decidir. El alcalde por un lado, el gobernador por otro, el delegado por otro, los servicios sectoriales con sus propias jerarquías. Todo eso dificulta que la región tome control de su futuro.
Yo lo dije cuando fui candidato a senador: hay que devolver poder real a las regiones para que puedan diseñar su destino. -El gobierno de Gabriel Boric habló al inicio de descentralización e incluso de revisar figuras -Porque fue una frase sin diseño administrativo ni político detrás. Una cosa es enunciar algo y otra tener la capacidad, los acuerdos y el plan para implementarlo. Y cuando el foco del gobierno se trasladó con fuerza hacia seguridad, otras materias fueron quedando atrás.
Entonces esa promesa no fue prioridad o no tuvo viabilidad real -¿ Qué balance hace del gobierno del ex presidente de Gabriel Boric? Creo que fue un gobierno que avanzó en políticas sociales importantes, pero que tuvo debilidades en su administración política y en la definición de los procesos para alcanzar ciertos objetivos. Una cosa es tener el objetivo correcto, y otra saber cómo llegar a él. Ahí creo que hubo carencias. Faltó experiencia, capacidad de articular y, en algunos casos, capacidad de ordenar prioridades.
Pero también creo que el liderazgo personal de Boric ayudó a recomponer varias situaciones que, de otra manera, podrían haber terminado peor. -¿ No cree entonces que el problema principal haya sido la falta de liderazgo presidencial?. El vicepresidente nacional del PPD, exconcejal de Alto Hospicio, exgobernador y reciente candidato a senador por Tarapacá, reflexiona sobre el cambio de ciclo político que vive Chile, la crisis de representación, el centralismo, la deuda del Estado con las regiones y su decisión de dar una pausa a la primera línea para reenfocarse en la vida familiar, profesional, social y académica.
La Entrevista regional como la del delegado presidencial y terminar con ese cargo ¿ Por qué eso no se concretó? Gonzalo Prieto: "Tarapacá es una región pequeña, estratégica, con enorme potencial, pero todavía mirada desde lejos" -No. Yo creo que, al revés, su liderazgo personal fue un factor de contención y de rearticulación.
El problema estuvo más en las estructuras, en los aparatos partidarios, en la falta de experiencia y en la dificultad para convertir ciertos objetivos en trayectorias políticas concretas. -¿ Qué avances sociales rescata de esa administración? -El copago cero en salud me parece una política pública de enorme importancia y que no tuvo toda la valoración que merecía. También la reforma de pensiones, aunque no logró todo lo que algunos querían, sí permitió mejorar concretamente las pensiones de muchas personas.
Y en general hubo avances que alivian el día a día de la gente, aunque quizás no siempre fueron comunicados o capitalizados políticamente de la mejor manera. -En educación usted ha sido crítico con la falta de infraestructura pública en Tarapacá. ¿ Qué dice ese dato sobre la política regional? -En Tarapacá no se ha construido un colegio público nuevo, creo, desde alrededor de 15 años. Eso ya es una respuesta en sí misma. No es solo un problema del último gobierno; han pasado administraciones de distinto signo. Pero cuando uno dice que la educación es prioridad y no construye nueva oferta pública en una región con déficit de matrícula, hay una contradicción evidente. Eso muestra que no se ha puesto el foco donde corresponde. -¿ Es responsabilidad del Estado central o también de la clase política regional? -De ambos. Sería muy cómodo culpar solo a Santiago, pero la clase política regional también tiene responsabilidad. Si en 15 años no se construyó un establecimiento público nuevo, hay una falla estructural de conducción, de presión política, de priorización. Y además falta una conversación regional seria sobre qué tipo de educación queremos para Tarapacá.
No solo más financiamiento, sino proyecto educativo, competencias para el futuro, vínculo con la realidad productiva y social de la región. -Usted menciona a menudo a la academia. ¿Está suficientemente conectada con la región? -Tiene un enorme potencial, pero no ha logrado conectar todo lo que podría. Y ahí hay una corresponsabilidad entre universidades y sector público. Un ejemplo muy gráfico es que la Estrategia Regional de Desarrollo de Tarapacá fue asesorada por la Universidad de Chile y no por una universidad regional. Eso habla de una desconexión que no debería existir. La universidad tiene que estar mucho más presente en la discusión de futuro de la región. -Pasemos a vivienda. Tarapacá tiene un déficit habitacional muy fuerte. ¿ Cómo analiza ese problema? -Hay que mirarlo en varias capas. Tarapacá recibió desde mediados de los 90 una fuerte migración nacional asociada al auge minero. Esa demanda primero fue absorbida por el mercado privado. Luego llegaron nuevas olas, nacionales y extranjeras, muchas más vulnerables, que pasaron a depender en mayor medida de la respuesta pública. Y el Estado ha sido lento. Si uno mira hacia atrás, hubo momentos importantes: la autoconstrucción impulsada en tiempos de Jorge Soria, el plan integral de Ricardo Lagos y el plan de emergencia habitacional del presidente Boric. Esos son hitos de intervención fuerte.
Pero la demanda siguió creciendo y la política pública no alcanzó el ritmo de esa expansión. -¿ Cómo ve la gestión del alcalde Mauricio Soria en esa materia? -Creo que ha tenido una visión de ciudad, no solo de vivienda. Y eso es importante destacarlo. Porque una cosa es responder al déficit habitacional y otra es proyectar cómo va a crecer Iquique en los próximos 30 o 40 años. Ahí el plano regulador fue una decisión estratégica muy relevante. Sé que hubo críticas por la demora, pero este tipo de procesos son largos y requieren una voluntad política sostenida en el tiempo. A veces las autoridades prefieren lo inmediato, lo que luce rápido electoralmente.
Pero tomar una decisión estructural, aguantar sus costos y empujarla por años también habla de liderazgo. -¿ Y qué lectura hace del debate por el plano regulador? Que muchas veces se discutió desde el corto plazo. Cuando una autoridad dice que quiere modificar el plano regulador, eso no siempre es fácil de explicar ni de vender políticamente. Pero es una herramienta fundamental si uno quiere pensar la expansión de la ciudad con orden. Creo que con el tiempo esa decisión va a ser reconocida en su real dimensión. -Vamos a economía e inversión regional. Tarapacá tiene minería, Zona Franca, servicios, algo de agricultura en desarrollo. ¿ Falta una política más decidida para dar el salto hacia una manufactura regional? -Sí, y esa posibilidad existe. La región tiene múltiples vocaciones. La minería es una palanca clave, pero no debe ser la única. Zona Franca también puede jugar un rol importante. El litio abre una posibilidad enorme. La pregunta es cómo articulamos todo eso en una estrategia mayor. Cuando se habla de manufactura regional, de electromovilidad, de baterías, de valor agregado, uno ve que hay ideas y hay voluntad, pero falta poner eso en acción. Y otra vez aparece la necesidad de una conversación más amplia: con empresa, academia, ciudadanía y autoridades. -¿ Hay voluntad política para eso en la región? -Yo creo que sí, hay voluntad. Pero ahora esa voluntad tiene que transformarse en espacios de trabajo, decisiones, acuerdos y proyectos.
La voluntad por sí sola no basta. -Entrando a la contingencia más inmediata, ¿cómo observa la política migratoria del nuevo gobierno? -Creo que al presidente Kast le va a pasar algo parecido a lo que le ocurrió a Boric en algunos temas: la realidad se va a imponer sobre los deseos. El fenómeno migratorio es mucho más complejo que el control fronterizo. Por supuesto que el control importa, pero no resuelve todo. Además, no se puede ignorar que el gobierno anterior dejó una frontera más controlada que la que recibió.
Entonces la pregunta no es solo cuántos entran, sino qué vamos a hacer con los que ya están acá, cómo se gestiona la integración, cómo se combate la delincuencia sin convertir toda la conversación en una criminalización simplista. -¿ Cree que se ha criminalizado la migración? Se corre ese riesgo cuando se reduce todo el fenómeno migratorio al delito. Y eso sería un error. Aquí hay migrantes delincuentes que nadie quiere, igual que nadie quiere delincuentes chilenos. Eso es evidente. Pero si uno cree que todo el problema migratorio se agota ahí, está equivocado. La seguridad requiere Estado, escuela, hospital, servicios públicos fuertes, capacidad de fiscalización, prevención. Si uno mira algunos servicios fiscalizadores en la región, tienen dotaciones mínimas. Entonces no se puede abordar un fenómeno tan complejo solo con una consigna. -En seguridad, ¿qué espera del nuevo gobierno? -Espero que entienda la complejidad del problema. La ciudadanía exige resultados y eso es legítimo. Pero hay que evitar la promesa de que todo se arregla de un día para otro. La seguridad debe abordarse con firmeza, pero también con inteligencia, recursos, institucionalidad y prevención.
Si se pierde esa perspectiva, lo que se genera es frustración futura. -Usted fue recientemente candidato a senador y hoy habla de una pausa. ¿ Qué significa exactamente eso en su trayectoria? -No significa jubilarme ni desaparecer. Significa tomar distancia de la primera línea electoral y O de la contingencia más inmediata. He estado muchos años en política y hoy necesito reenfocarme en la vida familiar, profesional, laboral y tambien en la academia.
Quiero volver a conectar con la ciudadanía desde otro lugar, más pausado, más social, menos atravesado por la presión de la cuña y el día a día. -¿ Es también una autocrítica a la política tradicional? -En parte sí. Creo que hay que volver a escuchar más. La política se llenó de urgencia, de reacción, de sobreinterpretación de la contingencia. Y a veces se alejó demasiado del barrio, de la conversación simple, del problema cotidiano.
Yo quiero volver a ese espacio, al mundo social, a la conversación con personas que muchas veces sienten que estas discusiones grandes no tienen nada que ver con su vida diaria. -¿ Esa pausa tiene también un componente humano? -Por supuesto. La política demanda muchísimo, consume tiempo, energía, vida personal. Y llega un momento en que uno también tiene que ordenar sus prioridades y dedicar más espacio a lo familiar, a lo profesional y a otras vocaciones.
Eso no significa renunciar al compromiso público, sino ejercerlo desde otro lugar. -¿ Qué enseñanza le deja su recorrido político desde los 18 años hasta hoy? -Que la política sigue siendo necesaria, pero que tiene que ser más humilde. Tiene que escuchar más, conversar más y reconocer sus límites. También he aprendido que regiones como la nuestra no pueden seguir esperando eternamente que todo se decida en Santiago.
Y que si Tarapacá quiere construir futuro, necesita más acuerdos, más proyecto compartido y menos mirada centralista, incluso desde dentro de la propia región. -Usted es sociólogo y ha hablado varias veces del "nuevo orden mundial". ¿ Qué impacto cree que tendrá eso sobre Tarapacá? -Muchísimo. Tarapacá está en una posición geográfica y económica estratégica. Lo que pase con China, Estados Unidos, el litio, el comercio, la logística, los corredores bioceánicos, todo eso va a repercutir aquí. Por eso es tan importante que la región piense su lugar en ese escenario y no solo reaccione a lo que otros definan.
No podemos seguir siendo espectadores Gonzalo Prieto DA DEMOCRACIA LAS CRISIS DE oursuo proyecto de diseño de iglesia San Francisco Gobierno Regional prioriza ingreso del mucha convicción. .. Tarapacá * Asumo con MARZO SMOHS de procesos que nos afectan directamente.
Si pudiera sintetizar en una frase el principal desafío de Tarapacá hacia adelante, ¿cuál sería? -Convertir sus potencialidades dispersas en un proyecto de desarrollo regional compartido, sostenible y con poder de decisión propio. -Y si tuviera que decirle algo a la nueva generación política de la región, ¿qué les diría? -Que escuchen más, que conversen más, que no se dejen arrastrar solo por la contingencia o la pelea pequeña. Tarapacá necesita liderazgos capaces de pensar en grande, de construir acuerdos amplios y de entender que esta región ha conseguido todo lo que tiene a punta de esfuerzo. Ese esfuerzo merece una política a la altura. Para cerrar, ¿qué mensaje le gustaría dejarle a los tarapaqueños? -Que tenemos que darnos tiempo para conversar y encontrar puntos de acuerdo. No todo tiene que ser conflicto.
Esta es una región que ha avanzado con sacrificio, y si queremos que le vaya bien a Tarapacá, tenemos que esperar que a sus autoridades les vaya bien en su gestión, pero también recordar que la ciudadanía, los medios, los gremios, los sindicatos, los emprendedores, los profesores, la academia, todos tienen algo que aportar. El futuro no puede seguir llegando en recetas hechas desde fuera. Tenemos que construirlo entre nosotros. Cierre La conversación con Gonzalo Prieto deja una idea persistente: la crisis política no se reduce al cambio de un gobierno por otro, sino a una fractura más profunda entre instituciones, ciudadanía y territorios. Desde esa lectura, Tarapacá aparece como un ejemplo nítido de potencial acumulado, pero aún sin una hoja de ruta plenamente consolidada. Su balance mezcla autocrítica, preocupación por la democracia, defensa de las políticas sociales y una insistencia reiterada en la necesidad de conversar más y centralizar menos. En un tiempo de definiciones duras y respuestas veloces, su apuesta parece ir en sentido contrario: bajar el ritmo, escuchar y volver a pensar el futuro desde la región y con la región..