Editorial: Prevención Permanente
Editorial: Prevención Permanente Cuando las temperaturas ceden por algunos días y la estadística muestra una baja en la ocurrencia de incendios, es comprensible que en las comunidades aparezca una sensación de alivio. Sin embargo, la experiencia reciente en el centro-sur de nuestro país, y específicamente en nuestra región, demuestra que esa calma puede ser engañosa. El balance de la temporada estival sigue siendo duro: cerca de 27 mil hectáreas consumidas por el fuego en las regiones del Biobío y Nuble, junto a 20 vidas perdidas y cientos de familias afectadas. Detrás de cada cifra hay hogares interrumpidos, emprendimientos golpeados y comunidades que aún intentan ponerse de pie. Esa dimensión humana no puede diluirse en los balances técnicos.
Si bien, la ocurrencia de incendios ha disminuido alrededor de un 20% respecto de la temporada anterior, el propio diagnóstico de la Corporación Nacional Forestal advierte que el comportamiento del fuego se ha vuelto más extremo, impulsado por condiciones climáticas cada vez más exigentes. Menos focos no significa necesariamente menor peligro; a veces implica todo lo contrario. Marzo sigue siendo un mes crítico. Las altas temperaturas, el viento y la presencia de quemas conforman un escenario que históricamente ha favorecido la propagación de siniestros. La memoria reciente respalda esa advertencia: basta un fin de semana adverso para que la superficie afectada se dispare. Por eso, la decisión de mantener brigadas activas incluso hasta abril no es una medida preventiva más, sino una señal de realismo operativo. La temporada de incendios -lo sabemosya no responde con precisión al calendario tradicional. El cambio en los patrones climáticos obliga a extender la vigilancia y a actuar con mayor anticipación. Pero hay un elemento que ningún despliegue institucional puede reemplazar: la conducta de las personas. La propia autoridad reconoce que la preparación comunitaria ha incidido en la baja de la ocurrencia. Ese dato es clave y, al mismo tiempo, interpela. La prevención efectiva comienza en decisiones cotidianas: el manejo responsable del fuego, la limpieza de entornos, la denuncia oportuna y la comprensión de que el riesgo sigue presente. En las zonas rurales y periurbanas de la provincia, donde el verano aún se deja sentir, la tentación de pensar que "lo peor ya pasó" puede ser peligrosa. La historia reciente de comunas como Santa Juana y Hualqui -donde en temporadas anteriores la superficie quemada se duplicó en pocos díases una advertencia que no se puede olvidar. La prevención, en este contexto, requiere constancia institucional, coordinación territorial y, sobre todo, una ciudadanía consciente de que el riesgo no desaparece con el primer descenso de temperatura. Mientras el verano no se cierre definitivamente y las condiciones sigan siendo propicias para la ignición y propagación del fuego, la única actitud responsable -individual y colectivaes mantener la guardia en alto..