Autor: CARLOS PEÑA, UNIVERSIDAD DIEGO PORTALES
Columnas de Opinión: Viña y la batalla cultural
Columnas de Opinión: Viña y la batalla cultural Sería interesante saber qué piensa el Presidente electo, o algunos de quienes lo acompañan, del Festival de Viña y de lo que ahí ocurre.
Jaime Guzmán (de quien el presidente se ha dicho discípulo) era un asiduo asistente a esas jornadas y todavía es posible ver videos o registros donde se le ve celebrando y aplaudiendo entusiasta (aunque no se alcanza a advertir si pedía gaviotas) a los artistas que allí se desempeñaban. ¿Qué pensará el Presidente electo de lo que ocurre en ese escenario y de lo que allí se ve? La pregunta es pertinente porque, como todo el mundo sabe, las fuerzas políticas que acompañan al nuevo gobierno se sienten partícipes de una batalla cultural, es decir, de la idea de que en el ámbito de la cultura se forjan poco a poco las conductas y los valores que luego precipitan hacia todos los intersticios de la vida social.
En sus Cuadernos de la cárcel (se llaman así no por capricho literario, sino porque su autor los escribió entre rejas donde se le encerró para, según exclamó el fiscal señalándolo con el índice, “evitar que este cerebro piense”), Antonio Gramsci escribió que es en la cultura donde se gana la guerra de posiciones que antecede al control formal de las instituciones. Y toda guerra, recordaba, es una guerra religiosa, es decir, de convicciones y de valores.
Pues bien, si se toma lo que ha acontecido en el Festival de Viña como un síntoma de lo que ocurre en la esfera de la cultura de masas, no cabe duda de que esa guerra de posiciones (o esa batalla cultural) está algo complicada para el punto de vista que innumerables veces ha manifestado el Presidente electo, y al que, sin deformarlo, cabe llamar un punto de vista más bien conservador.
Y es que el Festival (con buen o mal gusto en la ejecución, poco importa, puesto que acá se trata de la dimensión pública del fenómeno) muestra cuánto se han normalizado o aceptado las diversas formas de vida familiar, la diversidad sexual y de género, la ironía frente a las creencias religiosas, el empleo del lenguaje callejero o los términos y palabras hasta hace poco considerados procaces o cuarteleros, y de qué forma artistas que hace apenas unas décadas pudieron ser ejemplos de lo que entonces se consideraba ordinario y de mal gusto, son hoy celebrados y premiados.
Para un conservador que se precie, todas esas han de ser formas degradadas, síntomas de una decadencia que es producto de una autonomía mal entendida, de una forma de concebir la libertad que al despojarla de todo control y de toda orientación normativa acerca de lo que la naturaleza enseñaría es bueno o es malo, acaba en una suerte de nihilismo, donde nada tiene valor por sí mismo y donde todo, en consecuencia, tiene derecho a existir en la esfera pública y a ser celebrado y agasajado con trofeos.
Los ideales liberales, al infiltrarse por todos los intersticios de la cultura piensa buena parte de la derecha que está tras el Presidente electo, han deteriorado el orden social, esa forma muda y silenciosa que ordena la convivencia y que se traspasaría de generación a generación mediante la familia, bien constituida, desde luego.
Basta comparar esos años en que Jaime Guzmán se situaba en las primeras filas de la platea a aplaudir a los artistas y en ocasiones, incluso a comentarlos (con la misma tranquila elocuencia con que enseñaba las actas constitucionales), con los de ahora y todo lo que en ellos se ha presentado y aplaudido y premiado, para apreciar cuánto ha cambiado la cultura de masas y cómo lo que apenas ayer era inadmisible (y se hablaba en los bares, en chistes entre adultos o apenas se toleraba que se hiciera público), hoy posee derecho de ciudadanía.
Y es que la cultura se ha modificado muy rápidamente y no cabe duda de que los valores más conservadores la familia nuclear y binaria, la heterosexualidad como forma de expresar la propia afectividad, la represión en el habla, la idea de lo sacro han perdido posiciones en la batalla cultural.
Está entonces pendiente lo que dirá esa derecha la derecha propiamente iliberal frente a este fenómeno para saber si lo considera apenas una escaramuza de la batalla cultural o una preocupante pérdida de posiciones o si, inconscientes de todo esto, solo les despierta la nostalgia de esos días ya idos, en los que Jaime Guzmán aplaudía y celebraba lo que ocurría en la escena de esos años (que no era solo artística, claro está). n ¿ Qué diría Jaime Guzmán de lo que se ha visto estos días? ¿ Apreciaría un retroceso en la batalla cultural en la que el nuevo gobierno a juzgar por las ideas a las que adhiere se empeñará? Autor: CARLOS PEÑA, UNIVERSIDAD DIEGO PORTALES. ¿Qué diría Jaime Guzmán de lo que se ha visto estos días? ¿ Apreciaría un retroceso en la batalla cultural en la que el nuevo gobierno —a juzgar por las ideas a las que adhiere— se empeñará?