Autor: POR ROBERTO AMPUERO ESCRITOR, EX MINISTRO Y EMBAJADOR.
Columnas de Opinión: Mis amigos cubanos y el fin del castrismo
Columnas de Opinión: Mis amigos cubanos y el fin del castrismo n estos últimos días del E verano chileno en que se desploma la dictadura castrista, pienso en mis amigos cubanos. Pienso en aquellos con quienes estudié en la Universidad de La Habana. Pienso en los que aún viven en la isla. De unos cincuenta de mi curso deben quedar allá siete. Varios colaboraban -lo supimos despuéscon la policía política. Otros están inubicables. Pienso también en la inmensa mayoría que logró marcharse del comunismo y están repartidos por el planeta. Todos anhelan una Cuba libre y democrática a la cual puedan volver sin necesidad de solicitar visa de ingreso a la patria, escandalosa violación de los derechos de la persona. Y pienso en esos amigos que murieron anhelando una Cuba libre. Mis amigos cubanos más antiguos son aquellos con que asistí a la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana. Subrayo que trabajé mientras estudiaba, porque la educación en la isla no era ni es gratis. Es una mentira que el comunismo divulga. Pagábamos nuestro estudio cumpliendo labores obligatorias y sin derecho sindical alguno: medio día de clases y medio día de trabajo donde te enviaran. Mensualmente nos pagaban al equivalente hoy de seis mil (6.000) pesos. Desde hace años es peor: ya no pagan. Durante dos años integré una brigada de construcción que dirigía un mayoral de apellido Reyes. El régimen se proponía inculcarnos la "conciencia proletaria", que dejásemos de ser "pequeñoburgueses". Mi brigada se dedicó sólo a derribar construcciones. Para ello nos prestaban "mandarrias" (combos) y chuzos. No había guantes ni cascos "por culpa del bloqueo". Más adelante nos enviaron a un infierno en las afueras de La Habana. Debíamos sacar ladrillos apilados en un gigantesco horno de greda para ponerlos a enfriar al aire libre. El calor dentro era extenuante, ardían hasta los ojos.
Los ladrillos estaban calientes y carecíamos de guantes por culpa del. .. "bloqueo". Trabajamos allí sólo en pantalones con presidiarios (todos negros) criminales peligrosos, según nos habían advertido, así que no debíamos ni hablar con ellos. Pero los gendarmes se iban al rato a platicar bajo alguna sombra. Los presidiarios no hablaban, pero algunos nos indicaban con cara compasiva y gestos breves cuáles filas de ladrillos estaban más fríos. Tal vez eran mudos. Recordaré siempre su solidaridad sin palabras, su forma de mirarnos como si fuésemos seres de otras galaxias. Nos observaban desde distancias insalvables. Eran seres resignados al destino que les había tocado. Máquinas de trabajo. ¿Qué crímenes habrían cometido? A nuestras compañeras de curso las enviaban a fábricas de ropa, cocinerías o bibliotecas.
Pienso en los cerca de 50 compañeros que integramos en setiembre de 1974 el curso de "mechones", pero ahí no había mechoneo con bromas como en Chile, pero sí "mechoneo ideológico". Pasamos a un auditorio donde el estudiantado inauguraba el año académico.
Fue una maratónica sesión de discursos revolucionarios pronunciados desde un escenario flanqueado por banderas de Cuba y el partido comunista (no hay más partidos desde 1959), y en el fondo descollaba un afiche de Fidel Castro. Y no cesaban se subir al escenario dirigentes del partido, Ministerio de Educación, del Interior y el de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, y dirigentes comunistas del distrito, líderes de la UJC, organización juvenil comunista.
Todos ellos citaban a Fidel Castro, le declaraban lealtad y prometían "defender la revolución hasta la última gota de sangre, si fuera necesario", y a la vez le agradecían la educación gratuita que nos deparaba, y el privilegio que nos otorgaba de participar en la transformación de Cuba y América Latina, continente del cual Castro era "su faro". Y claro, tampoco se dejaba de demonizar y condenar a Estados Unidos y sus presidentes. Y todos aplaudían y coreaban las consignas y aplaudían enfervorizados y agradecidos del socialismo que triunfaba en el Caribe y el mundo. Así de ideológica y represivamente delirante era todo aquello en la Cuba de 1974, mantenida por la Unión Soviética.
Y deboreconocer: en ese momento, recién llegado a la isla, yo también aplaudía y trataba de seguir los cánticos aquellos, y coreaba eso de "¡ Fidel, seguro, / al yanqui dale duro!". Sí, con veinte años creía en todas esas patrañas que había leído en Chile en libros, revistas y diarios comunistas, hojas que manchaban de negro -cual tenebrosa premoniciónmis dedos al hojearlas.
Para que se esfumara aquella fascinación divorciada de la realidad, me faltaba sólo una cosa: vivir y conocer la realidad de Cuba y, sobre todo, conversar en PRESIDENCIA REPÚBLICA DE CUBA confianza y a solas con cubanos. Bastaba con eso y compararlo con la libertad del Chile en el que yo había crecido y no había sabido valorar para empezar a mirar aquello con otros ojos. El fanatismo enferma no sólo al ser humano sino también al país en el que vive.
Hoy que la multimillonaria dinastía Castro negocia con Estados Unidos, acaba de liberar 51 presos (nueve de ellos políticos; se los estima en mil), acepta que un equipo del FBI llegue a la isla a investigar un incidente en que fallecieron dos estadounidenses y hay una lancha con matrícula de Florida involucrada, y millares de cubanos manifiestan cada noche su descontento con el totalitarismo fracasado, y el dictador Díaz-Canel intuye que sus días están contados, pienso en los cubanos que siguen allá, en los que siguen desperdigados por el mundo y en los que fallecieron sin ver a Cuba libre.
Hasta los años cincuenta Cuba exhibió -junto a Argentina y Uruguaylos mejores índices de desarrollo regional (CEPAL). Nada retrata mejor el fracaso de los 67 años de revolución castrista como La Habana destruida por el comunismo. Anhelo que en la transición sea pacífica y los cubanos puedan escoger a sus dirigentes, y que la que en el pasado fue admirada como la Perla del Caribe, vuelva a serlo.
Sí, confieso que sueño con volver a ustedes un día con una columna escrita en una plaza de La Habana liberada, donde "me detendré a llorar por los ausentes", como diría el cantautor cubano Pablo Milanés. 03 Autor: POR ROBERTO AMPUERO ESCRITOR, EX MINISTRO Y EMBAJADOR.. OFICINA DE LA PRESIDENCIA DE CUBA / EFE