Autor: María Gabriela Huidobro Salazar Doctora en Historia Académica de la Universidad Andrés Bello Decana Asociada EHE, Tecnológico de Monterrey
Columnas de Opinión: Volver a la Polis
Columnas de Opinión: Volver a la Polis n las últimas semanas, el quehacer político ha dado casi infinitos espacios al debate y la polémica.
Sin embargo, entre agresiones a una ministra, auditorías y almuerzos en la MoE neda, la atención la ha ganado el Plan de Reconstrucción Nacional anunciado por el Presidente Kast en cadena nacional y, en particular, la propuesta de reducir el impuesto a las empresas al 23%, cuyas implicancias exigen llevar la discusión con el nivel argumentativo y conceptual serio y responsable.
Más allá de los argumentos técnicos -de los que no me siento capacitada para opinarllama la atención la discusión estructurada en una lógica de ricos contra pobres, empresarios contra trabajadores, como si el espacio público fuera un campo de batalla entre bandos irreconciliables.
Incluso, por mucho que el Presidente haya dicho que éste no es un proyecto ideológico, acto seguido, afirmó que no buscaba beneficiar "a los ricos", cayendo así en ese juego retórico que ha dominado el debate. Esta forma de pensar la realidad tiene historia larga. Desde fines del siglo XIX, y con especial fuerza a partir de las interpretaciones inspiradas en Karl Marx, la historia comenzó a leerse como el resultado de tensiones estructurales entre clases sociales.
La dialéctica -esa idea hegeliana de que el conflicto entre opuestos (tesis y antítesis) es el motor del cambiodio una nueva inteligibilidad a los procesos históricos y permitió valorar la acción de los antes marginados de las páginas de la historia: el mundo popular, los trabajadores, las mujeres, aquellos que no ocupaban espacios de poder. No cabe duda de que ese paradigma ha sido importante para comprender fenómenos como la industrialización, la cuestión social o la emergencia de los movimientos obreros y de los feminismos. Sin embargo, como toda herramienta interpretativa, también simplifica. Al ordenar la realidad en polos opuestos, tiende a fijar identidades rígidas y a reducir la complejidad de las relaciones humanas. Así, las categorías de burguesía y proletariado, o las de patricios y plebeyos, dejaron de ser descripciones históricas para transformarse en posiciones políticas y morales excluyentes. Y, con esto, se instaló la idea de que debemos elegir una vereda. El problema es que, desde esta premisa, resulta difícil, casi imposible, llegar a acuerdos que se piensen en beneficio de todos y no como la victoria de unos contra otros. Siglos antes, Aristóteles definió la polis como una comunidad orientada al bien común, donde los ciudadanos, siendo distintos en sus funciones y condiciones, compartían un destino. Para él, la política no era la administración del conflicto entre rivales, sino el arte de deliberar sobre lo que conviene a todos. Desde esta perspectiva, la distinción entre empresarios y trabajadores no debería conducir al antagonismo. Las decisiones que afectan a unos repercuten en los otros. Pensar lo contrario empobrecería el debate y dificultaría la construcción de acuerdos duraderos. Cuando las sociedades se encierran en identidades enfrentadas, la política se vuelve un ejercicio de imposición más que de deliberación democrática.
Esto no implica negar las desigualdades ni desestimar los conflictos, pero es necesario reconocer que la vida en comunidad exige algo más que la identificación de adversarios o la exaltación de diferencias; requiere el reconocimiento de la interdependencia.
El debate y los desafíos que enfrenta el país no deberían ocuparse sólo en la revisión de las cifras o en el diseño de políticas, sino invitarnos a revisar también los marcos y lenguajes desde los cuales interpretamos la realidad. "Purgamos la culpa de no habernos mirado jamás a la cara las tres clases sociales de este país", criticaba Gabriela Mistral. Y seguía: "El amor vive de conocimiento. .. La primera faena cívica es esa: soldar las clases por medio de intereses y sentimientos comunes". Sus palabras se mantienen vigentes. Poco aporta una lógica binaria que nos enfrenta, sobre todo si pensamos que las diferencias forman parte de nuestra naturaleza social.
Cuando la política se reduce a elegir bandos, el bien común deja de ser horizonte y se transforma en una consigna vacía. 00 Autor: María Gabriela Huidobro Salazar Doctora en Historia Académica de la Universidad Andrés Bello Decana Asociada EHE, Tecnológico de Monterrey. "Cuando las sociedades se encierran en identidades enfrentadas, la política se vuelve un ejercicio de imposición más que de deliberación democrática. Esto no implica negar las desigualdades ni desestimar los conflictos, pero es necesario reconocer que la vida en comunidad exige algo más".