Autor: Diego Benavente, ingeniero civil y regionalista
Columnas de Opinión: Lincolao y Kennedy
Columnas de Opinión: Lincolao y Kennedy a reciente y cobarde agresión de algunos estudiantes de la Universidad Austral a la ministra Ximena Lincolao, invitada a la inauguración del año académico por la misma casa de estudios, no solo indigna por su violencia, sino que también despierta una inquietante sensación de déjà vu. Episodios como este, lejos de ser anomalías, parecen inscribirse en una tradición que, con distintos matices, ha acompañado a ciertos espacios universitarios a lo largo de décadas. Viene a mi memoria un hecho que presencié durante la visita del senador estadounidense Robert F. Kennedy a Concepción, en noviembre de 1965, en el marco de su gira latinoamericana. El hermano del asesinado presidente John F. Kennedy recorrió centros industriales de Concepción y Talcahuano, y solicitó reunirse con dirigentes estudiantiles universitarios. Entre ellos se encontraba Miguel Enríquez, quien le advirtió que no asistiera al acto programado esa tarde en la Casa del Deporte de la Universidad de Concepción, pues no sería bien recibido. La advertencia resultó premonitoria. Si bien el senador Kennedy logró llegar al estrado, nunca pudo hacer uso de la palabra. Los gritos y consignas en contra de la política de intervención norteamericana en América Latina lo impidieron. La tensión escaló rápidamente y, tras el lanzamiento de objetos, su equipo de seguridad debió evacuarlo del recinto. Elincidente tuvo tal repercusión que incluso fue recogido por la prensa internacional, incluyendo páginas de The New York Times al día siguiente. Sin embargo, lo más bochornoso y grave ocurrió al momento de su salida.
Cuando Kennedy, en un gesto de apertura, se acercó a saludar a los estudiantes, extendiendo su mano hacia quienes se encontraban en las graderías de arriba, fue objeto de una agresión directa: no solo recibió escupitajos, sino que su mano fue pisoteada. Aquella escena, más allá de la anécdota, simbolizó un quiebre profundo entre la protesta política y el respeto básico por la dignidad humana. La FEC, Federación de Estudiantes de la Universidad de Concepción era presidida por Carlos Hormazábal, militante DC quien derrotó a Enríquez, apoyado por sectores de izquierda. Ese mismo año nacía el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que pronto encarnaría una forma de acción política marcada por la radicalidad, especialmente en el ámbito universitario penquista. Han pasado más de seis décadas y, sin embargo, resulta inquietante constatar que prácticas de violencia persisten en espacios que debieran ser, por definición, templos del diálogo, la reflexión y la convivencia democrática. La universidad no puede transformarse en un escenario donde la discrepancia se exprese mediante la agresión fisica o la humillación delotro.
Quizás parte de la explicación la entrega Cristián Warnken, quien ha lamentado que "a veces parece que las autoridades universitarias hubieran tomado palco ante la destrucción y la decadencia". A ello se suman las palabras del rector Carlos Peña, quien ha sido categórico al señalar que "las reglas constitutivas de la universidad excluyen la coacción o la violencia, y por eso quien la ejerce se pone voluntariamente al margen de ella". No se trata de negar el derecho a la protesta, ni de despojar a los estudiantes de su legítima voz crítica. Se trata, más bien, de recordar que la violencia nunca ha sido ni será un lenguaje aceptable en la vida universitaria. Si algo debiera distinguir a estas instituciones es precisamente su capacidad de procesar el conflicto mediante la razón y no la fuerza. De lo contrario, seguiremos repitiendo, con distintos protagonistas pero idéntica pobreza moral, escenas que creíamos superadas por la historia. Y eso, más que un retroceso, es una renuncia a la esencia misma de la universidad. Autor: Diego Benavente, ingeniero civil y regionalista. OPINIÓN