Autor: JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER
Columnas de Opinión: El libro y su valor
Columnas de Opinión: El libro y su valor Las principales religiones del mundo están relacionadas con textos sagrados: el judaísmo con la Torá, el cristianismo con la Biblia y el islam con el Corán. La incorporación de la palabra escrita y de los textos sagrados representó un avance clave en la racionalización de la Palabra; la verdad quedó establecida en un texto. Desde la perspectiva sociológica de la modernidad, el valor del Libro pasa de lo sagrado a lo civilizatorio. Ya no representa la voz de Dios, sino la memoria de la humanidad: un archivo del conocimiento, un vehículo de la razón y un depósito de la literatura y las humanidades. La condición humana se refleja en los libros: Goethe, Shakespeare, Cervantes. Después de la revolución de la imprenta, las sociedades comenzaron a conocerse a través de la lectura de libros: de ciencias, filosofía, humanidades, además de novelas y estadística. Con el tiempo, se creó una industria editorial que hoy está en declive debido a la digitalización. Sin embargo, durante un siglo, fue un pilar de la cultura de masas junto a la educación obligatoria, la radio y la televisión, inspirando el nombre de la República de las Letras. Aún más decisivo: aprender a leer libros estableció la categoría social del lector y elevó la comprensión lectora a un nivel culturalmente indispensable.
Actualmente, analizamos los avances en la comprensión lectora de la población mediante exámenes como el Simce y el PISA, y reconocemos su impacto en ámbitos como la salud, el empleo, el funcionamiento de la polis, la innovación e incluso la felicidad.
Este modo de comprensión forma parte de lo que dos destacados sociólogos del siglo XX, Pierre Bourdieu y Basil Bernstein, llaman códigos culturales, que se adquieren inicialmente en la familia y la escuela y después condicionan la trayectoria vital de las personas. La lectura es un hábito de clase, ocupación, género y edad. Un marcador de identidad. Chile es reconocido mundialmente no solo por su litio, salmones, uvas y vino. Su cultura e identidad también se reflejan en libros: Mistral y Neruda, Huidobro y Parra, Zurita y Bolaño, Donoso y Labatut. Asimismo, los grandes proyectos que han movilizado las pasiones intelectuales de los últimos dos siglos se sustentan en libros: los de Marx y Darwin, Freud y Adam Smith, Hayek y Habermas. El derecho, la teología, la filosofía y la antropología son disciplinas basadas en libros. Desde Platón en adelante, la historia misma resulta inimaginable sin ellos.
Uno de los testimonios más contundentes de la resistencia ante las dictaduras son los libros del samizdat, un término ruso que se refiere a la literatura escrita, copiada y repartida clandestinamente en la antigua Unión Soviética. En mi época, durante la dictadura chilena, utilizábamos el mimeógrafo y algunas imprentas dispuestas a correr riesgos.
Vladimir Bukovsky, disidente soviético, resumió el samizdat así: “Lo escribo yo mismo, lo edito yo mismo, lo censuro yo mismo, lo publico yo mismo, lo distribuyo yo mismo, y yo mismo termino en la cárcel por ello”. No siempre, por fortuna. El valor del libro, por supuesto, no puede reducirse a su precio de mercado. No crea riqueza material, no genera empleo, y su valor no se mide por la eficiencia de su producción ni por la productividad de los autores. Desde la perspectiva del producto interno, del balance comercial, de los índices de desempleo o de las cadenas de valor industrial, el libro es, sin duda, una excepción. Sin embargo, despierta pasiones, moviliza la imaginación colectiva, crea lenguajes y naciones; sostiene los poderes imperiales y también las resistencias frente a ellos. Enriquece los horizontes culturales, transmite la historia de las civilizaciones, forma comunidades virtuales de lectores y nos proporciona los parámetros con los que nos entendemos a nosotros mismos.
Yo, personalmente, prefiero mil veces describirme por los autores que amo sí, que amo apasionadamente, que me sirven como hitos de referencia y son parte integral de mi mundo personal que por el Formulario 22, mi militancia o mi nacionalidad. Las sociedades democráticas deberían considerar al libro como la máxima manifestación de las libertades básicas, entre ellas el pensamiento, la expresión, la creación, la comunicación, el disentimiento, el culto y la asociación. Es un elemento clave en la deliberación pública, la autonomía individual y el reconocimiento del trabajo intelectual, de los cuales depende la concientización ciudadana en comunidades pluralistas.
Al igual que existen religiones del Libro, también hay instituciones basadas en estos dispositivos de conocimiento: en el pasado, las siete artes liberales del Trivium y el Quadrivium; en la actualidad, el vasto conjunto de conocimientos producidos por la inteligencia humana a lo largo de la historia. Este universo está a punto de cruzar un umbral hacia su mayor expansión gracias a la IA generativa, que utiliza nuestro propio lenguaje para proyectarse más allá.
La universidad mantiene esa tradición, pero ahora enfrenta las demandas de la aceleración capitalista y la intención de los poderes establecidos de convertirla en una entidad productiva orientada al mercado: una utilidad que ofrece un servicio público eficiente, con un impacto medible en el PIB y el empleo, considerando la educación como una inversión en capital humano con un retorno privado que justifique su financiamiento por parte de las familias y del Estado. En definitiva, se busca convertirla en una empresa alineada con la economía nacional. Que no divague ni hable en círculos vacíos. Que no publique libros esotéricos ni piense para círculos de iniciados.
La acusación de ser una “torre de marfil” es tan vieja como la propia institución; en el siglo XX, se utilizó en regímenes totalitarios con diferentes fines y llevó a la persecución de científicos y humanistas, a la cancelación de académicos e, inevitablemente, a la censura y a la quema pública de libros (¡ no es una metáfora, ni una hipérbole!). Es importante recordarlo cada vez que vuelve a escucharse el reproche de que ciertos libros bellamente encuadernados no contribuyen al desarrollo productivo ni al empleo, o bien desafían el orden y la seguridad.
Yo, personalmente, prefiero mil veces describirme por los autores que amo sí, que amo apasionadamente, que me sirven como hitos de referencia y son parte integral de mi mundo personal que por el Formulario 22, mi militancia o mi nacionalidad. Autor: JOSÉ JOAQUÍN BRUNNER. N Ya no representa la voz de Dios, sino la memoria de la humanidad: un archivo del conocimiento, un vehículo de la razón y un depósito de la literatura y las humanidades. La condición humana se refleja en los libros: Goethe, Shakespeare, Cervantes.
OPINIÓN Yo, personalmente, prefiero mil veces describirme por los autores que amo —sí, que amo apasionadamente, que me sirven como hitos de referencia y son parte integral de mi mundo personal— que por el Formulario 22, mi militancia o mi nacionalidad.