Firmas eternas
Firmas eternas P ara curiosos, busquillas, investigadores y observadores de la ciudad, descubrir que un edificio tiene la firma de su arquitecto, casi siempre en la parte superior, en una esquina, a veces con letra poco legible, es todo un hallazgo.
Porque puede que sea la única fuente de información para conocer no solo quién lo diseñó, sino la fecha de construcción de un inmueble; porque la tipografía suele ser atractiva y original, demostrando el cuidado en los detalles que tuvo su autor, y porque habla de una costumbre que se fue perdiendo y que hoy permite profundizar en la historia de la arquitectura de un país.
Para Samuel García-Oteiza, era un tema que lo venía rondando desde hacía años; el por qué esta práctica que fue tan extendida en un momento dejó de usarse, y a pesar de haber sido habitual, nunca se ha hablado ni estudiado lo suficiente.
Centrándose en las ciudades chilenas entre Viña del Mar y Punta Arenas, fue en busca de estas huellas y las reunió en el libro El arquitecto y su nombre en la fachada (Ediciones UCM). Es algo que no dejaron por escrito ni los propios autores, se dio como un hecho, pero en estas firmas hay creatividad, plástica, composición; creo que incluso se pueden entender como una especie de síntesis conceptual y proyectual del edificio dice el arquitecto investigador, quien registró obras de 100 profesionales, abarcando el período entre 1900 y 1960.
Junto con las fotografías, tomadas por él mismo y publicadas en blanco y negro, aportó distintos ensayos sobre el tema; entre los textos, aparece la reflexión de Paul Emmons, arquitecto y profesor estadounidense cuyo Firmas eternas Escritas sobre placas de cemento empotradas en el muro, grabadas con distintas tipografías o realizadas en icónicas letras metálicas, las firmas de los arquitectos han aparecido en los frontis de los edificios de diferente manera a lo largo de la historia; una práctica que se fue olvidando con los años y que Samuel García-Oteiza rescata en su nuevo libro El arquitecto y su nombre en la fachada, donde recopila la marca de cien profesionales entre Viña del Mar y Punta Arenas. Texto, María Cecilia de Frutos D. Fotografías, Samuel García-Oteiza. PATRIMONIO E.O.F. Harrington tuvo distintas firmas; inmueble porteño en el pasaje Ross. De su casa taller en la calle Estados Unidos captó la firma de Luciano Kulczewski.. Firmas eternas 92* El francés Numa Mayer firmó en el Palacio Sara Braun, en Punta Arenas. Decorada por un lagarto, la firma de Ismael Edwards Matte y Federico Bieregel en la calle Cienfuegos. trabajo está centrado en la historia y la teoría de las prácticas de dibujo arquitectónico. “La forma concreta en que los diseñadores marcan marcan los edificios con su identidad varía según la época, el lugar y la cultura. La práctica es tan antigua como el primer edificio monumental de piedra: la pirámide escalonada egipcia de Djoser, firmada en jeroglíficos en el siglo XXVII a.
C. ”. Agrega que estas marcas están estrechamente relacionadas con el diseño general de la obra y con el material de construcción, construcción, y que la tipografía es reflejo de la identidad tanto del arquitecto como del inmueble: inmueble: “Los rascacielos neogóticos se firman firman en letra gótica, mientras que los edificios modernos, con tipografía Sans Serif”. En Chile, García-Oteiza identificó a dos grandes grandes que, educados en la Escuela de Bellas Artes en Francia, llegaron al país a fines del siglo XIX e I,, w : j 1 1 Variedad de tipografías tipografías usó Arnaldo Barison; con Renato Schiavon diseñó distintas obras. Una singular firma bajorrelieve de Miguel Dávila Carson, Carson, en calle Brasil.. Firmas eternas inicios del XX con esta práctica incorporada: Alberto Cruz Montt y Ricardo Larraín Bravo.
Pero es entre 1929 y 1931 que se produce "un momento bisagra en el desarrollo de la disciplina arquitectónica en Chile, y de proliferación de la firma del arquitecto inserta en los edificios", explica: coincide con el aumento de titulados en las dos escuelas que existían en esos años, las de las universidades de Chile y Católica.
Como un signo de la modernidad, se empezó a exigir a estos profesionales conocimiento técnico y responsabilidad, y en este contexto, estas pistas que dejaron grabadas en los muros, en placas de sobrerrelieve o con letras ejecutadas en metal, funcionaron como un modo de resguardar su propiedad intelectual, con la cual la obra en sí y sus dueños adquirían cierto prestigio: "Quién firma y dónde lo hace, habla de cierto estatus social, político y económico. Fue además una manera de proteger la disciplina", comenta García-Oteiza.
Como una primera aproximación al tema, el libro, en sus 566 páginas, expone la riqueza y variedad estética que se descubren en el sello que dejó cada autor a través de distintas tipografías y materiales, así como la decisión de algunos de variar su estilo según el encargo o la época. Se encuentra en librerías y en @ediciones_ucm. Una casa en el Cerro Alegre, obra del arquitecto Emilio Cádiz. En Concepción encontró a Luz Sobrino (19131998), quien trabajó en la reconstrucción post terremoto de 1939. El nombre de Juan Dazarola se lee en distintas fachadas en Valparaíso..