Autor: POR RITA COX F. FOTOS CARLA PINILLA
UN PROFESOR REFERENCIAL
UN PROFESOR REFERENCIAL Llega pedaleando al campus Lo Contador, como es habitual. Vive cerca. En la cafetería, con vistas a Providencia y el San Cristóbal, saca una libreta negra etiquetada: 160, se lee.
Ahí, con pluma y tinta negra, y letra envidiable, anota todo: la lista del supermercado, cuentas pagadas y por pagar, apuntes para las clases, respuestas para estudiantes, pendientes del cuarto y último volumen de su monumental Historia de la arquitectura chilena del siglo XX, que prepara con ediciones ARQ, como parte de sus investigaciones y títulos que han puesto énfasis en el peso histórico y teórico de una arquitectura consistente. Otras 159 libretitas similares esperan en su escritorio a ser consultadas. Hombre prolijo, hombre de universidad. Fernando Pérez Oyarzún, 75 años, es parte hace más de medio siglo del ecosistema de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Católica. Primero como alumno, luego como ayudante, profesor, después decano asumió el cargo a los 40 años, entre 1990 y 2000 y hoy sigue enseñando. El Premio Nacional de Arquitectura 2022 es considerado un profesor referencial, una mente lúcida, un talento a observar. No solo por obras como la Escuela de Medicina UC y el Centro de Extensión Oriente, en cuya nueva etapa trabaja por estos días. También por su espesor cultural. Fue director del Museo Nacional de Bellas Artes entre los complejos 2019 y 2023. Previo a todo eso, Pérez Oyarzún fue un niño de Colchagua. Creció entre faenas agrícolas, las angustias por la sequía, las lluvias y las plagas, y la libertad de perderse solo a caballo.
Su madre le enseñó a leer y sumar en la casa y, cuando cumplió seis, sus padres tomaron la decisión difícil de mandarlo a Santiago, a vivir con sus abuelos paternos, e ingresar al Verbo Divino. Fue un cambio radical. No sabía cruzar calles “nunca había visto una con autos y micros” y su abuela inventó un sisFERNANDO PÉREZ OYARZÚN: tema de cuadras graduales para enseñarle.
Antes de inclinarse definitivamente por la arquitectura, dedicó años al estudio de la música, experiencia que nunca ha abandonado, como tampoco su curiosidad lectora Smiljan Radic, Pritzker 2026, fue su alumno. ¿Qué hace que su obra merezca ese reconocimiento? Smiljan es muy talentoso, original, profundo. Tiene fuertes preocupaciones teóricas. Esta preocupación suya por la fragilidad, por ejemplo. Armó la Fundación Arquitectura Frágil y ha trabajado últimamente con materiales que desaparecen. En él hay una reflexión teórica encarnada en la obra y que se expresa en otros flancos suyos que a veces son menos destacados. Por ejemplo, su colección, que está ahora en el Museo de Bellas Artes: es una de las mejores del mundo sobre arquitectura radical de vanguardia de los años 50 a los 70. Ha ido reuniendo piezas, papeles, afiches, planos, libros, revistas. Todo eso muestra su fuerza teórica; eso le preocupa por algo. No es porque lo encuentre bonito. Es mucho más que eso.
También fue profesor de Alejandro Aravena, Pritzker 2016. ¿Qué tienen en común? Alejandro tiene unas dotes comunicativas particulares, no solo en términos teóricos, sino para presentar un proyecto, hablar con una autoridad, anclar socialmente la arquitectura. Tiene una capacidad discursiva enorme. Smiljan, en cambio, es un hombre de pocas palabras. Ambos tienen en común esa densidad reflexiva en la obra, ese no contentarse con levantar algo. La diferencia está en los lenguajes y en los mundos que habitan.
Smiljan está muy cerca del arte su relación con Marcela Correa, su socia y compañera, que es escultora, no es casual y eso genera en él un espacio de fricción permanente que alimenta su obra. ¿Le parece que en Chile se esté construyendo una arquitectura con sentido, que en el futuro tenga un valor patrimonial? En Chile hay un excelente nivel de arquitectura, que se manifiesta en varias generaciones. Hay un cierto consenso acerca de ello, incluso a nivel internacional. A veces echo de menos que esa calidad se manifieste con más fuerza en la construcción de nuestras ciudades: en una cultura del construir con calidad.
Las obras de arquitectura muy cualificadas suelen ser minoritarias, pero si esa calidad se logra filtrar a la construcción de nuestro entorno, en la infraestructura o el mundo inmobiliario, la sociedad en su conjunto se beneficia. Se mueve en bicicleta. ¿Qué ciudad ve desde ahí? Lo que más me asusta es la falta de deferencia general, de conductores y hasta de peatones. No hemos llegado a comprender que una buena forma de movilidad constituye una suerte de coreografía urbana virtuosa. Me preocupa que esa falta de deferencia al mover nos refleje algo más profundo de nuestras relaciones sociales. ¿Le parece lindo Santiago? No sé si es el adjetivo adecuado. Santiago cuenta con un entorno geográfico notable: al pie de la cordillera, sobre un valle extendido, cruzado por un torrente y poblado de cerros islas. Tiene episodios urbanos notables: el área del Parque Forestal, sectores de Providencia, Ñuñoa o La Reina, la propia Plaza de Armas, el Barrio Cívico. Santiago es más valioso de lo que suelen ver sus habitantes. Visitantes extranjeros me han enseñado a verlo mejor. ¿Es el centro irremplazable? El centro es importante en todas las ciudades del mundo, por razones históricas, culturales, económicas y funcionales. Las grandes ciudades hacen esfuerzos por mantener sus centros activos. Y los centros mutan. No podemos pensar que un centro de una ciudad de un millón de habitantes sea el mismo que el de una metrópolis de cinco o seis. Ignorar esa dinámica es la primera forma de condenarlo. ¿Tiene alguna opinión respecto del ministro de Vivienda y Urbanismo, Iván Poduje? Lo conozco, no tan de cerca. Fue, durante un tiempo, académico en la Universidad Católica y trabajábamos en el mismo campus. En su trabajo profesional y en su actuación pública, demuestra tener un conocimiento amplio del tema urbano y habitacional. Solo quisiera desearle que le vaya bien y que su pasión se transforme en movimiento, imaginación, capacidad de negociación y tantas otras cosas que se requieren para un cargo tan difícil. Creo que es el primer arquitecto que accede a este cargo. Más razones para desearle éxito.
Usted es dueño de la frase “un peso gastado en cultura es un peso gastado en salud”. Esa frase surgió como reacción a la de una autoridad que señaló que no podía haber inversión en cultura a causa de los déficits en salud. Creo que es una idea muy equivocada. De cultura se ha hablado muy poco en el debate político y predomina la idea de verla como un lujo, cuando debería pensarse como necesidad básica. Hay estudios que así lo demuestran.
La cultura no es el último adorno cuando se han resuelto todas las restantes problemáticas sociales: debe ser parte integrante del desarrollo. ¿Qué le parece el nombramiento de Francisco Undurraga en Cultura? Lo conozco muy poco y me es difícil opinar responsablemente. Solo conozco algunas de sus actuaciones públicas como político. Esa experiencia podría jugarle a favor si la emplea debidamente.
Ha enseñado en la universidades Católica, Harvard y Cambridge. ¿Qué rol le da a la universidad? La universidad, una de las grandes creaciones de la Europa medieval, hoy se encuentra bajo formas y con objetivos diversos, en todo el mundo. Escuché decir en una ocasión al profesor Juan de Dios Vial Correa que las universidades pueden tener algo de fábricas, pero no son en realidad fábricas, sino modos de vida. Cuando uno se aproxima a esas universidades que llevan siglos y, con todas sus limitaciones, se esmeran en cultivar la calidad, se entiende mejor la afirmación del profesor Vial. Mark Zuckerberg ha cuestionado la relevancia de las universidades en el contexto laboral de hoy. ¿Le parece atendible? No conozco la experiencia universitaria de Zuckerberg, ni conocía esa opinión suya. Estas viejas instituciones son muy diversas a una empresa como Meta. Tal vez, las universidades son, o debían ser, mejores para formar que para entrenar.
Creo que hay dos objetivos que se articulan y entrelazan en el origen de la universidad: generar profesionales indispensables para el funcionamiento social y cultivar el saber, con todo lo que en ello hay de gratuito, de humano, de válido per se. Ambas dimensiones interactúan y establecen relaciones variables entre sí. Dan origen también a diversos tipos de universidades. Dicho esto, las universidades no tienen por qué ser las únicas instancias de formación profesional o de formación en general. Fue decano y director del Museo de Bellas Artes. ¿Cómo se lleva con el poder? Asumir esos cargos siempre me ha costado. Dejarlos no. Nunca me vi en esas posiciones en mi plan vital. Ha sido una oportunidad de aprender la diferencia entre cómo se ve uno y cómo te ven los otros, que te dan esa confianza.
Quizá una de mis debilidades es el poco aprecio que le he tenido al poder, que no es lo mismo que desprecio. ¿Y qué aprendió, a pesar de todo? Me hizo aprender sobre la importancia de ejercer esos cargos no solo con eficiencia, sino con un cierto grado de inspiración. Poder inspirar a otros. Creo que no es bueno para las instituciones que se ejerzan como un puro plan personal o con pura eficiencia. Hannah Arendt lo vio con claridad enorme en La condición humana: esa distinción fundamental entre acción y contemplación, y entre la obra que permanece y la labor que se borra. Quien da sentido a la acción, dice ella, es el discurso. Que lo que uno hizo pueda tener la forma de una historia. Cuando uno tiene suerte, puede aproximar la acción a la obra. Esos son los aprendizajes. Tiene cuatro hijos, seis nietos. Cincuenta y un años casado con Malva Villalón, psicóloga educativa, académica también en la UC. ¿Cómo le va con ser un hombre de más de 70 años? Dentro de lo posible, bien. Tengo claro que envejezco, que envejecemos. La vida es un ajedrez con tiempo, me dijo en una ocasión Isidro Suárez. El desafío es convertir las inevitables limitaciones en sabiduría. Nada fácil. Debo ser un privilegiado, no me siento marginado, tal vez porque tengo claro que no puedo estar en el centro de la escena, pero que algo puedo contribuir por aquí y por allá. Paul Ricoeur señalaba que no tenemos la posibilidad de una experiencia real de la muerte. Por ello, solo cabría permanecer vivos y tan vivos como sea posible, hasta la muerte. “Quizá una de mis debilidades es el poco aprecio que le he tenido al poder, que no es lo mismo que desprecio”. Autor: POR RITA COX F. FOTOS CARLA PINILLA.
Hombre de universidad, lleva medio siglo vinculado a la Facultad de Arquitectura de la PUC, donde tuvo entre sus alumnos al Premio Pritzker 2026, Smiljan Radic, a quien considera “muy talentoso, original y profundo”. A sus 75 años, el Premio Nacional de Arquitectura defiende la importancia de invertir en cultura. “No es el último adorno cuando se han resuelto todas las restantes problemáticas sociales: debe ser parte integrante del desarrollo”, señala.
“Quizá una de mis debilidades es el poco aprecio que le he tenido al poder, que no es lo mismo que desprecio”. “Santiago cuenta con un entorno geográfico notable: al pie de la cordillera, sobre un valle extendido, cruzado por un torrente y poblado de cerros islas. Es más valioso de lo que suelen ver sus habitantes. Visitantes extranjeros me han enseñado a verlo mejor”, afirma Pérez Oyarzún.