Un mundo oculto
Un mundo oculto Por_ Sebastián Gray La La ciudad de Nueva York celebra la reconversión del antiguo edificio del Servicio Postal para una ampliación de Pennsylvania Station, una de las dos estaciones de ferrocarril que conectan la isla de Manhattan con el resto del país, cuyo edificio original llegó a ser el más extenso y espléndido del sector (con una arquitectura neoclásica monumental inspirada en las termas imperiales romanas), pero que fue demolido en medio de desesperadas protestas en 1963 para construir ahí el Madison Square Garden, un moderno anfiteatro cubierto.
La estación propiamente tal quedó reducida a sus andenes subterráneos donde, como escribió entonces el respetado historiador y crítico Vincent Scully: “Si antes uno llegaba a la ciudad como un dios, ahora uno se escabulle como una rata”. De esa destrucción se salvó, gracias a la indignación por la pérdida de Penn Station (que marcó el inicio del movimiento conservacionista); conservacionista); la otra estación, Grand Central Terminal, también magnífica y centenaria.
Su edificio, otra terma romana estilo Beaux-Arts, cuyo apoteósico apoteósico hall es una de las postales clásicas de la ciudad, sugiere aún hoy que se trata de la estación más grande del mundo, con 67 andenes en dos niveles subterráneos que ocupan 19 hectáreas invisibles.
En realidad, toda Nueva York está duplicada bajo tierra en un laberinto inimaginable de más de 1.000 km de túneles del Metro, además de numerosos viaductos viaductos y acueductos subterráneos, algunos cruzando bajo el lecho de los dos ríos contiguos.
El neoyorquino, al igual que el habitante de otras grandes ciudades, está acostumbrado a esta dimensión oculta, pero intensamente urbana de la vida bajo tierra; muchas de las estaciones están integradas con los vestíbulos de importantes edificios públicos y, como en toda ciudad densa, el subsuelo alberga abundante espacio para el comercio y el esparcimiento. Además de algunas notables estaciones del Metro, que constituyen constituyen verdaderos baUs urbanos, nuestro Santiago también sabe de buenos subterráneos. En el Centro Histórico, aquél de manzanas coloniales, la Ordenanza Ordenanza Brunner de mediados del siglo 20 configuró una ciudad moderna moderna y elegante con edificios de fachada continua y altura constante.
La construcción de estos edificios permitió habilitar subterráneos accesibles desde la avenida, y los amplios interiores de manzana fueron hábilmente aprovechados para multiplicar el espacio de la calle mediante una intrincada red de galerías cubiertas, acaso la más extensa de su tipo en el mundo.
Muchas de estas galerías tuvieron salas subterráneas de cine o teatro (un puñado sobrevive hasta hoy), a las que se llegaba mediante amplias escaleras y vestíbulos bellamente bellamente decorados, acompañados de locales comerciales, restaurantes y salones de té.
En general, no hemos vuelto a ver esa misma intensidad de uso en el subsuelo de la ciudad “liberal”, esa que se ha venido construyendo construyendo de manera dispersa y voluble en diversos subcentros urbanos desde los 80. Sin duda, la mayor parte de los nuevos subterráneos públicos construidos construidos en las últimas décadas son para estacionamientos, a veces asociados al comercio.
Las excepciones son, nuevamente, espacios de vocación cultural y salas de espectáculos, como el notable complejo complejo a los pies de La Moneda, las salas CorpArtes y Municipal de Las Condes, y el bello conjunto de espacios y salas en el flamante Centro de Extensión del Instituto Nacional (CEINA). 1 Sebastián Gray Avins. Arquitecto PUC. Master of Science in Architecture Studies, MIT. Profesor Titular, Escuela de Arquitectura PUC. Socio de Bresciani Gray Arquitectos. Presidente Colegio de Arquitectos de Chile (2013-2015). Director Centro de Estudios Espacio Público, Director Fundación Iguales. Curador de la XVllI Bienal de Arquitectura, 2012. Curador del Pabellón de Chile en las Bienales de Venecia 2004 2010. COMPÁS Y ESCUADRA_ 44 r Un mundo oculto 23.