Columnas de Opinión: Los muros hablan, y no estamos escuchando
Columnas de Opinión: Los muros hablan, y no estamos escuchando R ayados en baños que anuncian tiroteos. Amenazas escritas como si fueran parte de una broma. Mensajes que circulan entre estudiantes con una liviandad que inquieta. No, no es una moda inofensiva. Es una señal de alerta que estamos eligiendo mirar de reojo. Porque esto ya no se trata solo de convivencia escolar. Se trata de la sociedad que estamos formando. Cada vez que aparece un mensaje de este tipo en un establecimiento, la reacción suele ser la misma: protocolos, inspecciones, llamados de atención. Seactúa, sí, pero se actúa tarde. Se actúa sobre la consecuencia, no sobre el origen. Y mientras tanto, seguimos sin hacernos cargo de lo esencial: algo se está quebrando en la forma en que estamos educando y acompañando a nuestros niños, niñas y jóvenes. Lo más preocupante no es solo la existencia de estos mensajes, sino la normalización que los rodea.
Que un estudiante escriba una amenaza de tiroteo no puede leerse como una simple "imitación" o una "tendencia". Es la evidencia de una desconexión profunda, de una banalización de la violencia que como sociedad hemos permitido crecer. Y aquí la responsabilidad no puede seguir fragmentándose.
Desde mi experiencia en educación, en un contexto donde la violencia no alcanza los niveles más críticos que hoy vemos en otros espacios, la diferencia es clara: cuando el trabajo es colaborativo, cuando existe coherencia entre los distintos actores educativos, cuando José Joaquín Aguirre Rodríguez Docente de Educación Diferencial Escuela María Luz Lanza Pizarro Finalista GTP Chile 2025 hay un propósito común, las conductas disruptivas no escalan de la misma manera. No desaparecen, pero se contienen, se comprenden y se abordan a tiempo. El problema es que ese tipo de trabajo sigue siendo la excepción y no la regla.
Hace pocos días, en una charla que di en la Universidad de Atacama junto a la Fundación "Pasitos de Colores" (fundación que acompaña y asesora a comunidades educativas desde nuestro territorio, Atacama) abordábamos justamente esto: la urgencia de una educación inclusiva real, no declarativa. Una educación que deje de operar en compartimentos aislados y que asuma, de una vez por todas, que la formación de un estudiante es una responsabilidad compartida. Porque cuando no hay articulación, lo que hay es abandono. Y el abandono, aunque no siempre sea evidente, también es una forma de violencia. Podemos seguir discutiendo si la raíz está en la familia, en la escuela o en la sociedad. Pero esa discusión, cuando no se traduce en acción conjunta, se vuelve estéril. Mientras seguimos buscando culpables, los estudiantes siguen enviando señales cada vez más extremas. Y los muros siguen hablando. Tal vez el desafio no es solo reaccionar frente a lo que aparece escrito, sino preguntarnos con honestidad qué estamos dejando de hacer para que esos mensajes existan. Porque más allá de borrarlos, lo urgente es hacernos cargo de lo que los origina. Ahí es donde realmente comienza el cambio.. C Columna