Autor: POR SEGISMUNDO
Medicina de pasos audaces
Medicina de pasos audaces 1 diagnóstico era insuficiencia cardiaca. La vieja locomotora arrastraE ba con dificultad los complejos vagones que componen el cuerpo humano. Era el caso de un ciudadano de Quillota cuyo corazón funcionaba a medias y, en consecuencia, muchas de sus funciones simplemente estaban de baja. El caso ocurría en los años 20 del siglo pasado, con posibilidades de exámenes muy limitadas y resultados imprecisos y con medicamentos que poco ayudaban. El tema de las intervenciones estaba lejano y solo avanzada la mitad del siglo tendríamos trasplantes de órganos importantes como riñones y, asombroso en sus inicios, el corazón. Los médicos porteños que atendían al paciente quillotano, Arturo Abrines, 65 años, estudiando el caso recordaron los trabajos del facultativo ruso Serge Woronoff. Trasplantaba a los varones afectados en su virilidad, resultado de su insuficiencia, células intersticiales, que se encuentran en los testículos tanto de los seres humanos como de los monos. Este procedimiento acusaba resultados positivos y también graves fracasos debido a infecciones que terminaban afectando con resultados fatales a los receptores.
La fama de Woronoff se extendió por todo el mundo occidental y los médicos, inicialmente escépticos, estudiaron las publicaciones que graficaban los resultados de los procedimientos con fotos del "antes" y el "después" de los pacientes. Woronoff trabajó estudiando eunucos egipcios, quienes pese a ser jóvenes aparecían como viejos y con afecciones propias de la edad avanzada. Esta situación se explicaba por la pérdida de los testículos, con lo cual, implantando testículos "nuevos" podría ser resuelto. El médico aplicó sus conclusiones en terreno con trasplantes inicialmente con letales fracasos, hasta que superados diversos problemas el sistema funcionó sacrificando orangutanes en beneficio de humanos. Transcurridos los años, el escritor George Bernard Shaw quiso recurrir a la intervención de Woronoff para rescatar, a los 70 años, su virilidad desaparecida. La operación no se pudo realizar por protestas de los siempre activos animalistas, los mismos que defienden a los hipopótamos que importó a Colombia un famoso narcotraficante. Los estudios del ruso se conocieron en Chile y entusiasmaron al destacado médico cirujano porteño Edwin Reed, que además de recibirse en la Universidad de Chile tenía estudios en Europa y Los Estados Unidos. Era, además, participante habitual de importantes congresos médicos internacionales.
Así, en diciembre de 1922, encabezando un equipo formado por los doctores Silvado Sepúlveda, Luis Alvarado y Tomas Welles, estudió el caso Abrines y decidió intervenir al paciente en uno de los quirófanos del entonces hospital San Juan de Dios, sabiamente administrado por Carlos van Buren, cuyo nombre daría al centro asistencial porteño. EL POBRE MONO Una información de este Diario publicada el 3 de diciembre de 1922 daba cuenta de la realización de la trascendental operación. El problema fue derrotar al ágil monito para anestesiarlo. Tal vez en su celebrero "meta humano" suponía que algo grave le ocurriría. El receptor, por cierto voluntario, recibió anestesia local. La intervención, consigna la información de este Diario, duró solo 20 minutos. Poco tiempo considerando la trascendencia del procedimiento. El paciente dejó el hospital el 7 de diciembre y fue despedido por un grupo de profesionales de la salud en las puertas del establecimiento.
Insistiendo en que su operación no tenía alcances sexuales, sino que recuperar la fuerza perdida de su corazón declaró: "No voy, como todos creen, tras el logro2 de la juventud perdida que me permita disfrutar de los placeres de la vida". Manteniendo su confianza en las manos precisas del doctor Reed afirmó que si fuese necesario se sometería a otra operación. Hay que destacar que en esos años las operaciones, incluso las más simples, no eran habituales y representaban numerosos riesgos. No hay información sobre la nueva vida de Abrines, pero queda consignada una intervención pionera en Valparaíso que, no sería la primera ni tampoco la última. La intervención de 1922 nos lleva a una evocación comercial vigente hasta la fecha. El nombre Woronoff tenía tanta resonancia en los años 20 del siglo pasado que dos destacados comerciantes porteños crearon en 1926 una sombrerería vigente hasta la fecha. La sombrerería Voronof, así escrito en forma más simple. El negocio, bien instalado en avenida Pedro Montt, resultó exitoso y oportuno en tiempos en que el sombrero, especialmente de los varones, era casi una patente de distinción.
HOSPITAL ALEMÁN Escarbando en avances médicos, nos remitimos a un interesante librito escrito en los años LON SEF 70 del siglo pasado por el destacado médico porteño Adolfo Reccius, "Historia de un hospital del puerto, recuerdo histórico del Hospital Alemán y su época". Da cuenta del fenecido Hospital Alemán, fundado en 1875, al amparo de organizaciones germanas residentes, entre ellas una lógica masónica. Destacó allí el trabajo de facultativos alemanes residentes en Chile, los que realizaron precursoras intervenciones, algunas abdominales de gran riesgo. Sin duda, es notable una transfusión de sangre a un marino danés, en 1875, a meses de haber sido creado el Hospital. Padecía de una tisis pulmonar con grandes hemorragias. Como "donante" se usó un bien alimentado cordero de 10 meses. La operación en general duró una hora y media, pero de transfusión misma solo un minuto y medio. El cordero se desvaneció, pero días después se recuperó. El médico, Enrique von Dessauer, primer director del hospital, esperaba los mejores resultados de la revolucionaria intervención, que esperaba repetir si era necesario.
El paciente, inicialmente se sintió muy bien, pero, afirma el autor del libro citado doctor Reccius, "según nuestros conocimientos actuales, no cabe duda alguna de cuál fue el resultado final". ALA LUZ DE LAS VELAS Otra intervención pionera en el país realizada en el Hospital Alemán fue en mayo de 1894, a un niño de 12 años, por el doctor Olof Page, médico jefe del establecimiento. Llamado a la casa del chico, Héctor Díaz, determinó que padecía apendicitis, peligroso mal en esos años en que aún no se realizaban las hoy conocidas intervenciones. El mal era agudo y derivó en una peritonitis generalizada. El cirujano no dudó. Era cara o sello. Intervino en la misma casa del chico, alumbrado con luz de gas y dos velas. El postoperatorio fue tortuoso, angustiante, pero el niño sobrevivió.
Fue una intervención revolucionaria, la primera del país, y una de las primeras en el mundo, cuando los cirujanos no se atrevían a esgrimir el bisturí para atacar el problema. 70 años después, el autor del libro citado, supo de la existencia del paciente del siglo antepasado. Era un robusto anciano empleado de la Bolsa de Corredores de Valparaíso.
EL POETA A la hora de las evocaciones nos encontramos con un paciente ilustre, el poeta Carlos Pezoa Véliz, internado allí tras graves lesiones que sufrió en el terremoto que devastó Valparaíso el 16 de agosto de 1906.
No perdió la inspiración entre las ruinas y escribió un ya clásico poemas "Tarde en el hospital": "Y pues solo en amplia pieza yazgo en cama, yazgo enfermo, para espantar la tristeza, duermo" El Hospital pasó el centenario de su existencia, pero no alcanzó a llegar al Siglo XXI.
Se lo llevó el implacable viento porteño y, recurriendo al poeta, poco originales, escribimos Nadie dijo nada, nadie dijo nada. .. Una calle donde se emplazaba el hospital recuerda a su médico jefe, el doctor Guillermo Munnich, y una escarpada subida a Pezoa Véliz. Los terrenos del tradicional centro asistencial dieron paso a un grupo habitacional de discreta altura con más de 120 departamentos. Se conservan viejos árboles y la gran casona de la administración. Pero la medicina porteña no se detiene y exhibe logros internacionales, como el pionero trasplante cardiaco realizado en el Hospital Naval de Valparaíso en junio de 1968 por el doctor Jorge Kaplán y su equipo. Noticia de alcance mundial y primer paso en la ruta nacional de los trasplantes. A fines del siglo pasado y ya instalados en el XXI tenemos otro paso audaz en la medicina, que también tiene como escenario Valparaíso: la reasignación de sexo. La intervención, que supone exámenes sicológico, tuvo al Dr. Guillermo Mac Millan, como uno de sus pioneros.
Jefe del servicio de Urología del Van Buren, presidente de la Asociación Nacional de Urología, hijo ilustre de la capital porteña, realizó por más de 40 años el procedimiento de genitoplastías, pese a las reticencias iniciales en los años 70. Recién en 1992, tras decisión del comité de ética del hospital, las pudo realizar de forma abierta. (3 Autor: POR SEGISMUNDO. SCIELO