Autor: Dr. Rodrigo SalazarJiménez Académico Universidad del Bío-Bío. Centro de Estudios Ñuble
Columnas de Opinión: Del desacuerdo a la violencia
Columnas de Opinión: Del desacuerdo a la violencia L a reciente agresión contra la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, en la Universidad Austral de Chile en Valdivia, obliga a reflexionar sobre el estado del debate público en Chile. No solo por la gravedad del hecho, una autoridad increpada y atacada, sino porque revela algo más profundo: la normalización de la violencia como forma de expresión política. Es importante ser claro: mi posición política se aleja de la del actual gobierno. Existen diferencias legítimas respecto a sus decisiones y prioridades. Sin embargo, precisamente porque la democracia se sostiene en el desacuerdo, hay límites que no pueden cruzarse. Ninguna diferencia política justifica la agresión, la deshumanización ni los discursos de odio. El problema no es solo el acto en sí, sino el ecosistema que lo hace posible. El discurso de odio, que incita a la exclusión, el desprecio o la violencia, circula hoy con preocupante naturalidad, amplificado por redes sociales y dinámicas de polarización. En este contexto, la imagen se ha vuelto un vehículo central: memes, videos o pancartas no solo acompañan el mensaje, sino que lo construyen. La imagen también es discurso, y puede simplificar, ridiculizar y deshumanizar con gran eficacia. Antes de la agresión física suele existir una construcción simbólica previa. Cuando una persona es sistemáticamente presentada como enemiga, caricaturizada o despreciada, la violencia deja de parecer impensable. Este fenómeno no es exclusivo de un sector político: tanto desde la izquierda como desde la derecha se han instalado prácticas de cancelación, linchamiento simbólico y deslegitimación del otro. En todos los casos, el resultado es el mismo: el deterioro del espacio público. La llamada "cultura de la cancelación" refleja este problema. En lugar de debatir ideas, se busca invalidar personas. Las redes sociales amplifican estas dinámicas, generando entornos donde el desacuerdo se transforma rápidamente en ataque. Y cuando el odio ocupa el centro del debate, los temas relevantes desaparecen. En el ámbito de la ciencia, esto es especialmente grave. Chile enfrenta desafíos urgentes, entre ellos las brechas de género que han afectado históricamente a las mujeres. Las políticas que promueven su participación en ciencia y tecnología son clave para el desarrollo del país. Sin embargo, cuando el debate se contamina con violencia, estas discusiones quedan relegadas. También es necesario advertir que los recortes o debilitamientos en ciencia impactan con mayor fuerza a quienes ya han sido postergados. Defender estos espacios no es solo una opción política, sino un compromiso con el desarrollo y la equidad. Condenar la agresión a la ministra Lincolao no implica adhesión al gobierno, sino coherencia democrática. Se puede, y se debe, criticar, pero sin cruzar la línea de la violencia. La democracia no se debilita por el desacuerdo, sino por la incapacidad de sostenerlo con respeto. Recuperar el debate público exige volver a las ideas. Porque cuando el odio reemplaza al argumento, perdemos todos. Autor: Dr. Rodrigo SalazarJiménez Académico Universidad del Bío-Bío. Centro de Estudios Ñuble. Opinión