Editorial: Violencia en las universidades
Editorial: Violencia en las universidades o ocurrido esta semana en la Universidad Austral de Chile no puede ser minimizado ni relativizado.
La agresión contra la ministra de Ciencias, Ximena Lincolao, en medio de una actividad académica, no solo L constituye un hecho condenable en sí mismo, sino que representa un síntoma preocupante de deterioro en la convivencia democrática. Que una autoridad pública sea objeto de insultos y agresiones físicas -aunque algunos pretendan calificarlas como "menores" implica cruzar una línea peligrosa. No se trata únicamente de la investidura del cargo, sino del principio básico de que las diferencias, por profundas que sean, deben canalizarse por vías institucionales y pacíficas.
La normalización de estas conductas -ya sea en espacios universitarios, en manifestaciones callejeras o incluso en redes socialesrefleja una preocupante deriva cultural: la idea de que el adversario político no merece ser escuchado, sino funado, agredido o silenciado. Chile ya ha conocido episodios en que la violencia política ha escalado con consecuencias graves. Basta recordar los momentos más álgidos del Estallido social de 2019, cuando, junto a demandas legítimas, emergieron también actos de destrucción, ataques a instituciones y agresiones a personas. Las universidades, en particular, tienen una responsabilidad especial. Son, o deberían ser, espacios privilegiados para el diálogo, la reflexión crítica y la confrontación de ideas en un marco de respeto. Convertirlas en escenarios de agresión no solo contradice su esencia, sino que envía una señal equivocada a las nuevas generaciones: que la intolerancia es una herramienta válida para imponer posiciones. Chile enfrenta hoy múltiples desafíos -económicos, sociales y políticosque requieren más diálogo, no menos; más acuerdos, no imposiciones.
Permitir que la violencia se instale como lenguaje es renunciar a la posibilidad de construir soluciones comunes.. Cuando la violencia se instala como método de expresión política, se erosiona mucho más que la seguridad de las personas, sino la legitimidad misma del debate público. E Editorial Permitir que la violencia se instale como lenguaje es renunciar a la posibilidad de construir soluciones comunes.