Autor: Ricardo Greene, Doctor en Antropología
Columnas de Opinión: El muro que dicta
Columnas de Opinión: El muro que dicta ntras a una sala de primero básico y lo primero que te inunda la vista no son los niños ni la profesora, sino el muro. O más bien, los muros. Cubiertos hasta el último centímetro, E saturados de carteles, afiches, instrucciones, banderas, abecedarios, personajes de la tele, logos de empresas, frases motivacionales y normas de convivencia. Todo a la vez. Uno podría pensar que ese caos es sólo desorden o acumulación sin propósito, pero si lo miras con cuidado, el muro dice cosas. No es inocente. Lo que se decide colgar revela una visión del niño que aprende y del ciudadano que se quiere producir. Los muros dan instrucciones sobre cómo cepillarse los dientes, cómo sentarse, cómo escribir.
Cuelgan láminas con frases en imperativo: "Trabaja en silencio", "Pide la palabra". Y al lado, logos de empresas de helados o de chocolates, mezclados sin distinción con el material educativo, como si ser ciudadano fuera lo mismo que ser consumidor. Foucault escribió que la disciplina no amputaba al individuo, sino que lo fabricaba. El muro escolar hace eso, suavemente, a través de valores como solidaridad, respeto y honradez. No es el castigo del siglo XIX ni la palmeta del profesor severo. Es una subjetividad producida desde adentro, a través de la voz del propio niño: "Yo soy solidario", "Yo me lavo las manos", rezan otros afiches, que ellos tampoco escribieron. Sujetos que obedecen sin que nadie les ordene obedecer. Y junto a eso, la nación. Las banderas, los copihues, los escudos, los héroes patrios. Una chilenidad que se repite y consolida, pero que no da cuenta de la variedad de esos mismos niños. Los inmigrantes son invisibles. Los pueblos indígenas aparecen como culturas precolombinas, como si su historia hubiera terminado con los españoles. La diversidad que entra cada mañana por la puerta no se refleja en ningún muro de la sala. Lo más preocupante es que los propios estudiantes disponen de muy poco espacio en ese muro. La mayoría del material viene "de arriba", importado e impuesto. Sus propios trabajos quedan perdidos en el desorden, sin que nadie los destaque ni reconozca. Curiosamente, en la universidad les pediremos exactamente lo contrario: pensamiento crítico, autonomía, sorpresa. Debemos resolver esa contradicción. Nuestras salas de clases reúnen a niños de distinta etnia, origen, género, capacidad. Ese encuentro podría ser uno de los grandes laboratorios de ciudadanía del país. Pero si los muros siguen siendo más conservadores que curiosos, más uniformadores que creativos, seguiremos produciendo obediencia donde debería brotar encuentro, curiosidad y mundo. Autor: Ricardo Greene, Doctor en Antropología. Columna