Autor: Crónica periodistas@elpinguino.com
La guerra que rozó el fin del mundo: Magallanes y el Estrecho en la Guerra del Pacífico 1879–1883
La guerra que rozó el fin del mundo: Magallanes y el Estrecho en la Guerra del Pacífico 18791883 Cuando la guerra estalló en el norte, el 5 de abril de 1879, Magallanes parecía pertenecer a otro mundo.
Más de cuatro mil kilómetros separaban a Punta Arenas del Pacífico salitrero, y los habitantes del Territorio -apenas algo más que una colonia penal en transición hacia un puerto comercialseguían las noticias del bloqueo de Iquique como quien escucha truenos lejanos. Pero el Estrecho, esa ruta sin la cual la guerra chilena no era sostenible, los acercó a la contienda de la manera más brusca posible: con una corbeta enemiga fondeada frente a la ciudad. Hay que entender el mapa para entender la angustia.
Antes de la apertura del Canal de Panamá, en 1914, todo lo que Chile compraba en Europa o en la costa este de Estados Unidos -fusiles, cañones, municiones, carbón, pertrechostenía que pasar por el Estrecho de Magallanes para llegar a Valparaíso y desde ahí al teatro de operaciones en el norte. La Armada chilena lo sabía, pero la peruana también.
Y por eso la audaz incursión que protagonizó la corbeta Unión en agosto de ese año no fue una excentricidad: fue el intento más serio del Perú por cortar la arteria que alimentaba la maquinaria bélica chilena. La Unión, comandada por el capitán de navío Aurelio García y García, había zarpado de Arica el 31 de julio de 1879 en pleno invierno austral. Su misión, ordenada por Miguel Grau tras la captura del transporte Rímac, era interceptar al Glenelg, un buque que traía desde Europa un cargamento crucial de armamento para el Ejército de Chile. Tras semanas de navegación frente a la Patagonia, sorteando temporales que la propia bitácora del comandante describe como duros del norte, la corbeta avistó la boca occidental del Estrecho el 13 de agosto. Llegó tres días tarde: el Glenelg había cruzado el 14, escoltado por el transporte armado Loa, al mando del capitán Carlos Condell, el mismo héroe de Punta Gruesa. Por horas, la guerra cambió de continente. La tarde del 16 de agosto, la Unión apareció frente a Punta Arenas izando primero la bandera francesa y, ya a tiro de cañón, la peruana. El efecto fue inmediato.
Las mujeres, los niños y los ancianos huyeron a los cerros aún nevados, dejando en la ciudad solo a los hombres y a una guarnición desprovista: los grandes cañones que años antes habían defendido la boca del puerto se los había llevado el propio Loa hacia el norte. Punta Arenas, en rigor, era indefendible. En ese trance le tocó actuar al gobernador del territorio, el teniente coronel Carlos Wood Ramírez, en el cargo desde 1878. Wood no tenía nada con qué responder a una corbeta artillada, pero tampoco estaba dispuesto a entregarle víveres a un buque enemigo. Por intermedio del vicecónsul inglés, conferenció con García y García y se mantuvo firme: si pretendían desembarcar, serían rechazados. La presión vino, paradojalmente, desde adentro.
Los comerciantes extranjeros radicados en la colonia -ingleses, alemanes, gente vinculada a las navieras Pacific Steam y Kosmos que ya hacían escala regularle hicieron ver que la ciudad no aguantaría un bombardeo y le presentaron protestas formales ante notario. Wood cedió en parte: autorizó la venta de víveres por particulares neutrales, bajo palabra del comandante peruano de no agredir a la población ni al pontón Kate Kellok, fondeado en la bahía. La Unión se llevó igual 115 toneladas de carbón del pontón, gallinas, papas, cebollas, carne fresca, cognac y vino, y zarpó el 18 de agosto rumbo a Arica. La ciudad respiró. Pero el susto fue real, y por unos días el territorio entendió en carne propia que la guerra del salitre también se jugaba allí. La labor de las autoridades durante esos años fue, sobre todo, sostener lo invisible: la libre navegación del Estrecho.
La cañonera Magallanes -la misma que un año antes había patrullado los canales bajo el mando de Juan José Latorre y reprimido el motín de 1877 en Punta Arenasdebió subir al norte al iniciarse la guerra, y el territorio quedó cubierto por relevos esporádicos de buques de estación. Las autoridades civiles y militares apostadas en Punta Arenas operaron con muy pocos hombres, mucho frío y la conciencia permanente de que un golpe de mano enemigo era materialmente posible. El peligro de acciones bélicas no era una hipótesis: era una corbeta en la bahía. La población hizo lo que ha hecho siempre en el extremo sur: aguantar. Una colonia mixta, todavía pequeña, con presos rematados, marinos, peones, indígenas kawésqar y selknam, pastores chilotes, comerciantes europeos y familias en plena formación, descubrió que su aislamiento geográfico, que parecía proteger, también la dejaba expuesta. Hubo quienes huyeron a los cerros y hubo quienes negociaron en el muelle. Hubo lealtad y hubo pragmatismo. Y hubo, como siempre, mar. Los héroes de la guerra cruzaron Magallanes antes y después del conflicto, y eso es lo que hace que esta historia no sea ajena. Juan José Latorre, el futuro vencedor del Huáscar en Angamos, había recorrido durante años los canales patagónicos levantando cartas a d i d e c y custodiando la soberanía. Carlos Condell, el del combate de Punta Gruesa, escoltó por el Estrecho el cargamento que la Unión vino a buscar.
El propio gobernador Wood, después de dejar Punta Arenas en mayo de 1880, partió a la guerra al mando del Regimiento Nº 1 de Artillería y combatió en Chorrillos y Miraflores, donde cayó gravemente herido en enero de 1881. Hijo del autor del escudo nacional, el hombre que negoció en el muelle austral con la corbeta peruana terminó sangrando frente a Lima. Por eso Magallanes lleva la guerra en los nombres de sus calles.
Quien camina hoy por Punta Arenas se cruza con Arturo Prat, con Errázuriz, con Condell, con Sotomayor, con la propia avenida España y con los nombres de unidades y combates que parecen distantes y no lo son. Esos rótulos no son adorno: son la cicatriz de un país que entendió, hace casi siglo y medio, que el extremo sur no era un margen sino una puerta. Por esa puerta entraban los fusiles que decidían batallas en Tarapacá y salían los carbones que movían escuadras. La Guerra del Pacífico no se libró en el Estrecho, pero sin el Estrecho no se habría ganado. Y por unas horas de agosto de 1879, con una corbeta enemiga frente a la costa y una ciudad refugiada en los cerros, Magallanes lo supo antes que nadie. Autor: Crónica periodistas@elpinguino.com. Mujeres y niños huyendo a los cerros, comerciantes negociando carbón y víveres, un gobernador sin cañones frente a una corbeta artillada. Así se vivió la guerra en el fin del mundo. El día que Punta Arenas temió el desastre La corbeta peruana Unión, que estuvo en la bahía de Punta Arenas durante la Guerra del Pacifico.