Editorial: El drama humano recién comienza
Editorial: El drama humano recién comienza Respecto a los incendios forestales en el sur de Chile, para quienes lo perdieron todo, dicha situación "no es una noticia": es una experiencia que se lleva en el cuerpo y en la memoria. Son familias que vieron cómo, en cuestión de minutos, el trabajo de toda una vida se redujo a cenizas. Casas levantadas con esfuerzo, recuerdos irremplazables, fotografías, muebles, herramientas de trabajo. Todo desaparece sin dar tiempo siquiera para reaccionar. El drama no termina cuando se apagan las llamas. Muchos escaparon como pudieron, corriendo entre el humo, el calor y el miedo. Algunos quedaron con quemaduras, lesiones, heridas provocadas por la desesperación de huir del fuego que avanzaba sin control. Otros cargan con secuelas invisibles, pero igual de profundas: el trauma de haber sentido que la muerte estaba a metros de distancia, la angustia de no saber si todos lograrían salir con vida. Hay adultos mayores que quedaron sin techo ni redes, niños que perdieron su entorno más básico, personas que hoy dependen de la solidaridad, porque ya no tienen nada. Dormir en un albergue, recibir ropa prestada, empezar de cero no es una consigna inspiradora: es una realidad dura, muchas veces humillante, que golpea la dignidad de quienes jamás pensaron verse en esa situación. En este contexto, hablar solo de reconstrucción material es insuficiente. La pérdida no es solo física. Es emocional, psicológica, social. El incendio rompe rutinas, desarma proyectos, instala el miedo como compañero permanente. Volver a confiar, volver a dormir tranquilos, volver a sentir seguridad en el propio hogar será un proceso largo y doloroso. Por eso, como sociedad, no podemos permitir que el tema se diluya cuando la emergencia deje de ser portada. La empatía no puede durar lo mismo que el ciclo noticioso. Se requiere acompañamiento real, políticas públicas con enfoque humano, apoyo en salud mental y una mirada que entienda que reconstruir es también sanar. Se trata de personas que no perdieron "cosas", sino su refugio, su seguridad y, en algunos casos, su integridad física. Recordarlo es un deber ético. Porque cuando el fuego se apaga, el drama humano recién comienza..