Columnas de Opinión: Cuando el viento deja de ser paisaje
Columnas de Opinión: Cuando el viento deja de ser paisaje E n Magallanes tenemos la vieja costumbre de convivir con el viento como si fuera una molestia inevitable. Nos despeina, nos enfria, nos complica la vida cotidiana y obliga a caminar inclinados como si el paisaje nos pusiera a prueba. Pero a veces las regiones tardan en descubrir que aquello que las incomoda también puede ser lo que las distingue. Y tal vez eso esté ocurriendo hoy con nosotros. Durante un tiempo se instaló con mucha fuerza la idea de que el gran futuro de Magallanes estaba en el hidrógeno "verde". El concepto sonaba bien. Moderno, limpio, casi épico. Se hablaba del hidrógeno como si fuera una riqueza natural de la región, algo que brotara de nuestra geografía como el cobre brota del norte. Pero no es así. El hidrógeno no es un recurso que esté esperando ser extraido. Es un vector energético que debe producirse, y para hacerlo se necesita algo previo. Energía abundante, barata y limpia. Y lo que Magallanes si tiene en abundancia no es hidrógeno. Es viento. Mucho viento. Ese es nuestro verdadero activo estratégico. La diferencia no es menor. Porque cuando uno confunde el recurso con su derivado, termina discutiendo mal las oportunida des. El viento es una ventaja real y comprobable. El negocio futuro del hidrógeno, en cambio, sigue rodeado de incertidumbres. La propia Agencia Internacional de Energia ha advertido que el principal problema del hidrógeno de bajas emisiones no es solo producirlo, sino asegurar demanda. Los acuerdos firmes de compra siguen siendo una fracción pequeña respecto de la oferta potencial anunciada. En otras palabras, todavía hay mucho entusiasmo, pero pocos compradores comprometidos. Por eso no convence demasiado esa explicación simplista según la cual los proyectos de hidrógeno se habrian frenado principalmente por culpa de la burocracia chilena. No niego que Chile tenga un problema serio de tramitación, permisos y lentitud estatal Lo tiene.
Pero en este caso el freno parece venir también, y quizás, sobre todo, de una pregunta más básica tan simple como saber si habrá mercado suficiente, financiamiento oportuno y condiciones de rentabilidad para proyectos gigantescos que requieren miles de millones de dólares y horizontes muy largos. Incluso en Chile, y en Magallanes en particular, varios desarrollos han seguido avanzando con más cautela precisamente por esa falta de claridad del mercado internacional. Algunos sostienen, además, que el negocio podría inclinarse más hacia derivados como el amoniaco, más fácil de transportar y con usos industriales y marítimos potencialmente atractivos. Puede ser.
Pero eso no cambia el punto de fondo, y es que aun si el amoniaco termina siendo más viable que el hidrógeno puro, seguimos hablando de cadenas de valor cuya escala final dependerá de mercados que todavía no terminan de madurar. Entonces conviene volver al principio. ¿ Qué tenemos hoy, aqui y ahora, con certeza? Tenemos viento. Y el viento puede traducirse en algo tan decisivo como energía limpia y eventualmente barata. Ahi es donde Magallanes debiera mirar con más audacia y menos consigna. Porque la región no necesita enamorarse de una sola aplicación. Necesita pensar como transformar esa ventaja energética en una plataforma de desarrollo más amplia. Una de esas posibilidades, y quizás una de las más interesantes, es atraer grandes centros de datos. La economia digital ya no vive en una nube etérea; vive en instalaciones físicas inmensas, llenas de servidores, redes, respaldo eléctrico y sistemas de refrigeración.
Los llamados hyperscale data centers pueden superar con facilidad los 100 megawatts de capacidad, y la Agencia Internacional de Energía advierte que la expansión de la inteligencia artificial está empujando al alza la demanda eléctrica de este tipo de infraestructura en todo el mundo. No es ciencia ficción. Es una industria que busca energía confiable, disponibilidad de suelo, estabilidad y visión de largo plazo. Magallanes no debiera preguntarse solo cómo exportar moléculas. También debiera preguntarse cómo atraer electrones y convertirlos en valor agregado local.
Un gran centro de datos no reemplaza por si solo una estrategia regional, pero si puede ser parte de una nueva conversación sobre desarrollo, empleo especializado, servicios asociados, infraestructura tecnológica, formación de capital humano y posicionamiento geoeconómico. Si el siglo XXI va a demandar más capacidad de cómputo, más almacenamiento y más inteligencia artificial, entonces la energía limpia deja de ser un dato ambiental y pasa a ser una ventaja competitiva. Desde luego, nada de esto ocurrirá por inercia. Se requerirá conectividad robusta, planificación territorial, certezas regulatorias, infraestructura portuaria y digital, y una política activa de atracción de inversiones. Pero al menos ahi estaríamos partiendo desde una fortaleza real y no desde una promesa todavia envuelta en neblina. Magallanes ha vivido demasiadas veces de relatos grandilocuentes que luego se enfrian al primer contacto con la realidad. Tal vez convenga esta vez ser más sobrios y, precisamente por eso, más ambiciosos. No vender humo con colores, sino reconocer con claridad lo que tenemos entre manos. Porque mientras otros siguen discutiendo si el hidrógeno será azul, verde o del color que toque en la próxima moda, nosotros hariamos bien en recordar algo más simple. El recurso que de verdad nos sobra no tiene color. Tiene fuerza. Sopla todos los días. Y acaso ha llegado la hora de dejar de verlo como una incomodidad del paisaje y empezar a tratarlo como la materia prima del futuro.. Carlos Mladinie Economista