Seguimos esperando en educación: lo urbano y lo rural
Seguimos esperando en educación: lo urbano y lo rural Hace seis años, al inicio de la pandemia del COVID-19, la educación chilena se trasladó abruptamente desde la sala de clases al hogar. Fue en ese momento cuando el país enfrentó una imagen difícil de olvidar: dos hermanos de Vicuña subiendo un cerro para lograr conectarse a una clase online. No era una excepción. Era el reflejo más nítido de una realidad estructural: la brecha entre el Chile urbano y el rural. Esa brecha no solo era digital. Era-y sigue siendoeducativa. En materia de aprendizajes, recién el año pasado se logró retornar a niveles prepandemia, según los resultados del SIMCE 2025. Los estudiantes de 4 básico alcanzaron 276 puntos en Lectura y 262 en Matemática, mientras que en 2 medio los promedios bordean los 250 puntos en Lenguaje y 263 en Matemática. Cifras que, más que consolidar una recuperación, muestran una estabilización frágil. Pero el promedio engaña. Esconde la fractura.
En la Región de Coquimbo, la brecha territorial es evidente: los establecimientos urbanos se ubican cerca -o levemente sobreel promedio nacional, mientras que los rurales se mantienen entre 10 y 20 puntos por debajo en Lectura y hasta 25 puntos en Matemática. No es una diferencia marginal. Es una distancia que condiciona trayectorias de vida. Porque el punto de partida no es el mismo. Un estudiante en La Serena o Coquimbo accede, en promedio, a mejores condiciones pedagógicas, mayor disponibilidad de docentes especializados y entornos educativos más estables. En cambio, en comunas como Monte Patria, Punitaqui o Combarbalá, la realidad es otra: cursos multigrado, menor acceso a recursos y persistentes problemas de conectividad. El resultado no sorprende: menos aprendizaje y menos oportunidades. Las reformas estructurales tampoco han logrado cerrar esta brecha. La instalación de los Servicios Locales de Educación Pública no ha generado mejoras significativas en la relación urbano-rural.
Por el contrario, los problemas administrativos se han vuelto recurrentes, al punto que el propio Ministerio de Educación de Chile ha planteado pausar el traspaso de 34 de los 70 servicios pendientes, explorando un modelo mixto que permita a algunas comunas mantener la administración educacional. En paralelo, la convivencia escolar sigue tensionando al sistema.
Datos de la Superintendencia de Educación muestran un aumento sostenido en las denuncias por conflictos, con una clara concentración en la provincia de Elqui -especialmente en zonas urbanas como La Serena y Coquimbomientras que en sectores rurales de Limarí y Choapa las cifras son menores en términos absolutos, pero no necesariamente menos complejas en su gestión. Así, la brecha no es solo de resultados. Es territorial, institucional y también política. Mientras el mundo urbano logra, con dificultad, sostener estándares, el mundo rural sigue esperando. Esperando conectividad real, esperando apoyo pedagógico efectivo, esperando políticas que entiendan su realidad en lugar de imponer soluciones diseñadas desde la ciudad. Cerrar esta brecha no requiere más diagnósticos. Requiere decisiones. Incentivos reales para atraer y retener buenos docentes en zonas rurales, inversión en conectividad que no dependa de la geografía, fortalecimiento del liderazgo directivo y, sobre todo, menos burocracia y más foco en el aprendizaje. Porque el problema ya no es falta de información. Es falta de prioridad. Y en educación, cuando el Estado posterga, no solo retrasa políticas públicas: define quiénes avanzan y quiénes se quedan atrás. Mario Benavides M. Magister en Tecnología de la Educación e Innovación Investigador Centro de Estudios de Políticas Públicas y Gobierno de Coquimbo. Mario Benavides M. Magister en Tecnología de la Educación e Innovación Investigador Centro de Estudios de Políticas Públicas y Gobierno de Coquimbo