Columnas de Opinión: El liderazgo presidencial en las grandes tragedias
Columnas de Opinión: El liderazgo presidencial en las grandes tragedias L as grandes catástrofes no miden únicamente la eficiencia técnica, también la capacidad resolutiva, su liderazgo, el sentido de empatía y la huella que dejará el mandatario de turno en un evento que seguramente será largamente recordado.
Los incendios que se están viviendo en Ñuble y Biobio -como antes los terremotos, aluviones y otros megaincendiosinstalan una y otra vez, una pregunta incómoda para cualquier gobierno sobre ¿ qué queda del relato presidencial cuando el país entra en estado de urgencia? La experiencia en nuestro país muestra que, en contextos extremos, la ciudadanía, no así la clase política, suspende por un instante la disputa ideológica y exige lo más elemental, que tiene que ver con la presencia, coordinación y una narrativa que no banalice la tragedia ni la convierta en espectáculo. Ahí se juega la reputación presidencial; no en la promesa de que "todo estará bien", sino en la credibilidad de que alguien está al mando cuando no hay certezas.
Ricardo Lagos quedó marcado por su conducción del Estado tras crisis múltiples como la tragedia de Antuco y el terremoto de Tarapacá; Michelle Bachelet, por el aluvión de Chiguayante, la erupción del Chaitén, pero sobre todo, por la herida abierta del 27F.
Sebastián Piñera, en tanto, por la doble condición de haber enfrentado el terremoto de 2010 en los primeros días de su primer mandato y luego reconstruir parte de su capital político en emergencias posteriores, en especial, la emblemática tragedia de los mineros. Seguramente muchos recordaremos más de algunos de estos eventos, poniendo en evidencia que, si bien las catástrofes no definen por sí solas un gobierno, sí fijan una imagen persistente. El terremoto de 2010 es el antecedente más elocuente de la coincidencia entre desastre y transición, como ocurre hoy con los megaincendios en el sur. El terremoto fue una escena de traspaso de poder bajo presión, que precisaba reducir los márgenes de error y la coordinación entre los gobiernos saliente y entrante. Esa coordinación, más que un reproche de responsabilidades o de bien o mal hacer, se vuelve un imperativo republicano.
La transición presidencial no es un paréntesis administrativo de entrega de poder, sino, en este caso, un momento político que, atravesado y tensionado por la catástrofe, requiere de cambios de planes que superpongan el bienestar de quienes sufren las consecuencias de los siniestros. Ese aprendizaje vuelve hoy.
Gabriel Boric enfrenta el desafío clásico de los últimos tramos, el de gobernar no para un cierre, sino para una transición, donde el foco ya no serán las reformas o logros obtenidos, sino las personas que perdieron sus hogares, a sus familias y que inician de cero; su reputación, en este punto, depende menos de anuncios grandilocuentes que de la sobriedad del mando, de la capacidad de dejar al Estado funcionando.
En paralelo, la catástrofe adelanta el examen del liderazgo de Kast y le obligan a hablar, ya no desde la consigna, sino desde la responsabilidad potencial; en esos momentos, es clave que el país vea su disposición a colaborar, a moderar el tono, a pensar en clave institucional. La articulación de la tragedia en una transición presidencial exige algo más que coordinación logística. Requiere un lenguaje común sobre el dolor, el rol del Estado y la continuidad democrática; cuando eso falla y el desastre se politiza quienes sufren son utilizados y luego invisibilizados. No es momento para competir por la foto, sino para demostrar que, incluso en medio del humo y la pérdida, la política puede estar a la altura. Esa es, al final, la vara con la que la historia juzgará a quienes lideraron los momentos más difíciles de un país. Felipe Vergara Maldonado, Analista Político Director Postgrados FEN Universidad Andrés Bello. Felipe Vergara Maldonado, Analista Político Director Postgrados FEN Universidad Andrés Bello