Autor: Marcos Muñoz Robles sociólogo y coordinador Ceder de la Universidad de Los Lagos
Columnas de Opinión: La escuela bajo el signo del riesgo en Osorno
Columnas de Opinión: La escuela bajo el signo del riesgo en Osorno 1 26 de marzo, en una escuela básica de Osorno, una estuE diante de quinto año fue sorprendida con un objeto cortopunzante en su mochila. Días después, el 8 de abril, un liceo suspendió clases por una amenaza de tiroteo. En paralelo, circularon videos de riñas que terminaron con atenciones en el Hospital Base. En otro establecimiento, robos reiterados de alimentos, balones de gas y calefonts obligaron a cerrar temporalmente el recinto por riesgo sanitario. Apoderados se manifestaron en el frontis para exigir resguardo. No son hechos aislados. En semanas recientes, al menos cinco establecimientos han activado protocolos y reforzado la vigilancia en los horarios de ingreso y salida. Carabineros incrementó rondas y los equipos directivos multiplicaron comunicados. Así, la conversación de la comunidad escolar se desplazó desde los resultados académicos a las medidas de seguridad. En efecto, la respuesta institucional ha sido inmediata: se han activado planes, se constituyeron comités, se ajustaron reglamentos y se derivaron estudiantes a apoyo sicosocial. Esa respuesta, sin embargo, deja ver otra cosa: la interrupción del tiempo escolar, la reorganización de rutinas, la restricción de los espacios y la intensificación de la vigilancia. De modo que la experiencia del aula cambia. El estudiante no sólo asiste a clases: se ve obligado a observar su entorno, calcular riesgos y anticipar posibles conflictos. Los equipos docentes dedican más horas a contener que a enseñar y las familias dudan en enviar a sus hijos cuando circulan amenazas. Este cambio no sólo altera el funcionamiento, sino las reglas del juego escolar: las prácticas y expectativas comienzan a desplazarse.
Estudiantes, docentes y apoderados ajustan sus disposiciones a un entorno incierto, donde la inseguridad redefine "lo normal". En ese proceso, lo cotidiano deja de ser evidente: la escuela se vuelve más ajena de lo habitual, obligando a pensarla y desplazando la experiencia subjetiva hacia un estado de alerta permanente. Osorno no es una excepción, pero hoy concentra señales de ese desplazamiento. La escuela sigue abierta, pero ya no funciona del mismo modo. Entre protocolos y suspensiones, el sistema se adapta para contener.
La pregunta es cuánto puede hacerlo sin alterar su propósito. ¿ Cuánto tiempo puede sostener su función formativa cuando la jornada se organiza en torno a la vigilancia? ¿ Qué ocurre con el aprendizaje cuando la incertidumbre desplaza la formación misma? Porque cuando la jornada se organiza en torno a la amenaza, la educación deja de proyectar futuro y se limita a administrar el presente. En ese desplazamiento, la esperanza se diluye y la angustia atraviesa la experiencia escolar. Autor: Marcos Muñoz Robles sociólogo y coordinador Ceder de la Universidad de Los Lagos. C Columna