Editorial: LA POLÍTICA DE LAS METÁFORAS Y TSUNAMIS
Editorial: LA POLÍTICA DE LAS METÁFORAS Y TSUNAMIS EDITORIAL En Chile pareciera que la política atraviesa una curiosa transformación: mientras los ciudadanos esperan respuestas concretas, buena parte del debate público sigue atrapado en frases ingeniosas, metáforas y discusiones que, aunque llamativas, muchas veces terminan alejándose de los problemas reales. La política moderna ha entendido perfectamente el valor comunicacional de una frase simple, fácil de viralizar y emocionalmente efectiva. En tiempos dominados por redes sociales, titulares instantáneos y debates fragmentados, muchas veces pareciera importar más el impacto de una declaración que la profundidad de una propuesta. El problema surge cuando la metáfora termina reemplazando al contenido. Porque gobernar un país no es redactar slogans.
No basta con describir el problema con una imagen potente; como la quiebra del estado, lo realmente importante es explicar cómo se resolverá. ¿ Qué medidas concretas se implementarán? ¿ Cuánto costarán? ¿ Qué impacto tendrán? ¿ Quién asumirá las consecuencias si fracasan? Es ahí donde muchas veces el debate se vuelve difuso.
Mientras el país todavía enfrenta urgencias económicas, problemas de seguridad, listas de espera en salud y una ciudadanía agotada por la incertidumbre, parte importante del debate político ha derivado en disputas comunicacionales, interpretaciones ideológicas y polémicas accesorias. Se habla mucho del relato, pero poco de los resultados concretos o al menos metas medibles en el tiempo. La política chilena -tanto de izquierda y derechaademás, parece haber descubierto que la confrontación genera más atención que los acuerdos. Una frase polémica suele tener más alcance que una propuesta técnicamente sólida. Las redes sociales premian la reacción inmediata y castigan la reflexión pausada. En ese escenario, la tentación del espectáculo permanente se vuelve enorme. Sin embargo, gobernar no puede transformarse en una competencia de frases memorables. El país necesita liderazgos capaces de administrar la complejidad, no solamente de interpretarla de acuerdo a la ideología imperante.
Necesita autoridades y parlamentarios que entiendan que la seguridad no mejora con declaraciones altisonantes, que la economía no se reactiva con eslóganes y que la reconstrucción de la confianza pública requiere algo mucho más difícil que una buena campaña comunicacional: coherencia. La confianza ciudadana no se recupera con relatos heroicos ni con enemigos imaginarios. Se recupera cuando las instituciones funcionan, cuando las promesas se cumplen y cuando las prioridades políticas coinciden con las urgencias reales de las personas. Y en eso, la responsabilidad no recae únicamente en quienes gobiernan o aspiran a gobernar. También los ciudadanos tenemos el deber de exigir profundidad, de desconfiar de las soluciones mágicas y de no convertir la política en un simple espectáculo de consumo rápido. Una democracia madura no puede sostenerse únicamente sobre emociones; necesita información, fiscalización y memoria. Porque las metáforas pueden servir para explicar un problema. Pero jamás reemplazarán la obligación de resolverlo. Luis Fernando González V. Sub Director..