Autor: Cristián Dimitrios Salas Papasideris Director Regional de CONAF Antofagasta
Columnas de Opinión: Patrimonio vivo en el desierto
Columnas de Opinión: Patrimonio vivo en el desierto n la idea colectiva, la Región de Antofagasta suele asociarse a un territorio árido, mineral y, aparentemente, desprovisto de vida. Sin embargo, esta percepción dista mucho de la realidad que hay en nuestro desierto.
Aquí existe un patrimonio forestal muy particular, compuesto por formaciones xerofíticas y comunidades de cactáceas que no solo desafían las condiciones extremas, sino que constituyen verdaderos sistemas de vida altamente especializados y de enorme valor ambiental, científico y cultural.
En nuestra región, encontramos especies vegetales como el algarrobo, el tamarugo, el chañar y diversos arbustos que se adaptan a nuestros suelos salinos y escasez hídrica que cumplen funciones ecosistémicas claves como la fijación de carbono, regulación de microclimas, protección del suelo frente a la erosión y sustento para la fauna nativa. A ello se suma la riqueza de nuestras cactáceas, muchas de ellas endémicas, es decir, no existen en ninguna otra parte del mundo. Estas especies se han adaptado de manera fascinante con tejidos que almacenan agua y espinas que reducen su pérdida, además de sistemas de raíces que capturan hasta la más mínima humedad disponible. Sumado a su valor biológico, los cactus forman parte del paisaje identitario del norte de Chile y de la identidad cultural de sus habitantes. Sin embargo, este patrimonio enfrenta amenazas crecientes. La expansión de los centros urbanos, la extracción ilegal, el tránsito vehicular fuera de rutas habilitadas y el cambio climático están generando una presión sostenida sobre estos ecosistemas frágiles. A diferencia de otros entornos, la regeneración en zonas desérticas es extremadamente lenta, lo que se destruye en minutos puede tardar décadas (o siglos incluso) en recuperarse. En este contexto, la conservación no puede ser solo una tarea institucional; se requiere del compromiso activo de la ciudadanía; difundamos estas maravillas pues no se cuida lo que no se conoce.
Compartamos que un cactus que observamos en su hábitat puede tener más de cien años, o que un bosque de tamarugos en medio del desierto es un reservorio de biodiversidad, y ese reconocimiento cambia la forma en que nos relacionamos con nuestro entorno. Desde CONAF, trabajamos en la protección de estas formaciones a través de la administración de programas de restauración ecológica, arborizaciones y educación ambiental. Sin embargo, estos esfuerzos deben ser acompañados por prácticas responsables como no extraer flora nativa, evitar encender fuego en zonas no habilitadas y valorar el patrimonio natural como parte esencial de nuestro desarrollo regional. Antofagasta no es un desierto vacío; es un territorio vivo, complejo y resiliente. Reconocer y proteger su patrimonio forestal es una tarea que nos convoca a todos. Porque en cada raíz que resiste, en cada espina que protege, hay una historia de adaptación que merece ser conocida y preservada. C Columna "Antofagasta no es un desierto vacío; es un territorio vivo y resiliente". Autor: Cristián Dimitrios Salas Papasideris Director Regional de CONAF Antofagasta. C Columna "Antofagasta no es un desierto vacío; es un territorio vivo y resiliente".