Autor: JOSÉ FRANCISCO YURASZECK KREBS, S.J. Capellán general del Hogar de Cristo
Columnas de Opinión: Frágiles
Columnas de Opinión: Frágiles EL EVANGELIO HOY San Mateo (4,25 5,12) L a realidad de los incendios que en las últimas semanas han asolado a tantas familias de nuestro país vuelve a recordarnos, con fuerza y crudeza, algo que solemos olvidar: somos frágiles. En minutos, aquello que consideramos firme el hogar construido durante años, los recuerdos familiares, la seguridad del propio entorno y sus rutinas puede quedar reducido, literalmente, a cenizas. No hay planificación perfecta ni tecnología suficiente que pueda garantizarnos una vida sin sobresaltos. Y, sin embargo, justamente ahí, en ese despojo que desnuda nuestra vulnerabilidad, aparece una de las paradojas más luminosas del Evangelio. El texto de este domingo nos devuelve al inicio del Sermón de la Montaña. Mateo nos presenta a Jesús subiendo al monte, rodeado de multitudes que lo buscan porque intuyen que hay en Él una palabra capaz de sostener y darle sentido a la vida.
Y la primera palabra que pronuncia la que abre toda su enseñanza es sorprendente: “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. ¿Cómo hablar de felicidad cuando lo que experimentamos es pérdida? ¿ Cómo proclamar bienaventuranza cuando tantas familias hoy se encuentran afligidas, con sus casas destruidas y sus proyectos interrumpidos? Tal vez la respuesta se encuentre precisamente en lo que hemos visto florecer en medio de la tragedia.
Porque si los incendios han puesto de manifiesto nuestra fragilidad, también han revelado una fuerza más honda, más verdadera: la resiliencia tenaz de quienes, aun entre lágrimas, ya levantan los primeros muros; la solidaridad inagotable de voluntarios, instituciones, iglesias, vecinos y desconocidos que se movilizan sin preguntar nombres ni condiciones; la capacidad del país entero y sus instituciones de ponerse en movimiento para que nadie enfrente solo su dolor.
En esa corriente de compasión activa se encarnan otras bienaventuranzas del Evangelio: “Felices los misericordiosos Felices los que trabajan por la paz Felices los que tienen hambre y sed de justicia”. No se trata de una felicidad superficial ni ingenua, sino de aquella que brota cuando, al reconocernos pobres, dejamos espacio para que el otro nos complete; cuando, al experimentar nuestra pequeñez, descubrimos que la vida se sostiene comunitariamente; cuando, desde el corazón herido, elegimos responder con empatía y no con indiferencia.
Entre las viviendas arrasadas por el fuego he visto manos que reparten agua, jóvenes que limpian escombros y ordenan ayudas recibidas en un centro de acopio, otras personas que preparan y reparten comida, y mucho más. He visto personas que, aun habiéndolo perdido todo, agradecen estar vivas y acompañadas. En ese tejido silencioso se hace visible el Reino anunciado por Jesús. Porque la verdadera grandeza humana no reside en la autosuficiencia, sino en la capacidad de sostenerse mutuamente, de llorar juntos y de ponerse de nuevo de pie. Eso que desde la comodidad y la autosuficiencia puede caer en el olvido. Las bienaventuranzas no son un ideal inalcanzable ni una lista de obligaciones morales: son un modo de mirar la realidad desde el corazón de Dios. Y Dios mira con ternura a quienes hoy se sienten pobres y afligidos, abundantes en sufrimiento. Mira con predilección a quienes responden con misericordia y paz. Mira y llama “felices” a quienes, en medio del dolor, mantienen la esperanza. Les invito en particular a conocer el testimonio de “don Luis Cifuentes”, como se llama a sí mismo. Vecino de Lirquén, a sus 75 años, se alegra de estar vivo y tener energía para una vez más ponerse de pie, con la ayuda de Dios y tanta gente que se ha acercado. Lo encuentran, junto a otros testimonios similares, en las redes sociales del Hogar de Cristo.
Que el Evangelio de este domingo nos ayude a reconocer en la fragilidad expuesta por los incendios y en la solidaridad que emerge con fuerza la presencia viva de ese Reino que ya está germinando entre nosotros. Y que nos anime a seguir siendo constructores de consuelo, justicia, paz y fraternidad. Ahí, dice Jesús, ahí está la verdadera felicidad. “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mt. 5,3). Autor: JOSÉ FRANCISCO YURASZECK KREBS, S.J. Capellán general del Hogar de Cristo. En ese tejido silencioso se hace visible el Reino anunciado por Jesús. Porque la verdadera grandeza humana no reside en la autosuficiencia, sino en la capacidad de sostenerse mutuamente, de llorar juntos y de ponerse de nuevo de pie. “Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos”. (Mt. 5,3).