Autor: CRISTIÁN DEL CAMPO SJ
Columnas de Opinión: La humanidad no se descarga
Columnas de Opinión: La humanidad no se descarga Rector Universidad Alberto Hurtado En “Be Right Back”, uno de los mejores capítulos de la serie británica Black Mirror, una joven viuda llamada Martha contrata un servicio que reconstruye a su marido muerto. Primero a partir de sus mensajes, luego de su voz, finalmente como un androide físicamente idéntico a él. La simulación es casi perfecta, pero el cuerpo sintético no respira de noche ni envejece. El exceso de perfección lo delata. Martha termina escondiendo al androide en el altillo y solo permite que su hija lo vea el día de su cumpleaños. Al final, ninguna réplica devuelve la presencia real.
Cuando en Magnifica humanitas el Papa León XIV afirma que las inteligencias artificiales “no tienen cuerpo, no sienten alegría ni dolor, no maduran a través de las relaciones” (n. 99), no se refiere apenas a una diferencia técnica entre humanos y máquinas. Una persona no es una mente que habita de paso un organismo. Aprende, ama y sufre desde una existencia encarnada.
Por eso la encíclica mira con sospecha la promesa transhumanista de dejar atrás los límites biológicos: la vejez, la enfermedad y la muerte aparecen allí como fallas que la técnica debería corregir, y el ser humano queda reducido a un objeto mejorable. La carne, recuerda León XIV, no es un estorbo, sino el lugar donde la vida humana toma forma. La encíclica lleva además esa idea a un terreno incómodo. Mientras una parte del planeta fantasea con subir la conciencia a la nube, otra sostiene esa nube con su propio cuerpo.
Mujeres y hombres y hasta niños que trabajan jornadas extenuantes por remuneraciones mínimas y cuyos cuerpos quedan “marcados, mutilados, consumidos” por la extracción de tierras raras en África, Asia y América Latina son la base material de una tecnología que se presenta como inmaterial.
“No basta escribe León XIV con invocar la eficiencia ni alabar los beneficios de la innovación, si estos se sostienen sobre una cadena de explotación que se mantiene deliberadamente oculta” (n. 173). Por eso, en Magnifica humanitas el Papa insiste tanto en lo concreto, en la fuerza de la encarnación. Dios no se reveló como información ni como algoritmo: el Verbo se hizo carne, asumió una historia humana con sus límites, y por eso habitó verdaderamente entre nosotros.
El cuidado cristiano sigue la misma lógica: “leer cuentos a un niño, acompañar a un anciano, disponer la casa para que sea acogedora” (n. 114). Gestos corrientes, palpables, sostenidos mayoritariamente por mujeres madres, hijas, enfermeras, religiosas cuyo trabajo mantiene buena parte de nuestra vida en común. Las páginas más bellas de la encíclica están entre los números 118 y 122, precisamente porque el Papa nos urge a escuchar algo a lo que nos resistimos. Muchas veces la humanidad florece por sus límites, los mismos que la técnica querría corregir. Hay experiencias humanas amar, esperar, cuidar, perseverar que solo adquieren espesor cuando encuentran resistencia. Por eso una sociedad empeñada en erradicar todo sufrimiento podría terminar empobreciendo también aquello que da profundidad a la existencia.
Para mostrarlo recurre a Viktor Frankl y vuelve a Auschwitz: el ingeniero que diseñó las cámaras de gas y el prisionero que entró en ellas rezando compartían la misma biología, pero fue el prisionero, en el extremo del sufrimiento, quien conservó su dignidad incluso allí donde todo parecía destinado a destruirla. La pregunta por lo humano también es nuestra. Chile envejece más rápido de lo que reconocemos y suele apartar de la vista al improductivo, sea anciano, enfermo o moribundo. León XIV lo llama, como Francisco en Laudato si, cultura del descarte. Es la misma lógica que sueña con perfeccionarnos sin límite: cuando alguien ya no se puede mejorar, estorba. La humanidad de la que habla la encíclica no se fabrica ni se descarga. Martha lo entiende tarde: ninguna réplica devuelve la presencia de un cuerpo que respira y envejece, quizá porque aquello que la técnica trata como una falla es, precisamente, donde habita lo humano. Autor: CRISTIÁN DEL CAMPO SJ.
“... La encíclica mira con sospecha la promesa transhumanista de dejar atrás los límites biológicos: la vejez, la enfermedad y la muerte aparecen allí como fallas que la técnica debería corregir, y el ser humano queda reducido a un objeto mejorable... ”.