Autor: POR Sebastián Montalva Wainer
TRES JESUITAS en la Ruta de los Jesuitas
TRES JESUITAS en la Ruta de los Jesuitas S i la teoría del multiverso es correcta, esto es, que nuestro universo no es más que uno de muchos universos que coexisten en forma paralela, y que juntos conforman la totalidad de la realidad física, entonces el que haya estado a fines de febrero en el sector del Paso Vuriloche, una vía que conecta Chile y Argentina en la Región de Los Lagos, y que hoy se conoce como "Ruta de Los Jesuitas", por la orden religiosa que la recorrió en los siglos XVII y XVIII, quizás pudo comprobarlo en carne propia. Por esos días hubo tres jesuitas caminando en lo más profundo de la selva patagónica. Un sacerdote, un aspirante a tal y un hermano de esta orden fundada por San Ignacio de Loyola en 1534. Juntos partieron desde Pampa Linda, en Argentina, cruzaron la frontera y cinco días más tarde terminaron cerca de Ralún. Claro que esta vez lo hicieron de una forma algo diferente: en vez de sotanas y sandalias de cuero, llevaban chaquetas impermeables y zapatos con Goretex. En vez de una pesada Biblia, vino y hostias para hacer misa, llevaban... , bueno, lo mismo, pero en un kit especial de viaje, todo en formato mini.
Y en vez de toparse con hostiles comunidades puelches y poyas, los habitantes originarios de esta zona, solo vieron uniformados (y bastante evangelizados): gendarmes en el lado argentino; carabineros en el chileno. "Los primeros dos días no vimos a nadie caminando.
Solo más adelante, cerca de la laguna de Los Palos, encontramos a alguien, pero venían desde Chile a Argentina". Quien habla es Sebastián Boegel, 31 años, estudiante de Humanidades y Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado, en quinto año de formación para convertirse en sacerdote, y uno de los tres integrantes de una expedición poco común.
Al menos en estos tiempos: la de tres jesuitas que se aventuraron a cruzar los Andes patagónicos tal como lo hicieran sus pares hace cuatro siglos, cuando esta parte del mundo era un territorio realmente salvaje e incógnito que --a ojos de esta orden religiosa que llegó a Chile en 1593-debía ser evangelizado en la fe del cristianismo. "Pero creo que esta vez se mezclaron dos cosas: yo sabía que esta era una ruta histórica que había recorrido el padre (Nicolás) Mascardi en el siglo XVII y tenía ganas de conocerla, pero también sabíamos que los tres íbamos a estar de vacaciones en Puerto Montt, donde nosotros los jesuitas tenemos un colegio.
Así que esta ruta nos quedaba más cerca", agrega Cristóbal Madero, 44 años, sacerdote, vicerrector de Identidad y Vinculación de la Universidad Alberto Hurtado, y el principal impulsor de esta aventura: además de sus labores académicas y sacerdotales, Madero es apasionado por el trekking y ya tiene varias salidas como esta en el cuerpo. Entre ellas, un cruce de Campo de Hielo Sur en 2008, que también hizo con otros compañeros jesuitas.
El tercer integrante fue Hernán Rojas, 42 años, profesor del Instituto de Teología y Estudios Religiosos de esta universidad, hermano de la orden jesuita, y el único del grupo que no tenía experiencia en trekking: lo más complejo que había hecho hasta ahora, dice, era subir el San Cristóbal.
Como los tres ya se conocían, juntarse para una aventura como esta, cuya motivación principal era disfrutar de sus días libres en la naturaleza, y mejor aún si lo hacían en un lugar que los conectaba con la historia de su orden religiosa, no fue tan difícil. "Los jesuitas vivimos en comunidad con otros sacerdotes y otros estudiantes, así que todos nos conocemos algo", dice Boegel, y Cristóbal Madero complementa pragmático: "En Chile no hay tantos jesuitas. Hoy somos cien". La ruta perdida La historia del Paso Vuriloche se remonta a tiempos realmente antiguos.
Estudios arqueológicos --como los realizados en Monteverde por el arqueólogo Tom Dillehay-han constatado que toda esta zona fue transitada hace más de 14.000 años por los primeros grupos humanos de América, los cazadores y recolectores del Pleistoceno.
Ya e n é p o c a s más recientes, los registros de este paso son, precisamente, de los misioneros jesuitas que entre los siglos XVII y XVIII se aventuraron en estos densos y húmedos bosques para cumplir con su objetivo evangelizador. Por entonces, su periplo solía comenzar en Chiloé y, desde allí, partían hacia el seno de Reloncaví, abriéndose camino como pudieran entre la selva y los valles montañosos. Pocos lograban encontrar la huella que les permitiera cruzar hacia el otro lado de los Andes.
No solo sucumbían ante la naturaleza impenetrable, sino que también perdían la vida a manos de indígenas que querían ocultar este paso para que los españoles no lo usaran como zona de tráfico de esclavos, y también para proteger a su población.
Fue el caso del padre jesuita Nicolás Mascardi, quien a fines de 1670 recorrió este mismo paso durante su búsqueda de la Ciudad de los Césares, la mítica urbe que habría sido fundada por españoles (en otras versiones de la leyenda, por incas) en algún lugar del Cono Sur y que estaría llena de oro.
Mascardi caminó desde Ralún y llegó a orillas del lago Nahuel Huapi, donde construyó una modesta capilla con palos, ramas y techo de paja, pero finalmente fue asesinado por los mismos pueblos poyas y puelches que lo habían ayudado en su empresa.
Uno de los lagos de esa zona se llama precisamente Mascardi, donde incluso existe una casa donde vacacionan jesuitas. "Yo estuve hace dos años allí", cuenta Sebastián Boegel. "Mentiría si dijera que estudiamos esta misma ruta que hizo el padre Mascardi, pero sí desde mi primer año en la compañía la historia de las misiones está presente.
Esto de querer salir como algo misional sí existe, entonces para mí hacer esto tenía el componente de querer conocer esta naturaleza maravillosa, pero también un lugar por donde pasaron muchos jesuitas". Tras la muerte de Mascardi la ruta estuvo perdida por varias décadas, hasta que en 1715 fue redescubierta por otro sacerdote jesuita, Juan José Guillelmó, quien había estado años buscándola.
Guillelmó también partió en Ralún, continuó hacia la ladera sur del volcán Tronador y cruzó por el Paso Vuriloche ("vuriloches" era como se les llamaba a los aborígenes de esta zona, nombre que derivó en Bariloche) hasta el valle del río Manso y la orilla norte del lago Mascardi.
Luego atravesó la laguna Llum y el lago Gutiérrez, y finalmente llegó hasta la zona donde TRES JESUITAS en la Ruta de los Jesuitas Hace cuatro siglos, el Paso Vuriloche fue una de las rutas que utilizaron misioneros jesuitas para evangelizar en el sur de Chile y Argentina.
Un sendero extenso, húmedo y salvaje que hoy atrae a los más aventureros, incluido un grupo de jesuitas chilenos que acaba de estar allí, siguiendo las huellas de sus predecesores, por más que la misión original ya se haya cumplido. POR Sebastián Montalva Wainer. A PIE. Este paso es una alternativa al cruce de los Andes a través de los lagos cordilleranos. F O T OS: CRIS TÓBAL MADER O AVANCE. Aparte de la lluvia y el barro, otra dificultad es el cruce de algunos ríos que pueden venir crecidos, como el Blanco. SELVA. Los bosques húmedos son el sello de esta ruta, que originalmente fue transitada por indígenas puelches y poyas, y luego por españoles que la utilizaban para traficar esclavos. ESCALA. Si bien hay algunos campings establecidos, en rigor se puede parar en cualquier parte. Aquí, en la laguna Los Palos. CRIS TIAN FIOL LETREROS. Aunque la huella es visible y relativamente fácil de seguir, el sendero tiene muy poca señalética. SELFIE. Sebastián Boegel, Cristóbal Madero y Hernán Rojas, jesuitas del siglo XXI siguiendo una ruta histórica.. TRES JESUITAS en la Ruta de los Jesuitas hoy se encuentra la ciudad de San Carlos de Bariloche.
Después de la hazaña de Guillelmó, la ruta del Paso Vuriloche volvió a quedar en el olvido: recién a fines del siglo XIX y comienzos del XX este trayecto fue redescubierto una vez más por expedicionarios como el inglés Roberto Christie y el topógrafo suizo-argentino Emilio Frey, y así volvió a aparecer en el mapa aventurero del sur.
Hoy, si bien esta ruta ya no es para nada el misterio de antes, todavía sigue siendo un descubrimiento para los aficionados al trekking, sobre todo porque se trata de un circuito poco conocido y más largo que otros similares. "Hay otro sendero que también se le conoce como `Ruta de los Jesuitas', el que va desde el lago Rupanco hasta el Todos los Santos, pero es más corto", explica Cristóbal Madero. "Entonces debatimos qué trekking haríamos y nos decidimos por este, cuya duración, en plan más conservador, era de siete días. Además, otro amigo jesuita, Cristóbal Pons, lo había hecho anteriormente, entonces ya teníamos sus indicaciones". En marcha Una vez tomada la decisión, los jesuitas Madero, Rojas y Boegel se pusieron pies a la obra.
Además de los datos que ya tenían de su amigo, buscaron información en sitios como Wikiexplora y consiguieron un mapa impermeable del Paso Vuriloche, elaborado por Andes Profundo, que les fue muy útil para orientarse: este sendero, si bien tiene una huella casi siempre visible, no cuenta con señalética propiamente tal.
Esa es parte de su gracia. "Lo único que vimos fue un letrero en Pampa Linda, donde partimos, que daba la bienvenida a la Ruta de Los Jesuitas y el Paso Vuriloche", dice Hernán Rojas. "Después casi no había nada, salvo unas cintas amarradas en algunos árboles". Efectivamente, el grupo decidió comenzar a caminar en Argentina (también se puede partir desde Chile, como lo hicieron los padres Mascardi o Guillelmó) por lo que habían averiguado: el desnivel era menor si se hacía en esa dirección (el punto más alto del paso son 1.390 metros). En resumen, el trayecto que hicieron fue así. Desde Bariloche tomaron un bus del Club Andino Bariloche que los dejó en Pampa Linda, donde caminaron hasta Gendarmería argentina para hacer los trámites migratorios.
Ese mismo día cruzaron la frontera hacia Chile y llegaron hasta el retén de Carabineros, que solo se instalan allí durante la temporada de verano (el resto del año, el Paso Vuriloche queda inhabilitado). En vez de quedarse esa primera noche en un camping que Conaf tiene cerca del retén, decidieron avanzar 2,5 kilómetros hasta un rústico refugio conocido como Heuychupán, donde instalaron sus carpas individuales.
El segundo día caminaron hasta el sector de Río Blanco; el tercero continuaron hasta la laguna Los Palos; el cuarto llegaron a la laguna Cayetué y el quinto salieron hacia la carretera, donde tuvieron la suerte (por no decir "milagro") de encontrarse justo con un bus que los llevó directo hasta Puerto Montt, por lo que no tuvieron que parar en Ralún, que era el final programado de su aventura. En suma, fueron cinco días y cuatro noches --70 kilómetros en total-que, aseguran hoy, les resultaron más sencillos y agradables de lo que habían imaginado. El tiempo les tocó bueno y apenas llovió, lo que disminuyó una de las principales dificultades de esta ruta, aparte de la escasa señalética: el barro. Además, como fueron en febrero evitaron la presencia de tábanos, que solo viven un mes (gracias a Dios) y suelen desaparecer en enero. Así, a los jesuitas del siglo XXI no les quedó más que disfrutar de la experiencia.
Caminaron unas ocho horas al día en silencio y soledad bajo el bosque valdiviano, observaron de cerca diversos tipos de aves (chucaos, hued-hueds, traros), admiraron las cumbres nevadas del Tronador y otras montañas y, por cierto, se empaparon de una historia legendaria de aventura y exploración, siempre en contacto con una naturaleza pura y exuberante. "Yo diría que existe como una tradición de excursiones en la Compañía de Jesús", comenta Cristóbal Madero sobre la histórica presencia de los misioneros jesuitas por estos rincones del sur. "Una de nuestras líneas de trabajo tiene que ver con el cuidado de la casa común y con nuestro esfuerzo de sustentabilidad, pero desde un punto de vista más espiritual.
Y en ese sentido, la conexión con la naturaleza también es una cuestión bien identitaria de la Compañía". "Oscilábamos harto entre momentos de silencio y otros en que conversábamos harto", agrega Hernán Rojas. "Nosotros vivimos rutinas bien aceleradas, entonces estar obligadamente desconectados nos hacía reflexionar sobre esto, pero también hablábamos de otros temas, como la última serie que habíamos visto.
Este es un lugar precioso, entonces fue un privilegio para nosotros estar de vacaciones allí y tener la posibilidad de conocerlo, algo que no mucha gente puede hacer". "Haber hecho esta ruta con compañeros jesuitas es muy significativo, más aún pensando que hace 450 años otros decidieron caminar estas mismas rutas por razones pastorales de evangelización", reflexiona Sebastián Boegel. "Estar inserto en la naturaleza sin presencia humana me conecta también con Dios. Estar en medio de la creación y sentir que uno es una parte ínfima de esa belleza, de esa inmensidad, es una experiencia espiritual". D NATURALEZA. La laguna Los Palos y el río Conchas, dos locaciones en el tramo chileno. La ruta tiene unos 70 kilómetros que se recorren entre 5 a 7 días. La época para hacerla es en el verano, cuando llueve menos y hay control fronterizo. SOLEDAD. A lo largo del trayecto aparecen algunas casas de pobladores, como la de don Juvenal, pero el lugar es muy solitario. Al lado, una vista al monte Tronador y uno de los puentes colgantes que permiten seguir avanzando. MISTERIO. Este paso estuvo perdido por siglos. Se "redescubrió" hacia el siglo XX..