La habitación de al lado
La habitación de al lado C omo ciudadana entiendo el poco revuelo que ha tenido la reinstalación de las habitaciones del presidente de la República en La Moneda; mal que mal, hay cosas más importantes de las cuales ocuparse por estos días. Como arquitecta, sin embargo, me resulta menos comprensible el poco interés en la reactivación de la vida doméstica en el Palacio, algo que la historia nos ha demostrado puede tener un impacto real. Consideremos, por ejemplo, al segundo ocupante de sus nobles salones y patios, el Presidente Manuel Montt (1851-1861), quien se empeñó en dejar su estampa en la vivienda donde criaría a varios de sus hijos.
Durante su primer invierno en La Moneda, Montt solicitó al director de la Quinta Normal de Agricultura, Luis Sada, tilos y olmos para dar sombra a su "patio personal", refiriéndose presumiblemente a la Plazoleta de la Moneda. En un indudable intento por demostrar sus conocimientos y experiencia, Sada exigió una aclaración sobre el tipo de jardín que deseaba la autoridad, ofreciéndose a diseñarlo. Considerando la oferta como una respuesta excesiva ante una tarea más bien menor, Montt envió a su mayordomo personal a buscar los árboles. Esta vez, Sada demandaría al Presidente una lista detallada de las especies requeridas, la que fue entregada después de la tercera visita del empleado gubernamental.
La demora en el cumplimiento de la solicitud presidencial fue una acción de protesta ante quienes (como el Presidente, nada menos), según Sada, "se creían con derecho de participar de productos [de la Quinta] a su voluntad", ya sea "por pertenecer al Gobierno" o porque "se creía de importancia alguna ni de consecuencia tomarse las plantitas o ramitas que allí se veían". Pero la tozudez de Sada le jugó una mala pasada a la Quinta. Exasperado, Montt ordenó que entregara a un funcionario designado por la municipalidad "los árboles que eligiere", ya no solo para su patio, sino para plantar la Alameda completa. Sada respondió con su renuncia, arguyendo que arrancar "todos" los árboles, organizando distintas secciones de la Quinta, significaría dejarla "en un estado desastrado y triste", lo que efectivamente ocurrió.
El público lector imaginará que de nada le sirvió a Sada arrepentirse: si los tres años a cargo de la Quinta le permitieron convertirla en un pintoresco campo de experimentación agrícola, semejante disputa determinó su fin como testimonio vivo de la producción y circulación de un nuevo conocimiento botánico. Y de tilos y olmos en La Moneda, nunca más se supo. Espero.
La habitación de al lado PAISAJES IDEADOS FRANCISCO JAVIER OLEA Como arquitecta, sin embargo, me resulta menos comprensible el poco interés en la reactivación de la vida doméstica en el Palacio, algo que la historia nos ha demostrado puede tener un impacto real. Romy Hecht Arquitecta e investigadora UC.