Autor: Gerardo Pérez gperez@elpinguino.com
Ricardo Rozzi y la cruzada por una ética que reconcilie al hombre con la tierra
Ricardo Rozzi y la cruzada por una ética que reconcilie al hombre con la tierra Hay un lugar donde el continente americano se deshace en islas, donde el viento no descansa y el mar muerde la roca con furia milenaria.
Allí, en la cumbre austral de las Américas -Puerto Williams, Cabo de Hornos, el último puerto antes del hielo-, un hombre libra una batalla que no se gana con armas ni con tratados, sino con ideas. Su nombre es Ricardo Rozzi, ecólogo y filósofo, director de investigación del Centro Internacional Cabo de Hornos (CHIC), y su trinchera es el modo en que la humanidad concibe su relación con la naturaleza. La cruzada de Rozzi no nació ayer. Durante más de tres décadas ha tejido, desde el extremo del mundo, una red de pensamiento que hoy se materializa en dos obras que conviene leer juntas, porque son dos rostros de una misma convicción. Por un lado, la primera traducción al español de Fundamentos de Ética Ambiental, del filósofo estadounidense Eugene C. Hargrove, su maestro. Por otro, el prólogo que firmó para Cenando en el Fin del Mundo, la travesía científico-gastronómica del Premio Nacional José Miguel Aguilera por los sabores subantárticos. Filosofía y cocina, ética y centollas: dos puertas hacia una misma verdad. La raíz invisible de la crisis Cuando el mundo discute la catástrofe ecológica, suele hablar de emisiones, de glaciares que retroceden, de especies que desaparecen. Hargrove -y Rozzi tras élse atreve a decir algo más incómodo: que todo eso es síntoma, no enfermedad.
La enfermedad está en la cabeza, en una manera de pensar heredada de la modernidad occidental que durante cinco siglos relegó a la naturaleza a un papel secundario, un simple recurso disponible para ser usado, explotado o transformado. “Hargrove demostró que la crisis ecológica tiene raíces culturales, filosóficas y éticas”, afirma Rozzi, que no se limitó a traducir el volumen: lo prologó y lo analizó. La tesis del libro es a la vez acusación y esperanza. La acusación: que pensadores como John Locke enseñaron que la tierra solo vale cuando es trabajada y convertida en propiedad, idea que aún gobierna nuestras leyes y nuestra economía. Resulta más fácil ponerle precio a un edificio o una carretera que a un bosque nativo, un humedal o un río. Pero hay también esperanza, y aquí la historia da su giro. Hargrove rechazó la visión derrotista de quienes sostenían que Occidente solo había producido una tradición de dominio. No es cierto, replicó: dentro de su propia historia intelectual late una corriente menos visible pero poderosa, la de quienes reconocieron en la naturaleza belleza, contemplación y valor por sí misma. Los presocráticos, San Francisco de Asís, los poetas, los pintores. “Los humanos no somos solo máquinas de cálculo costo-beneficio, somos seres integrales con sensibilidad y un instinto de cuidado por otros seres humanos y el conjunto de seres con quienes compartimos el planeta”, sostiene Rozzi. El sur como lección Es aquí donde el pensador vuelve los ojos a su propia tierra. Porque Rozzi no es un académico de gabinete: su laboratorio es el bosque subantártico, el musgo, el río, el ala del pájaro carpintero magallánico. De esa experiencia nace su gran aporte original, la ética biocultural, que demuele la vieja muralla que separaba lo humano de lo natural. “La diversidad biológica y la diversidad cultural están profundamente entrelazadas”, afirma. Y para probarlo recurre a un detalle que tiene la fuerza de una revelación: la palabra “humano” proviene del latín humus, tierra fértil. “Estamos hechos de las mismas moléculas y participamos de los mismos procesos que las plantas y los animales”, explica. No hay frontera entre nosotros y el mundo: somos el mundo mirándose a sí mismo. En ter r itor ios como Magallanes y el Cabo de Hornos, esa verdad deja de ser teoría.
Allí, donde comunidades locales, pueblos originarios, científicos y actividades sostenibles conviven con ecosistemas frágiles, separar cultura y naturaleza no tiene sentido: la vida cotidiana depende del bosque, del mar, de las aves, de los ciclos del clima. Por eso la pérdida de biodiversidad no es solo un drama científico, sino también la pérdida de conocimientos, lenguajes y formas de habitar un territorio. El banquete del Fin del Mundo Y entonces aparece la segunda puerta, la más inesperada: la mesa. En su prólogo a Cenando en el Fin del Mundo, Rozzi acompaña a José Miguel Aguilera en una travesía sensorial por las cocinas subantárticas y patagónicas. Allí desfilan las emblemáticas centollas magallánicas, el cochayuyo, el calafate -la baya símbolo de la Patagoniay la merluza negra, el pez chileno más codiciado del planeta. Sabores que sobreviven desde hace más de diez mil años en un territorio de vientos implacables y cielos infinitos. Pero el prólogo no habla solo de comida. Habla de identidad, de comensalía, de la conversación pausada y la transmisión oral de saberes que aún resisten en el Fin del Mundo. Habla de la Patagonia de Magallanes y Darwin, de Shackleton y el Piloto Pardo, hombres para quienes la alimentación fue a d i d e c frontera, desafío y tabla de salvación.
Y culmina con la misma certeza que recorre toda su obra: que al cuidar la naturaleza la vida humana se vuelve más plena, y que la naturaleza cuidada nos devuelve sabores, salud y la alegría de vivir en un país tan hermoso como Chile. Un llamado desde el último confín Hay urgencia en estas palabras. “Hoy día estamos en una tensión máxima”, advierte Rozzi, cuando la competencia entre potencias y las presiones sobre los últimos territorios vírgenes del planeta no dan tregua. Su respuesta no es el catastrofismo, sino la prudencia: si la ciencia demuestra que los ecosistemas son frágiles e interdependientes, la actitud más razonable es aprender a convivir con sus límites. Así, desde el rincón más austral de Chile, un filósofo lanza al mundo un mensaje a la vez antiguo y nuevo. Antiguo, porque resuena en los presocráticos y en los versos de Gabriela Mistral. Nuevo, porque la ciencia recién hoy confirma lo que la cultura intuía. La verdadera cruzada de Ricardo Rozzi no busca conquistar tierras, sino reconquistar una manera de mirar. Y la libra desde el único lugar donde semejante batalla cobra todo su sentido: el Fin del Mundo, donde el ser humano todavía puede recordar que es, etimológica y biológicamente, hijo de la tierra. Autor: Gerardo Pérez gperez@elpinguino.com.
En el confín austral del continente, donde la naturaleza dicta sus propias leyes, Ricardo Rozzi levanta una cruzada distinta: demostrar que la crisis ecológica no se resuelve solo con tecnología, sino con un cambio profundo en la manera de pensar. Entre bosques subantárticos y mesas patagónicas, su ética biocultural une filosofía y cocina, ciencia y poesía, para recordarnos que cuidar la tierra es también cuidar la vida. El filósofo del fin del mundo Doctor Ricardo Rozzi, director de investigación del Centro Internacional Cabo de Hornos.