Autor: GERARDO MUÑOZ RIQUELME Abogado y Magister en Políticas Públicas
Columnas de Opinión: Que la guerra no me sea indiferente
Columnas de Opinión: Que la guerra no me sea indiferente Hacia finales de la década de los 70, Chile y Argentina se encontraban al borde de una guerra a causa de una disputa territorial por la soberanía de las islas australes Picton, Nueva y Lennox, ubicadas al sur del Canal Beagle. Esta guerra pudo significar, de no mediar la intervención de la Iglesia Católica, un conflicto armado con enorme cantidad de víctimas a ambos lados de la Cordillera.
Tal vez sea la amenaza más dramática que nos haya tocado vivir como generación, camiones militares desplazándose al sur de Chile, evidenciaban, para quienes vivíamos en la zona central del país, que el enfrentamiento entre dos naciones hermanas era inminente.
Antes, a fines del siglo 19, otra generación de chilenos conoció la guerra en carne y hueso, me refiero a la Guerra del Pacífico, con jornadas de gloria, como la captura del Huáscar y también de dolor, como el hundimiento de la Esmeralda, en el Combate Naval de Iquique, con un final trágico para el abogado héroe, el capitán Arturo Prat, y su valiente tripulación.
Los curicanos sufrimos la guerra en la muerte prematura del subteniente Luis Cruz Martínez, acribillado junto a sus compañeros de armas en la Batalla de la Concepción, en la sierra peruana, cuando el resultado de la guerra ya estaba sentenciado a favor de Chille y, sin embargo, primó la barbarie, porque la guerra es así.
En 1978, en medio del conflicto del Canal Beagle, surgió la voz del cantautor argentino, León Gieco, quien tuvo la inspiración para crear lo que se convertiría en un verdadero himno en favor de la paz. "Solo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente, es un monstruo grande y pisa fuerte, toda la pobre inocencia de la gente". Hoy, nos llegan noticias alarmantes desde el medio oriente, en donde ya se vivió un verdadero genocidio en la Franja de Gaza, habitada por el pueblo palestino, pero pretendida, por su ubicación estratégica próxima al Mar Mediterráneo, por el Estado de Israel.
Allí hemos visto todo el horror de la guerra y su costo en vidas inocentes, además de la destrucción de hospitales, escuelas y edificios residenciales, en busca de destruir un arsenal militar que nunca existió o nunca se encontró. Allí vimos niños enterrados bajo los escombros, hombres y mujeres mutilados y miles de personas afectadas por el hambre sin un pan para llevarse a la boca alimentar a sus hijos.
Ahora Israel y Estados Unidos han atacado a Irán, lo que nos tiene inmersos en un conflicto global de resultado previsible, pero de duración incierta, lo que está provocando grandes repercusiones económicas, dada la importancia estratégica de Irán en el comercio mundial de la producción de crudo.
En otras palabras, ahora se nos aparece el monstruo de la guerra del que nos hablara León Gieco, pero no como un himno a la paz, sino como un lamento frente al impacto en nuestra economía doméstica. El alza del combustible tiene solución, se puede usar más la bicicleta o abstenerse de realizar viajes innecesarios. Pero la pérdida de la vida humana provocada por la guerra no tiene solución, de allí que el derecho a la vida sea sagrado. Pareciera ser que nos duele más la guerra cuando afecta el bolsillo y nos quedamos indiferentes frente a la muerte de inocentes y la hambruna desatada en la población palestina.
Esto no habla bien de la humanidad, por eso vuelvo a cantar con fuerza: "Solo le pido a Dios, que la guerra no me sea indiferente". Y también pido que lo injusto no me sea indiferente y si vamos a apretarnos el cinturón que el sacrificio sea para todos y no veamos a algunos privilegiados conservar sus privilegios. Ley pareja no es dura. Autor: GERARDO MUÑOZ RIQUELME Abogado y Magister en Políticas Públicas.