La unánime victoria DE LA NATURALEZA
La unánime victoria DE LA NATURALEZA Dan escalofríos cuando uno se interna por los pasillos del mítico presidio de Ushuaia, lugar que acogió a los mayores delincuentes de la historia de Argentina a comienzos del siglo XX. Criminales temibles y sicópatas que sembraron terror y leyenda, terminaron fundando una ciudad en el fin del mundo.
Mandarlos a este presidio era lo que venía antes de la pena de muerte, y de imaginar el frío que hacía en estas celdas que se visitan, pues son parte del museo aquí erigido, se entiende que prefirieran salir a picar madera o piedras antes que quedarse encerrados. Gracias a los trabajos forzados de los presos se construyó el ferrocarril hoy reconstituido como atracción turística, se despejaron los terrenos para la ciudad, se levantaron las primeras casas. Ellos fueron un aporte fundamental para los pioneros de Ushuaia y la urbe conserva su legado, por duro que sea. Mas, nada mejor que el arte para resignificar un lugar, o elevar su espíritu, y esta ciudad lo demostró al acoger la más reciente versión de la Bienal Internacional de Arte Contemporáneo de Argentina. La sede fue justamente el Museo Marítimo, o expresidio de Ushuaia, que se llenó de coloridas obras de casi un centenar de artistas provenientes de doce países, entre ellos Chile. Esculturas, pinturas, fotografías, textiles e instalaciones se tomaron uno de los pabellones durante una semana, aportando un caudal de energía multicultural a este espacio.
Hasta una performance se llevó a cabo en la noche inaugural, cuando Olivier Corneau, artista canadiense, se puso un traje que emula los de este presidio y se encerró en una de las celdas a escribir desesperadas cartas de amor durante horas y horas. Recibió un premio por su acción de arte, así como dos chilenas obtuvieron menciones de honor por las obras que presentaron: Soledad Chadwick, en la categoría instalación, y Sofía Eckholt, en pintura. En tanto, la monumental y depurada obra pictórica de Claudia Hidalgo fue una de las que más llamó la atención del público. Conferencias, homenajes, visitas guiaUSHUAIA: das y sesiones de tango animaron la bienal, y, por supuesto, los participantes aprovechamos de ir a recorrer los atractivos de la región. El dinámico y eficiente Instituto Fueguino de Turismo, Infuetur (@turismotdf), organizó un programa de lujo, que vale la pena recomendar. El primer gran acierto fue instalarnos en un hotel que no está en el centro, sino a quince minutos de allí, camino al glaciar Martial, el Wyndham Garden del Glaciar. Es una histórica e inmensa casona patagónica refaccionada, con una gran chimenea tan acogedora como sus salones y su personal, dotada de todas las comodidades de un cuatro estrellas. Cuenta también con una excelente colección de arte contemporáneo en sus muros de piedra y madera, y la vista panorámica desde este alto enclave hacia el canal Beagle supera toda expectativa. La luz, como el clima, cambia a cada instante, y uno podría pasarse el día mirando las nubes entrar y salir del mar y sus islas, de esos tupidos bosques nativos y montañas. Está dentro de la Reserva Natural Glaciar Martial, inmerso en su poderosa naturaleza, y se puede hacer una caminata hasta la subida al glaciar, o quedarse en una de las cafeterías, rodeada de torrentes cordilleranos.
Iba a agregar que el silencio de este hotel es otro de sus atractivos, y lo es, hasta que se despierta el viento, que remece las techumbres y se pone a ulular entre las lengas, coihues y ñirres: música fueguina.
Por estos días se construye además un nuevo centro de esquí en estas cumbres, que se suma a cerro Castor (ese está un poco más lejos de la ciudad), y su andarivel se inaugurará este invierno. Etnografía y pingüinos sangre yagán y Un legado yagán.
Todos los días Víctor da una charla en el museo sobre la historia de Tierra del Fuego, pero desde el punto de vista indígena, y propone a los viajeros atractivos recorridos por sitios de interés etnográfico. “Para la mentalidad yagán, somos parte del entorno, no dueños; nuestra misión es amar la naturaleza y cuidarla”, sostiene con orgullo. Si bien los edificios crecen por doquier, quedan muchas casonas patrimoniales que albergan instituciones, museos (como el del Fin del Mundo, justamente) o restaurantes y cafés de estilo victorianofueguino. Se van descubriendo al caminar por las calles San Martín, Maipú y la Costanera, donde se escucha hablar en múltiples idiomas. Día a día atracan y zarpan de su puerto cruceros de diversas banderas, así que cosmopolita se volvió este poblado nacido de un puñado de desterrados.
Una de las vistas más bonitas de la bahía la obtuvimos desde el antiguo aeropuerto, adonde nos llevó la agencia que nos recomendó Infuetur, y esa es la ventaja de salir a pasear con gente que sabe: Latitud Ushuaia. Concluimos la tarde en una exclusiva vinoteca, Quelhue, donde una encantadora sommelier nos hizo catar vinos de sus mejores bodegas. Apreciamos en particular las locales, como un pinot noir de la viña Fin del Mundo. Esta gran tienda de vinos y delicias asociadas quesos y fiambres se encuentra en un barrio nuevo, Pipo. Nos enteramos de que el nombre se lo da el río, el que a su vez lo recibe de un preso que intentó escapar y encontraron congelado en sus riberas en 1917. En efecto, el presidio marca la historia de Ushuaia, y el paladeado pinot noir ayuda a procesarla.
Partimos también al Parque Nacional Tierra del Fuego y el Tren del Fin del Mundo, donde los esplendorosos paisaA R E R R E H A I L A T A N jes alternan con el bien reconstruido relato de la fundación de la ciudad y el ferrocarril.
Mas, la excursión que preferimos fue a Puerto Almanza, una aldea de pescadores situada frente a nuestro Fin del Mundo, Puerto Williams (el título siempre está en disputa). Puerto Williams está a unos cinco kilómetros de aquí, en la isla Navarino, en la otra orilla del Beagle. Desde la playa de Almanza un zódiac supersónico nos transportó hacia el punto culminante de la travesía, la isla Martillo. Nos esperaba allí la más alegre colonia de pingüinos papúa jamás vista y con un tiempo inédito, soleado y sin viento. Si bien algunas empresas de turismo ofrecen desembarcar en la isla, nosotros estuvimos mucho más cerca de los pingüinos, varados en el bote ante ellos, en la playa. Los papúa, y algunos ejemplares de Magallanes, curiosos y juguetones, se aproximaban más y más cerca de nosotros, incluso nadando, sin parar de graznar y chillar. Mientras, decenas de lobos marinos dormitaban al sol, a algunos metros, a pesar del bamboleado bochinche de estas tiernas aves. Estuvimos mucho rato con ellos, y fue un momento de esos en que uno se pellizca para comprobar que está despierto. Hace muy poco había avistado pingüinos de Humboldt en la costa central de Chile, pero ellos son tímidos, están en peligro de extinción y, para protegerlos, las embarcaciones se quedan a distancia prudente. Estos papúa, en cambio, gozan de mejor salud y no temen a los forasteros. El plumaje de algunos pingüinos jóvenes se veía desordenado, porque estaban en proceso de muda, como adolescentes buscando identidad y diversión, y parecían reírse a carcajadas de nosotros. El sol empezó a declinar y emprendimos el regreso. El zódiac se deslizaba como por una pista de patinaje, de tan liso y reflectante estaba este mar sembrado de islotes rebosantes de flora y fauna nativa. Volver Al desembarcar, Andrés Meiller, guía en Latitud Ushuaia, nos llevó por un sendero entre el Beagle y el bosque hasta el restaurante Akum, otra sorpresa de esta aislada comarca. Allí degustamos empanadas de centolla, tostadas con salmón ahumado y otras especialidades.
Fue el broche de oro para una jornada insuperable, y más, la navegación hasta el faro Les Éclaireurs, adonde nos llevaron la tarde previa, en un gran catamarán desde el puerto de Ushuaia, también nos fascinó. A esta fuimos invitados todos los participantes de la bienal y cada uno se puso todas la parkas y cortavientos que trajo, unas sobre otras. Me quedé las tres horas de la travesía en cubierta, escudriñando en un horizonte seminublado tupidas bandadas de pájaros que volaban juntos, sin dirección definida, a veces en círculos. Iban apareciendo islotes con lobos, otros con cormoranes, otro con el famoso faro y al final uno donde descendimos. Allí había calafates y discretamente nos echamos algunos a la boca, como dicta la tradición, para volver a este sitio de ensueño. Los juegos de luces entre los rayos de sol poniente, las nubes y el Beagle eran un espectáculo. Poco a poco a los artistas se nos fue entrando el habla ante tanta belleza, y sentimos que nada ni nadie podía crear algo superior a estas obras. Nos inclinamos ante ellas, para otorgarles la unánime victoria En tanto, quedaban otros hitos geográficos por descubrir, como el lago Fagnano y el Escondido, adonde partimos con Hernán Pleszak, de Tierra del Fuego Aventura. Hicimos una parada en la estancia Tierra Mayor, ante un paisaje compuesto de turberas y picos nevados. Es el primer centro invernal de la región, especializado en esquí de fondo, y se come un celebrado cordero fueguino a la estaca. No almorzamos allí, sino mucho más tarde, luego de bajar, con doble tracción, por un sacudido sendero que lleva a la ribera del lago Escondido, para luego introducirnos en uno peor, rumbo al Fagnano. Este lago está mucho más escondido que el anterior, y es inmenso, precioso y barrido por los vientos. Al finalizar, Hernán y un par de ayudantes nos hicieron un asado en la parrilla de una cabaña solitaria en pleno bosque.
Comimos bifes de chorizo y ensaladas con la fraternal complicidad de una pareja de amigos chilenos, una de estadounidenses y una decena de graciosas vietnamitas que andaba en esta excursión con faldas y zapatitos de charol. El almuerzo estuvo rico, pero el oro en el rubro se lo llevó un legendario establecimiento de Ushuaia que descubrió la pareja de chilenos: Ramos Generales, el Almacén. Con un cálido ambiente pionero, museo vivo y la carne más sabrosa del repertorio argentino, fue fundado en 1906 como tienda de abarrotes y club social. Esto, a dos años de la apertura del presidio creado por el Presidente Julio Roca, cerrado por Perón en 1947 (por razones humanitarias), y donde vivimos una semana extraordinaria. Una en la cual la naturaleza, la historia y la creación se confabularon, pero el primer lugar ya sabemos para quien fue. D. Una bienal de arte fue el pretexto para volver a una de las regiones más bellas de Argentina. Y si esta carga con un oscuro pasado, ha sido redimida por sus majestuosos paisajes, flora y fauna, siempre enmarcada entre los Andes y el canal Beagle. TEXTO Y FOTOS: Marilú Ortiz de Rozas, DESDE ARGENTINA. ALMANZA. Esta aldea de pescadores queda al frente de Puerto Williams, punto de partida hacia la isla Martillo. CABALGATAS. A paso lento se pueden recorrer los magníficos bosques nativos cercanos a Ushuaia. RAMOS GENERALES. Este establecimiento comenzó como almacén y club social. Hoy es un museo y restaurante. CABALGATAS. A paso lento se pueden recorrer los magníficos bosques nativos cercanos a Ushuaia. RAMOS GENERALES. Este establecimiento comenzó como almacén y club social. Hoy es un museo y restaurante. ISLA MARTILLO. Navegamos hasta allí desde Puerto Almanza, 75 kilómetros al sureste de Ushuaia. Fue nuestra excursión preferida. PUERTO. Emplazado en plena costanera de Ushuaia, de aquí zarpan numerosas excursiones. TIERRA MAYOR. Esta estancia acoge el primer centro invernal de Ushuaia, especializado en esquí de fondo. ESCRITOR. Víctor Vargas, bisnieto de uno de los yaganes fotografiados por Gusinde. INTERNACIONAL. De doce países venían las obras que llenaron de arte el Museo Marítimo, o expresidio de Ushuaia. FUEGUINA. En el Museo del Fin del Mundo se aborda la historia y la cultura de esta región. HOTEL. El Wyndham Garden El Glaciar se encuentra en la Reserva Natural Glaciar Martial. BAHÍA. La vista de Ushuaia que se obtiene desde el viejo aeropuerto es inmejorable. ESCONDIDO. Así se llama este bello lago, aunque hay otros mucho más difíciles de encontrar. HISTORIA. El Tren del Fin del Mundo, construido por los presos, fue recreado para los turistas. DISPUTA. Varias ciudades dicen estar al fin del mundo. Ushuaia es una de ellas. La unánime victoria DE LA NATURALEZA. ALMANZA. Esta aldea de pescadores queda al frente de Puerto Williams, punto de partida hacia la isla Martillo. CABALGATAS. A paso lento se pueden recorrer los magníficos bosques nativos cercanos a Ushuaia. RAMOS GENERALES. Este establecimiento comenzó como almacén y club social. Hoy es un museo y restaurante. CABALGATAS. A paso lento se pueden recorrer los magníficos bosques nativos cercanos a Ushuaia. RAMOS GENERALES. Este establecimiento comenzó como almacén y club social. Hoy es un museo y restaurante. ISLA MARTILLO. Navegamos hasta allí desde Puerto Almanza, 75 kilómetros al sureste de Ushuaia. Fue nuestra excursión preferida. PUERTO. Emplazado en plena costanera de Ushuaia, de aquí zarpan numerosas excursiones. TIERRA MAYOR. Esta estancia acoge el primer centro invernal de Ushuaia, especializado en esquí de fondo. ESCRITOR. Víctor Vargas, bisnieto de uno de los yaganes fotografiados por Gusinde. INTERNACIONAL. De doce países venían las obras que llenaron de arte el Museo Marítimo, o expresidio de Ushuaia. FUEGUINA. En el Museo del Fin del Mundo se aborda la historia y la cultura de esta región. HOTEL. El Wyndham Garden El Glaciar se encuentra en la Reserva Natural Glaciar Martial. BAHÍA. La vista de Ushuaia que se obtiene desde el viejo aeropuerto es inmejorable. ESCONDIDO. Así se llama este bello lago, aunque hay otros mucho más difíciles de encontrar. HISTORIA. El Tren del Fin del Mundo, construido por los presos, fue recreado para los turistas. DISPUTA. Varias ciudades dicen estar al fin del mundo. Ushuaia es una de ellas.