Autor: ROBERTO CAREAGA C.
Soledad Bianchi: “Si hubieran inventado un boom de la poesía, habría vendido”
Soledad Bianchi: “Si hubieran inventado un boom de la poesía, habría vendido” U n boom de la poesía chilena, eso es lo que quería Soledad Bianchi (Antofagasta, 1948) en la década del 90. Lo que había en esos días era otra explosión literaria, de otro género: la nueva narrativa chilena.
Comandada desde las oficinas de editorial Planeta, en el inicio de la transición arrancó un movimiento en que autores como Alberto Fuguet, Marcela Serrano o Gonzalo Contreras lanzaron sus primeras novelas para acaparar una atención mediática y comercial inédita. Bianchi venía llegando del exilio en París y se movía entre la academia y la prensa tomándole el pulso a la escena literaria en reseñas y conferencias. Era una escena que revivía en la democracia, pero en la que los poetas tuvieron poco protagonismo: “Esa deuda ya no se puede recomponer”, asegura.
Por esos días, Bianchi escribía crítica en el diario La Época, daba clases en la Universidad de Chile y formaba parte de una red informal, pero sólida, de ensayistas y escritoras que habían surgido en los 80. El hito cristalizador había sido el Congreso Internacional de Literatura Femenina Latinoamericana (1987), en el que también participaron Diamela Eltit, Nelly Richard, Raquel Olea, Sonia Montecino y Carmen Berenguer, entre otras. En París, Bianchi había ocupado un rol decisivo en la literatura del exilio al ser parte de la revista Araucaria de Chile, una publicación cultural del Partido Comunista dirigida por Volodia Teitelboim. En el equipo también estaba Carlos Orellana, que en los 90 fue editor de Planeta y dirigió la nueva narrativa.
Bianchi vio más de una vez a Orellana en esa época, pero un día conversando le soltó una idea: “¿ Y por qué no inventas un boom de la poesía, mejor? Él se molestó Si se les hubiera ocurrido hacer algo sobre la poesía chilena, tenían mucha más gente a la que acudir.
La poesía chilena es muy buena y nadie la conoce”, cuenta la crítica, que tenía algún interés en el tema: en 1995 publicó La memoria: modelo para armar, una investigación sobre los grupos literarios que poetas formaron en la década del 60, en que decenas de escritores (de Enrique Lihn a Cecilia Vicuña, pasando por Gonzalo Millán, José Ángel Cuevas o Claudio Bertoni) cuentan su historia. Veinte años después, Bianchi vuelve a lanzar un libro que también es una especie de rompecabezas.
Libro testamento Se llama Entre puntos de lectura (Seix Barral), lleva el subtítulo de “Reflexiones, recortes, enlaces” y es un libro en que Bianchi deja aparecer toda su historia de lectora: hecho de fragmentos, recoge pasajes y citas de otros libros, reproduce historias de bibliotecas y diccionarios, suma hechos de su propia biografía e hilvana finalmente un gran tejido sobre la experiencia de la lectura. No es una historia, apenas hay narración: sin índice, el volumen se mueve de historia en historia y reflexión en reflexión, configurando un collage que Bianchi ha construido por años.
Y aunque el asunto libresco es dominante, pretende ir más lejos: “Me gustaría que un punto de lectura se entendiera, también, como un espacio y una ocasión, un lugar y un momento donde se realiza la lectura... no solo de escritos. Mi deseo es que un punto de lectura se comprenda, además, como un sitio y una circunstancia desde donde comienza el viaje... que no termina: la lectura”, escribe Bianchi. “Me tomó unos doce años, pero creo que también podría ser que me tomó toda la vida”, dice Bianchi. “Es un trabajo de asociación libre. Me acordaba de que tal autor dijo tal cosa o tal puede haber dicho otra, e iba a los libros y buscaba. Amigos que sabían que estaba trabajando me recordaban citas o autores. También es un libro que no se puede haber hecho sin internet. Tampoco lo podría haber escrito a los 20 años. Hay mucho de conocimiento de la vida. Es un libro como testamento, aunque suene horrible. Tengo que encontrar otra palabra”, añade. Autora de libros como el volumen de ensayos Pliegues.
Chile, cultura y democracia (2014), Lecturas críticas / Lecturas posibles (2012), y Lemebel (2018), un relato de su amistad con el cronista, Bianchi en Entre puntos de lectura recurre a decenas de autores para armar su relato, pero el libro puede leerse como un revés íntimo de su trabajo como ensayista y crítica: aquí está la caja de herramientas de su labor, también un método que lleva hasta el día de hoy.
“Como ciudadana, yo, cotidianamente, atravieso el texto urbano, pero además recorro otros textos, algunos escritos, entre ellos, pues tal como el flâneur de Baudelaire callejeaba la ciudad, yo, como lectora, soy una paseante, una flâneuse que deambula por las líneas; se detiene en las pausas, o no las respeta; completa intervalos y socava vacíos, relaciona; descubre esquinas y trayectos; inventa; tiende y corta puentes; vaga; lee y escribe”, escribe Bianchi. ¿Así llegó hasta la estructura fragmentaria del libro? ¿ No pensó en un ensayo tradicional sobre la lectura? Es que texto clásico para mí resultada casi imposible. Cuando decidí lanzarme sentí que el libro me pedía una estructura distinta. Eran muchas citas. Originalmente, quería un libro bastante objetivo. Quería que no tuvieran relación una secuencia con otra, pero no me resultaba. Cuando estaba hablando de la lectura, me acordé de los analfabetos, luego de las lenguas indígenas, después pensaba en las bibliotecas, en la persecución al libro, los diccionarios. También aparecía el yo. Es que en el fondo este libro se trata de lo que uno más hace: uno se pasa leyendo todo el día. Se despierta y lee, qué sé yo, el teléfono, las instrucciones de un remedio. Lo que me hizo clic fue cuando empecé a oír con mucha frecuencia la idea de leer más allá de los textos: leer la ciudad, leer una jugada de fútbol. Todo. En el fondo, interpretar. Entonces, traté de abarcar más que el simple libro. El fenómeno de lectura Aunque su papá le leía poemas y le regalaba libros en todas las ocasiones importantes, no hablaba muy bien de los escritores. Por ejemplo, del mismo abuelo de Bianchi, el escritor Olegario Lazo. Una de sus abuelas también la alentaba en la ruta literaria y le regalaba diarios para que escribiera, que luego empastaba. Ya a los 11 años estaba fascinada con la lectura: “Me acuerdo de un ejemplo paradigmático: cuando leí María, de Jorge Isaac, creí que me iba a ahogar con tanto llanto”, recuerda. Cuando tuvo que decidir un camino, entró a estudiar Pedagogía en Castellano en el Pedagógico. Quería ser profesora y rápidamente empezó una carrera en la universidad, primero como ayudante y luego, académica.
Exonerada del Pedagógico tras el golpe de Estado de 1973, Bianchi siguió cursando un doctorado en el Departamento de Estudios Humanísticos, de Ingeniería, de la U. de Chile, donde hacían clases Nicanor Parra o Enrique Lihn. “Yo era compañera de la Diamela y AELOREIVAJOCSICNARF Eugenia Brito, por ejemplo. Ahí se estaba formando un tejido. Pero me tuve que ir en 1975”, dice, contando que siguió al exilio a su esposo, el artista Guillermo Núñez (19302024), cuando lo expulsaron. Se instalaron en Francia, donde se integró a la revista Araucaria de Chile (ver recuadro). Se quedó allá hasta que en 1989 regresó definitivamente junto a su pareja. “Yo volví a Chile con una beca para investigar poesía y poco después regresé como profesora en la Universidad de Chile. Pero antes empecé a retomar contactos y estuve en el Congreso Internacional de Mujeres, luego uno dedicado a Gabriela Mistral. Raquel Olea estaba ligada a Corporación La Morada, por lo que también me acerqué a ese espacio. Las mujeres escribíamos, leíamos y hacíamos crítica.
Era súper interesante ese momento, porque los libros estaban saliendo y nosotras los leíamos calientitos”, cuenta. ¿Cómo recuerda la articulación de una nueva escena cultural en los 90, donde, por ejemplo, surgió la nueva narrativa? En la revista cultural de La Época estaba Mariano Aguirre, que había sido mi alumno y era mi amigo. Empecé a escribir ahí. Era muy fascinante ver desde un suplemento cultural cómo se iba armando un campo literario distinto con a u t o r e s j ó v e n e s, nuevos. La nueva narrativa chilena era un fenómeno desde el punto de vista económico, p o r q u e t e n í a q u e vender e hicieron todo para que eso sucediera. Se les ocurrió que ni el cuento ni la poesía vendían, pero estoy segura de que si hubieran inventado un boom de la poesía, habría vendido. Desgraciadamente, la poesía chilena casi no se publica, si no fuera por las editoriales independientes. Ahí fue cuando le dije a Carlos Orellana que inventara un boom de la poesía.
Hay una paradoja, porque la poesía chilena es transversalmente reconocida, pero a la vez se lee poco. ¿Por qué cree que existe ese desajuste? ¿ Será solo porque es más difícil leerla? Es difícil leerla, sí, te exige más como lector. Más que la narrativa. Pero la poesía te hace pensar más o ubicarte en otro lugar. A mi modo de ver, muestra algo que no sucede en la narrativa: son explosiones de sentido. La gente le tiene miedo, porque existe el lugar común de que es difícil leerla, y se va repitiendo hasta que tiene efectos concretos: es injusto que hoy no se publique más poesía. Todo eso redunda en que la poesía no se vende. La editorial lo piensa tres veces antes de publicar un poeta. Pero cuando Ignacio Valente era la voz crítica central, hablaba solo de poesía. Fue muy importante para el reconocimiento de Zurita, por ejemplo. Entonces, hay que impulsar la poesía. Si no leemos poesía, ¿qué leemos? Bueno, se lee bastante best seller, autoayuda, pero por supuesto existe el otro lector que sigue autores, busca los libros de los ganadores del Premio Nobel. Pero es curioso, cuando uno se sube al metro ve que toda la gente va mirando su teléfono. Ellos están leyendo, aunque sea una teleserie o un meme. Me refiero en el sentido amplio de la interpretación, del que hablo en el libro.
Nunca se ha leído más, pero ¿ qué se lee y adónde vamos con esas lecturas? Hay un fenómeno de lectura indudable. ¿Eso nos va a llevar a un libro? Seguramente no. ¿Eso le provoca inquietud? ¿ O que la situación cultural hoy parece menos efervescente que en los 90 o incluso los 80? Se ha hablado tanto del fin del lector que creo que nunca va a pasar. Siempre, siempre, siempre va a haber gente interesada por lecturas más complejas. A lo mejor, del best seller puedes llegar a otro tipo de lecturas. Cartarescu dice que los best sellers son como las lavadoras, unas máquinas eléctricas, pero quizás después de un best seller puedes interesarte por un personaje o tema, y te lleva a otro tipo de libros. No creo ni en el fin del libro ni en el fin de la lectura.
Yo hoy no sigo tanto el pulso de la escena literaria o cultural, no tengo redes sociales, pero hay montones de revistas de jóvenes, en redes se recomiendan libros, hay decenas de talleres de lecturas y de escritura, públicos y privados. El incentivo a la lectura que se hace en Chile es mucho más grande de lo que creía. Yo no soy pesimista ni apocalíptica. La diáspora desde París “Es una de esas cosas mágicas que suceden.
Yo era comunista y me ofrecieron ser parte del comité de redacción de la revista Araucaria de Chile”, cuenta Bianchi, sobre su paso por la publicación del PC que dio cuenta de la actividad cultural del exilio chileno en el mundo y se distribuyó en 37 países. Aunque se extendió hasta 1989, la crítica estuvo ahí hasta 1981 encargada del ámbito literario. “Era un trabajo muy intenso, ahí aprendí mucho. Después me salí de la revista por razones políticas, porque me marginé del PC”, cuenta. “La revista fue mi entrada definitiva al mundo profesional de la lectura. Conocí a mucha gente. Me escribía con Bernardo Subercaseaux, que estaba en Estados Unidos. Con Roberto Bolaño o Mauricio Redolés. Hablaba con Waldo Rojas que estaba en París, o con Gonzalo Millán que estaba en Canadá. Con Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Carlos Droguett también estábamos en contacto. En el exilio yo fui muy activa, escribía mucho, había todo un movimiento de cartas”, añade. De esos años data el inicio de la correspondencia que Bianchi mantuvo con Roberto Bolaño, por entonces un completo anónimo que intentaba una carrera literaria en Barcelona.
Las cartas que cubren desde fines de los 70 hasta inicios de los 90 hoy están al resguardo de la Universidad Diego Portales, pero tienen un revés público en la antología Entre la lluvia y el arcoíris (1983): ahí la crítica recogió por primera vez poemas de Bolaño, junto a textos de Millán, Eduardo Parra, Raúl Zurita, Erick Pohlhammer y Bárbara Delano, entre otros. El volumen fue reeditado hace dos años por ediciones Usach. Paralelamente, en París, Bianchi empezó a idear el proyecto de La memoria: modelo para armar, que finalmente concluyó en Chile.
ENTRE PUNTOS DE LECTURA Soledad Bianchi Planeta, 375 páginas, $24.900 ENSAYO Autor: ROBERTO CAREAGA C.. La crítica literaria publica Entre puntos de lectura, un libro hecho de citas y fragmentos que explora las posibilidades de la lectura. Es el resultado de una vida dedicada a la investigación sobre la literatura chilena, desde el exilio donde fue una de las descubridoras de Roberto Bolaño y también sobre la lírica chilena reciente. Según ella, en los 90 hubo una posibilidad de resaltar la poesía que se desaprovechó. ENTREVISTA Trayectoria crítica La diáspora desde París “Es una de esas cosas mágicas que suceden.
Yo era comunista y me ofrecieron ser parte del comité de redacción de la revista Araucaria de Chile”, cuenta Bianchi, sobre su paso por la publicación del PC que dio cuenta de la actividad cultural del exilio chileno en el mundo y se distribuyó en 37 países. Aunque se extendió hasta 1989, la crítica estuvo ahí hasta 1981 encargada del ámbito literario. “Era un trabajo muy intenso, ahí aprendí mucho. Después me salí de la revista por razones políticas, porque me marginé del PC”, cuenta. “La revista fue mi entrada definitiva al mundo profesional de la lectura. Conocí a mucha gente. Me escribía con Bernardo Subercaseaux, que estaba en Estados Unidos. Con Roberto Bolaño o Mauricio Redolés. Hablaba con Waldo Rojas que estaba en París, o con Gonzalo Millán que estaba en Canadá. Con Antonio Skármeta, Ariel Dorfman, Carlos Droguett también estábamos en contacto. En el exilio yo fui muy activa, escribía mucho, había todo un movimiento de cartas”, añade. De esos años data el inicio de la correspondencia que Bianchi mantuvo con Roberto Bolaño, por entonces un completo anónimo que intentaba una carrera literaria en Barcelona.
Las cartas —que cubren desde fines de los 70 hasta inicios de los 90— hoy están al resguardo de la Universidad Diego Portales, pero tienen un revés público en la antología Entre la lluvia y el arcoíris (1983): ahí la crítica recogió por primera vez poemas de Bolaño, junto a textos de Millán, Eduardo Parra, Raúl Zurita, Erick Pohlhammer y Bárbara Delano, entre otros. El volumen fue reeditado hace dos años por ediciones Usach. Paralelamente, en París, Bianchi empezó a idear el proyecto de La memoria: modelo para armar, que finalmente concluyó en Chile. ENTRE PUNTOS DE LECTURA Soledad Bianchi Planeta, 375 páginas, $24.900 ENSAYO