No todo está perdido
No todo está perdido L o más impresionante, quizá, de "Fue solo un accidente" es que contiene cierta dosis de humor, algo en sus situaciones y en su tono que la hace caminar con alguna levedad cuando todo lo que sucede es mortificante. En Chile, donde una historia parecida podría haber sido perfectamente concebida, ningún director se hubiera atrevido a filmarla de otra forma que irremediablemente trágica. El director iraní Jafar Panahi (1960), en cambio, tienes sus maneras, astutas maneras. La cinta comienza con un largo plano secuencia de una familia arriba de un auto, mientras este avanza de noche por la carretera.
La familia está compuesta por un hombre (Ebrahim Azizi), su mujer embarazada (Afssaneh Najmabadi) y una hija de seis o siete años (Delmaz Najafi). Sucede entonces algo trivial: atropellan, casi sin darse cuenta, sin poder evitarlo, a un perro.
Esto provoca que, algunos minutos más tarde, el auto falle, lo que a su vez provoca que el hombre entre a una suerte de taller donde trabaja Vahid (Vahid Mobasseri). Allí, Vahid cree reconocer el sonido que provoca la cojera del conductor y decide seguirlo, ya que más tarde sabremos cree que se trata de quien guio su tortura mientras estuvo encarcelado por razones políticas (si bien no tiene certeza, porque entonces permaneció vendado). Una decisión, sin embrago, lleva a la otra y pronto Vahid y todos a quienes va sumando se pillan en un complejo laberinto moral. Discípulo del gran Abbas Kiarostami e hijo del Irán secular previo a la revolución islámica de 1979, Panahi es un detractor del régimen teocrático y autoritario que ha gobernado su país por casi 50 años. Ha estado dos veces en prisión por razones políticas y sus películas suelen ser prohibidas por el régimen. Hoy filma de manera clandestina, muy rápida, sin pedir autorización ni mostrar los guiones al Ministerio de Cultura y Orientación Islámica.
Su cine se acomoda relativamente bien a estas circunstancias, sin embargo, en la medida que, como parte de la escuela neorrealista del cine iraní contemporáneo, usa locaciones reales, actores no profesionales, cámaras en mano y juega con la línea que separa ficción y realidad.
Así, "Fue solo un accidente", nominada al Oscar 2026 en Mejor Película Extranjera y en Mejor Guion Original, es por una parte un thriller de venganza, empujado por una fuerte trama que aleja la cinta de la habitual deriva existencial al que suele recurrir el cine de festival, y, por otra parte, es una evidente denuncia del tipo de opresión política que ejerce el régimen iraní. La cinta no comete la torpeza de recurrir a flashbacks de la prisión, pero tiene abundantes diálogos que describen y comparan distintas formas de interrogación y tortura.
Al mismo tiempo, sin caer en un melodrama fácil, la cinta abre un orden de preguntas extremadamente difíciles de responder: ¿ cómo se logra justicia en una sociedad sin Estado de Derecho? ¿ No puede ser la venganza, en esas circunstancias, una forma de compensación, de retribución o de justicia? ¿ Hasta qué punto un funcionario de inteligencia de un régimen fundamentalista cree en los principios que usa el régimen para justificar su existencia? ¿ O está ahí solo por conveniencia, para tener de qué vivir? Si es lo último, ¿son sus acciones aún más graves y despreciables? Para complicar más la sopa, Panahi suma tres parejas en su trama: el matrimonio ya escrito, una pareja a punto de casarse y una pareja de exnovios.
Sin hacerlo explícito, Panahi hace ver que ni siquiera lo más personal e íntimo, como una relación de pareja, puede librarse de las consecuencias de la opresión política: sus efectos alcanzan familias, niños, vínculos y afectos. Visto hoy, que luego de la muerte de Alí Jameneí, el régimen designó como líder supremo a su hijo Mojtabá, la pesadilla en Irán parece no tener fin. Panahi, sin embargo, no parece tomado por un pesimismo radical. Sus personajes se muestran en un inicio impulsados por el dolor y el resentimiento, pero luego evalúan sus propias acciones, dudan, se cuestionan si están en lo correcto. Sus heridas son hondas, pero no han perdido su capacidad de compasión ni su autonomía moral. La libertad con que se mueven y actúan revela que no están tomados tampoco por un temor reverencial hacia el régimen.
El mismo hecho de que Panahi se permita filmar una cinta así en Irán y que no haga de ella un panfleto sin dobleces, sino una película cálida, con algo de humor absurdo, rica en humanidad, ambigua entre el pesimismo y el optimismo, entre la tragedia y la posibilidad de redención, revela grados importantes de libertad, física pero también mental. La sofisticación de su cine, la densidad cultural que trasmite, hace pensar que no todo está perdido. O que no debiera estarlo.
Crítica de cine No todo está perdido ERNESTO AYALA "Fue solo un accidente" "La cinta contiene cierta dosis de humor, algo en sus situaciones y en su tono que la hace caminar con alguna levedad cuando todo lo que sucede es mortificante". Aquí el director, Jafar Panahi, durante la filmación. JAFAR PANAHI / ARTE FRANCE CINÉMA "Fue solo un accidente" Dirigida por Jafar Panahi. Con Vahid Mobasseri, Mariam Afshari y Ebrahim Azizi. Irán, Francia, Luxemburgo y Estados Unidos, 2025.103 minutos. En cines y Mubi. com. - -