Autor: JUAN PABLO CATALÁN Académico de Educación UNAB.
Columnas de Opinión: Cuando el fuego avanza y el silencio educa
Columnas de Opinión: Cuando el fuego avanza y el silencio educa El fuego no solo devora casas y escuelas. Devora certezas, rutinas y la sensación básica de seguridad que sostiene la infancia. En Ñuble y Biobio, miles de niños y niñas han visto desaparecer su hogar, su escuela y los espacios donde se tejía su mundo cotidiano.
Sin embargo, mientras el país discute reconstrucción material, seguimos eludiendo una pregunta incómoda: ¿ Cómo están educando madres y padres a sus hijos en medio de la pérdida total? En contextos de catástrofe, el silencio adulto suele presentarse como cuidado. Se calla para no "revivir el trauma", se esquiva la conversación para no "hacer más daño". Pero desde la educación socioemocional, ese silencio no protege: desorienta.
Como ha sostenido con claridad Rafael Bisquerra, educar emocionalmente implica enseñar a reconocer, comprender y expresar las emociones, especialmente en situaciones adversas, donde negarlas no las elimina, sino que las cronifica (Bisquerra, 2020). Callar frente al dolor infantil no es neutral; es una forma de enseñanza implícita que transmite que el miedo no se nombra y que la tristeza debe vivirse en soledad. Aquí emerge con fuerza el rol educativo de la familia. No como espacio terapéutico improvisado, sino como primer territorio pedagógico del cuidado. Hablar con los hijos después de un incendio no exige respuestas técnicas ni promesas imposibles; exige palabras honestas, ajustadas a la edad, que reconozcan lo ocurrido sin dramatizar ni minimizar la herida. Exige escucha, validación del llanto y reconstrucción de pequeñas rutinas que devuelvan previsibilidad cuando el mundo se ha vuelto incierto. Desde Bisquerra, esta tarea no es intuitiva ni espontánea: es una competencia socioemocional adulta que también debe aprenderse.
La UNESCO ha advertido que el bienestar emocional es condición habilitante del derecho a la educación en contextos de emergencia, y que sin adultos significativos que ayuden a dar sentido a la experiencia, los efectos de la catástrofe se proyectan en el aprendizaje y la vida futura (UNESCO, 2020). En la misma línea, la OCDE ha señalado que las experiencias adversas no acompañadas profundizan desigualdades educativas y deterioran la confianza en las instituciones (OCDE, 2021). En Chile, el discurso público sigue atrapado en una lógica asistencial: bonos, mediaguas, infraestructura. Todo necesario, pero insuficiente.
El propio Ministerio de Educación ha reconocido que el desarrollo socioemocional es parte esencial de la formación integral y que la familia cumple un rol insustituible en contextos de crisis (MINEDUC, 2023). Sin embargo, esta convicción rara vez se traduce en orientación clara y decidida hacia las familias afectadas. Educar después del fuego es un acto ético y político. Es decidir no abandonar a la infancia al ruido de sus propios miedos. Es atreverse a sostener la herida con palabras, presencia y tiempo. Como enseñan Bisquerra y la pedagogía del cuidado, la resiliencia no se exige ni se acelera: se acompaña. Cuando todo se quema, la palabra adulta no reconstruye la casa, pero puede reconstruir algo aún más frágil y decisivo: la confianza en el mundo. Y sin esa confianza, ningún futuro educativo es posible. Autor: JUAN PABLO CATALÁN Académico de Educación UNAB..