Autor: DRA. SANDRA LANZA Académica Facultad de Medicina, Universidad Andres Bello
El último lugar que no podemos normalizar
El último lugar que no podemos normalizar El reciente informe de UNICEF, que ubica a Chile en el último lugar de bienestar infantil entre 37 países de altos ingresos, debería generar mucho más que preocupación momentánea. Debiera obligarnos a reflexionar sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo y sobre las consecuencias que estas cifras podrían tener para el futuro sanitario, social y económico del país. Cuando hablamos de bienestar infantil no hablamos solo de ausencia de enfermedad. Hablamos de salud mental, desarrollo emocional, vínculos, alimentación, actividad física, aprendizaje y oportunidades de desarrollo. Es decir, de las bases sobre las cuales se construye la salud de toda una generación. Lo más preocupante es que los resultados reflejan un deterioro multifactorial. Chile no solo presenta dificultades en indicadores de salud física, sino también en bienestar mental y satisfacción vital de niños y adolescentes. Todo esto ocurre en un contexto marcado por el aumento del sedentarismo, el exceso de tiempo frente a pantallas, el deterioro de la salud mental y profundas desigualdades sociales. Desde la salud pública sabemos que las condiciones de vida durante la infancia tienen efectos acumulativos a lo largo de toda la vida. La evidencia muestra que experiencias adversas tempranas, estrés crónico, mala alimentación, falta de sueño y entornos inseguros aumentan significativamente el riesgo futuro de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2, obesidad y trastornos de salud mental. Por eso, este informe no es solo un diagnóstico sobre la niñez actual. Es también una advertencia sobre la salud futura del país.
Uno de los principales errores ha sido abordar la salud infantil desde una lógica reactiva, enfocada principalmente en tratar enfermedades una vez instaladas, en lugar de construir activamente condiciones que favorezcan el bienestar integral desde etapas tempranas. Hoy resulta indispensable avanzar hacia políticas intersectoriales donde salud, educación, urbanismo, alimentación, deporte y desarrollo social trabajen de manera integrada. La evidencia internacional demuestra que las intervenciones más efectivas son aquellas que transforman los entornos donde niños y adolescentes viven y se desarrollan. Necesitamos escuelas que promuevan bienestar de forma transversal, barrios seguros y activos, acceso real a alimentación saludable, fortalecimiento de la salud mental comunitaria y políticas que reduzcan inequidades desde los primeros años de vida. Este escenario también interpela directamente a las universidades y a la formación de los futuros profesionales de salud. No basta con enseñar diagnóstico y tratamiento. Debemos formar profesionales capaces de comprender los determinantes sociales de la salud, trabajar interdisciplinariamente y liderar estrategias preventivas centradas en las personas y las comunidades. El bienestar infantil no puede seguir siendo un indicador secundario en la discusión pública. Porque cuando un país falla en cuidar a su infancia, compromete también su desarrollo humano y sanitario futuro. Y normalizar eso sería, probablemente, el peor síntoma de todos. Autor: DRA. SANDRA LANZA Académica Facultad de Medicina, Universidad Andres Bello.