Memorias de la Vuelta de Chile
Memorias de la Vuelta de Chile H ay encuentros que están escritos por una secreta cortesía del azar. Hace algunos días, en Santiago, al salir de la Universidad Diego Portales y subir a un Uber rumbo al lugar donde me alojaba, me encontré con Miguel Rubio, quizás para muchos un nombre totalmente desconocido. La escena tenía algo de esas revelaciones discretas; sin embargo, quedan resonando durante días.
Rozando los setenta años, Miguel, uno de los tantos pedaleros que dieron vida a la ya extinta "Vuelta Ciclística de Chile", evento que, en sus mejores años, traía representantes de todo el mundo, incluyendo Rusia, Alemania, Italia, Colombia, entre otras naciones. Miguel está más activo que nunca. Habla con una energía sin sombra, con una alegría limpia, con esa vitalidad que se vuelve evidente en cada frase. Su pedaleo semanal, que bordea los doscientos kilómetros, no es una excentricidad ni una jactancia, sino una forma de estar en el mundo, una disciplina alegre, un pacto entre el cuerpo y la voluntad.
Mientras avanzábamos por Santiago, la conversación fue abriendo una puerta hacia un Chile que alguna vez entendió que el deporte no era solo espectáculo televisivo o estadística dominical, sino también calle, respiración colectiva, hazaña compartida, un modo de reconocerse en el esfuerzo ajeno.
La Vuelta Ciclistica de Chile, cuya primera edición se corrió en 1976, fue durante décadas una de esas liturgias populares capaces de sacar a la gente de sus casas para ver pasar al pelotón como quien espera una ráfaga de color con la promesa de velocidad y coraje.
Nació impulsada por la Federación Ciclista de Chile y allí estuvieron nombres que todavía conservan un brillo de leyenda: Giovanni Fedrigo, Antonio Londoño, Norberto Cáceres, Alfonso Flórez, Plinio Casas, Marc Somers, y en nuestro propio medio, corredores que dejaron huella como Sergio Aliste, Roberto Muñoz, Manuel Aravena, etc. No eran solo apellidos en una clasificación; eran rostros, piernas, respiraciones, una pedagogía de la constancia sobre ruedas. Miguel Rubio perteneció y pertenece a esa estirpe de hombres que hicieron del ciclismo una conversación entre sacrificio y belleza.
En el trayecto me habló de cuando ganó en Chillán, de la manera en que el fervor de la gente parecía empujar también los pedales, y me habló de cuando hizo el récord de la hora, en el extinto velódromo de Valparaíso, como si esos recuerdos siguieran girando dentro de él con una juventud obstinada. No necesitó narrarse como héroe, sólo le bastó recordar. Y acaso allí reside la verdadera grandeza de ciertos deportistas, en la que sus proezas sobreviven sin vanidad. Escucharlo fue recordar que Chile tuvo una relación mucho más amplia con el deporte de la que hoy solemos admitir. Más allá del fútbol, que con justicia concentra pasiones y recursos, existió un país que se emocionaba con el boxeo, el atletismo, el básquetbol, el tenis, el automovilismo y el ciclismo.
Existió un país donde las plazas, las avenidas y las calles se llenaban para ver pasar a los corredores, donde el deporte todavía conservaba una cercanía física con las personas, donde el sudor y el cansancio no estaban encapsulados en pantallas sino al alcance de la vista. En las familias detenidas junto a la calzada, en los vendedores improvisados, en los niños tratando de memorizar colores y números, en la breve conmoción que dejaba el pelotón al pasar como una bandada metálica. Pienso también en la dignidad silenciosa de esos corredores que subían cuestas, enfrentaban el viento, administraban el dolor y seguían. El ciclismo enseñaba algo esencial: que avanzar no siempre es acelerar, que a veces consiste en resistir, medir, esperar, volver a levantarse sobre el manubrio y seguir respirando.
La Vuelta de Chile sufrió largas interrupciones; en 2017 volvió con un trazado que unió Concepción y Santiago, pasando por Chillán, Talca, Curicó, San Fernando, Graneros, Colina y Lo Barnechea, y desde 2018 no se ha vuelto a realizar. En ese silencio también se escucha una pérdida cultural. Se pierde una competencia y se pierde un rito civil, una forma de reunir a desconocidos en torno a un mismo asombro, una educación sentimental del esfuerzo.
Hoy Chile sigue teniendo exponentes valiosos y un ciclismo vivo, tenaz, admirable, pero ya no abundan esas pruebas capaces de convocar multitudes hasta hacer que una ciudad suspenda por unos minutos su rutina para mirar pasar a un grupo de ciclistas.
Esa imagen, la de niños, adultos y viejos apostados en las veredas, aguardando el vértigo de un pelotón, pertenece cada vez más al archivo afectivo de un país que ha ido replegando sus entusiasmos a formatos más pequeños, más fragmentados, más veloces y menos compartidos. Tal vez por eso el encuentro con Miguel Rubio me pareció más que una casualidad. Fue una suerte de recordatorio. Su presencia, su entusiasmo, su disciplina, su sonrisa intacta me hicieron pensar que hay vidas que siguen pedaleando incluso cuando una época ha dejado de acompañarlas con el mismo fervor público. Y sin embargo allí siguen, fieles al gesto, leales a una ética del movimiento. Encontrarse con alguien que sigue creyendo en el entrenamiento, en la regularidad, en el goce sobrio del esfuerzo produce una mezcla infrecuente de admiración y esperanza. Que un hombre así aparezca en un trayecto cualquiera, entre semáforos, edificios y desvíos de la capital, tiene algo de lección imprevista. Tal vez no podamos devolverle al ciclismo chileno aquel país entero que salía a la calle a aplaudirlo. Tal vez las grandes vueltas ya no convoquen el mismo temblor popular. Pero sí podemos rescatar algo más profundo, el reconocimiento de quienes hicieron de ese deporte una escuela de carácter y una fiesta pública. Al bajar de ese auto, Santiago seguía siendo Santiago, con su prisa habitual y su tráfico inapelable. Pero yo llevaba conmigo la impresión de haber conversado no solo con un ciclista, sino con una parte luminosa del país, una que todavía respira en quienes no han dejado de pedalear contra el olvido. Encontrarse con alguien que sigue creyendo en el entrenamiento, en la regularidad, en el goce sobrio del esfuerzo produce una mezcla infrecuente de admiración y esperanza. Tal vez no podamos devolverle al ciclismo chileno aquel país entero que salía a la calle a aplaudirlo. Tal vez las grandes vueltas ya no convoquen el mismo temblor popular. Pero sí podemos rescatar algo más profundo, el reconocimiento de quienes hicieron de ese deporte una escuela de carácter y una fiesta pública. Al bajar de ese auto, Santiago seguía siendo Santiago, con su prisa habitual y su tráfico inapelable.
Pero yo llevaba conmigo la impresión de haber conversado no solo con un ciclista, sino con una parte luminosa del país, una que todavía respira en quienes no han dejado de pedalear contra el olvido.. Encontrarse con alguien que sigue creyendo en el entrenamiento, en la regularidad, en el goce sobrio del esfuerzo produce una mezcla infrecuente de admiración y esperanza. Tal vez no podamos devolverle al ciclismo chileno aquel país entero que salía a la calle a aplaudirlo. Tal vez las grandes vueltas ya no convoquen el mismo temblor popular. Pero sí podemos rescatar algo más profundo, el reconocimiento de quienes hicieron de ese deporte una escuela de carácter y una fiesta pública. Al bajar de ese auto, Santiago seguía siendo Santiago, con su prisa habitual y su tráfico inapelable. Pero yo llevaba conmigo la impresión de haber conversado no solo con un ciclista, sino con una parte luminosa del país, una que todavía respira en quienes no han dejado de pedalear contra el olvido. Alejandro Arros Aravena Doctor en Educación, Académico Departamento de Comunicación Visual UBB